El camino ancho

 

En los últimos tiempos, en nuestra Iglesia hay una especial preocupación por la unidad. Desde que se abrió el Sínodo, ha surgido la posibilidad real de que esta unidad peligre. Tanto el Papa como nuestros obispos velan por ella de manera especial. Y el Papa León tiene, al parecer, una preocupación particular, según pudimos percibir en el último consistorio con los cardenales.

La unidad es un tema central a lo largo de nuestra historia, en la que hemos visto cómo, tristemente, nos hemos ido separando en diversas confesiones cristianas. Dentro del catolicismo, percibimos que diferentes grupos pugnan porque la Iglesia camine en una dirección u otra, algunos incluso con la amenaza de separarse. Ante esto, podemos hacernos una pregunta muy seria: ¿la unidad a cualquier precio?

Uno de los problemas de la unidad se presenta cuando esta se entiende como uniformidad y no como fraternidad en la diversidad. Para quienes se creen poseedores de la verdad, la unidad consiste en caminar por el sendero que ellos marcan: un camino estrecho por el que se avanza uno tras otro, siguiendo la huella del primero, y que no admite más que una velocidad y un sentido de la marcha.

Quien se aparta de ese camino se cae y queda al margen del grupo; pasa a formar parte de la periferia que no está en el «camino verdadero», o de otro grupo considerado cismático.

Para quien quiere mantener la unidad, esto supone un verdadero problema, pues puede sentir la presión de que, si pretende marcar otro sentido, otra velocidad de marcha o cambiar algunas formas, el grupo no le siga. El grupo quiere continuar por el camino estrecho que marca una verdad incuestionable, la que siempre ha guiado y ante la cual nunca habrá razón suficiente para cambiar ni el ritmo ni la dirección. Paradójicamente, quizás sean ellos los que estén más cerca de la separación o, de hecho, ya estén transitando por otro camino que no es el de la unidad.

Jesús no habla de un camino estrecho; solo habla de una puerta estrecha al referirse a los ricos. Jesús nos invita a caminar juntos, al menos de dos en dos, para que con Él ya sean tres. Para que tres puedan caminar juntos, el camino no puede ser un sendero; debe ser un camino ancho, donde poco a poco se puedan añadir más personas. Este ‘ancho’ no es sinónimo de laxitud o indiferencia, sino de la amplitud del corazón de Cristo, capaz de acoger, discernir y caminar con cada persona en su verdad, sin renunciar a la verdad del Evangelio. En ese camino, solo hay Uno que marca el sentido, y ese es Jesús, quien con la fuerza del Espíritu nos hace comprender sinodalmente lo que quiere en cada momento de la historia.

En el camino ancho, cada persona puede caminar a su ritmo sin entorpecer a nadie. Puede ir de un lado a otro, descansar y tomarse su tiempo. Es un camino que admite los diferentes ritmos vitales y las diversas visiones de la vida; hay espacio para compartir y pararse a hablar.

Y es aquí, en el camino ancho, donde el diácono puede desarrollar su diaconía, pues hay espacio suficiente para ello. En el camino nos encontramos con personas agobiadas, cansadas, que se sienten apartadas y necesitan una mano fraterna que las levante, las acompañe y les dé esperanza. El camino no es igual para todos y todas; cada persona tiene una vida singular, una situación personal que, como diáconos, debemos acompañar y servir.

A la vera del camino se encuentran los «hospitales» donde, según el carisma, los diáconos, laicos y laicas pueden ejercer su diaconía, y no son pocos: prisiones, centros de salud, residencias, Cáritas, grupos marginados, acompañamiento a mayores, sindicatos, ONG, grupos políticos, lugares de trabajo, parroquias, organizaciones juveniles… Todos esos espacios donde es necesario servir, donde se encuentran personas a las que sanar, acompañar, formar, escuchar, dar esperanza y un sentido a la vida.

Pero no olvidemos que los caminos deben tener puentes, pues a veces aparecen caminos paralelos con personas que desean pasar. Y es ahí donde el diácono debe empeñarse, porque es la única manera de que personas excluidas puedan cruzar y encontrar el camino cálido de la acogida fraterna.

En el camino también hay cruces, encuentros con personas que creen o piensan distinto. Son lugares de encuentro con la diversidad de la creación, donde nuestro testimonio es vital; cruces que posibilitan el diálogo sincero y donde, como no podía ser de otra manera, surge la fraternidad en la diferencia.

Un camino que tiene cuestas, que a veces es difícil de transitar. Y es ahí donde este camino ancho muestra sus ventajas, pues por muy empinada que sea la pendiente, siempre hay alguien dispuesto a echar una mano, y hay espacio suficiente para que sean más de uno.

Un camino donde el roce hace entender la verdadera dimensión del otro; donde hay tiempo para el conocimiento y el crecimiento de la afectividad. Un camino donde se puede mirar a los ojos, donde no se juzga, sino que simplemente se acoge sin preguntas, posibilitando así una escucha sincera a un hermano o una hermana que nos necesita, o nosotros a ella. Es la acogida que realmente puede hacer surgir el amor al que Jesús nos invita.

Yo, desde luego, me niego a transitar por caminos estrechos que rompen la fraternidad y me alejan del proyecto al que Jesús me invita en mi diaconado. Yo quiero la unidad, pero no al precio de negar el Evangelio.

 

 

 Últimos tempos, na nossa Igreja há uma preocupação especial com a unidade. Desde que o Sínodo foi aberto, surgiu a possibilidade real de que essa unidade fique ameaçada. Tanto o Papa como os nossos bispos zelam por ela de maneira particular. E o Papa Leão tem, ao que parece, uma preocupação especial, como pudemos perceber no último consistório com os cardeais.

A unidade é um tema central ao longo da nossa história, na qual vimos como, tristemente, fomos nos separando em diversas confissões cristãs. Dentro do catolicismo, percebemos que diferentes grupos disputam para que a Igreja caminhe numa direção ou noutra, alguns até mesmo com a ameaça de se separarem. Diante disso, podemos fazer uma pergunta muito séria: unidade a qualquer preço?

Um dos problemas da unidade surge quando ela é entendida como uniformidade e não como fraternidade na diversidade. Para aqueles que se consideram detentores da verdade, a unidade consiste em caminhar pelo trilho que eles traçam: um caminho estreito pelo qual se avança um atrás do outro, seguindo as pegadas do primeiro, e que não admite mais do que uma velocidade e um único sentido de marcha.

Quem se afasta desse caminho cai e fica à margem do grupo; passa a fazer parte da periferia que não está no “caminho verdadeiro”, ou de outro grupo considerado cismático.

Para quem deseja manter a unidade, isso representa um verdadeiro problema, pois pode sentir a pressão de que, se tentar indicar outro sentido, outro ritmo de caminhada ou mudar algumas formas, o grupo não o siga. O grupo quer continuar pelo caminho estreito marcado por uma verdade incontestável, aquela que sempre guiou e diante da qual nunca haverá razão suficiente para mudar nem o ritmo nem a direção. Paradoxalmente, talvez sejam eles os que estejam mais próximos da separação ou, de fato, já estejam trilhando outro caminho que não é o da unidade.

Jesus não fala de um caminho estreito; fala apenas de uma porta estreita ao referir-se aos ricos. Jesus nos convida a caminhar juntos, pelo menos de dois em dois, para que com Ele já sejamos três. Para que três possam caminhar juntos, o caminho não pode ser um trilho; deve ser um caminho largo, onde pouco a pouco possam juntar-se mais pessoas. Esse “largo” não é sinônimo de laxismo ou indiferença, mas da amplitude do coração de Cristo, capaz de acolher, discernir e caminhar com cada pessoa na sua verdade, sem renunciar à verdade do Evangelho. Nesse caminho, há apenas Um que indica o sentido, e esse é Jesus, que, com a força do Espírito, nos faz compreender de modo sinodal o que Ele quer em cada momento da história.

No caminho largo, cada pessoa pode caminhar ao seu ritmo sem atrapalhar ninguém. Pode ir de um lado para o outro, descansar e tomar o seu tempo. É um caminho que acolhe os diferentes ritmos vitais e as diversas visões da vida; há espaço para partilhar e parar para conversar.

E é aqui, no caminho largo, que o diácono pode desenvolver a sua diaconia, pois há espaço suficiente para isso. No caminho encontramos pessoas sobrecarregadas, cansadas, que se sentem afastadas e precisam de uma mão fraterna que as levante, as acompanhe e lhes dê esperança. O caminho não é igual para todos e todas; cada pessoa tem uma vida singular, uma situação pessoal que, como diáconos, devemos acompanhar e servir.

À beira do caminho encontram-se os “hospitais” onde, segundo o carisma, diáconos, leigos e leigas podem exercer a sua diaconia, e não são poucos: prisões, centros de saúde, lares, Cáritas, grupos marginalizados, acompanhamento de idosos, sindicatos, ONGs, grupos políticos, locais de trabalho, paróquias, organizações juvenis… Todos esses espaços onde é necessário servir, onde se encontram pessoas a quem curar, acompanhar, formar, escutar, dar esperança e um sentido à vida.

Mas não nos esqueçamos de que os caminhos precisam de pontes, pois às vezes surgem caminhos paralelos com pessoas que desejam atravessar. E é aí que o diácono deve empenhar-se, pois é a única forma de permitir que pessoas excluídas possam cruzar e encontrar o caminho acolhedor da fraternidade.

No caminho também há cruzamentos, encontros com pessoas que creem ou pensam de maneira diferente. São lugares de encontro com a diversidade da criação, onde o nosso testemunho é vital; cruzamentos que possibilitam o diálogo sincero e onde, como não poderia deixar de ser, nasce a fraternidade na diferença.

Um caminho que tem subidas, que por vezes é difícil de percorrer. E é aí que esse caminho largo mostra as suas vantagens, pois, por mais íngreme que seja a subida, há sempre alguém disposto a estender a mão, e há espaço suficiente para que sejam mais de um.

Um caminho onde o convívio ajuda a compreender a verdadeira dimensão do outro; onde há tempo para o conhecimento e o crescimento da afetividade. Um caminho onde se pode olhar nos olhos, onde não se julga, mas simplesmente se acolhe sem perguntas, tornando possível uma escuta sincera de um irmão ou de uma irmã que precisa de nós, ou de nós dela. É a acolhida que realmente pode fazer surgir o amor ao qual Jesus nos convida.

Eu, certamente, recuso-me a percorrer caminhos estreitos que rompem a fraternidade e me afastam do projeto ao qual Jesus me convida no meu diaconado. Eu quero a unidade, mas não ao preço de negar o Evangelho.