Desde mi experiencia en Rumania, hacia una Pastoral de Iglesias Abiertas

Da minha experiência na Romênia, rumo a uma Pastoral de Igrejas Abertas

Vuelvo a casa tras un tiempo de vacaciones, junto a mi esposa, rodeado de agua entre Córcega y Cerdeña, y me gustaría transmitir la experiencia de las iglesias de este viaje por Rumanía.

La sensación interior que intento compartir tiene relación con un antiguo artículo que escribí: *»Camino Santiago IV (Un camino de iglesias cerradas)»*.

El 20 de junio me encontraba en San Gimignano, en la Toscana italiana. No era la primera vez que la visitaba; de mi anterior visita, hace 25 años, recordaba la belleza del Duomo, una hermosa iglesia con frescos en las paredes. Decidí rezar las laudes allí, pero mi sorpresa fue que había que pagar para entrar y estaba llena de turistas, así que opté por buscar otro lugar para mi oración.

Y de esto quiero hablar: de mis sentimientos cuando intento entrar en una iglesia y es de pago —una manera de cerrarlas—, o directamente está con las puertas cerradas a cal y canto y, como decía un diácono sevillano, «no se puede saludar al Señor».

En Rumanía, el mundo ortodoxo posee infinidad de templos: iglesias de madera, iglesias pintadas, monasterios y las «normales». Todas las que quisimos visitar estaban abiertas, y todavía permanece en mi memoria la primera en la que entramos, en un pequeño pueblo donde pernoctamos. Entrar en ella fue adentrarse en otro mundo, en otra dimensión. Los iconos llenaban las paredes y los techos, y con cada uno se podía hacer una oración diferente. Se sentía la presencia del Señor. He de confesar que soy un amante de los iconos desde siempre. El color y la luz te trascendían hacia el Señor. No me extraña que para ellos el icono sea un sacramento.

A su lado estaba la iglesia católica; intentamos entrar, pero estaba cerrada. Nos ocurrió alguna vez más, y se me ocurrió una pregunta, medio en broma pero muy triste: ¿cómo se diferencia una iglesia ortodoxa de una católica? La respuesta era obvia: las primeras están abiertas y algunas de las segundas, no.

Cuando entrábamos en las iglesias, sobre todo en las menos turísticas, podíamos apreciar el valor de la iglesia abierta. Veíamos cómo entraban los fieles y saludaban a los dos iconos que, en un pedestal, están antes del iconostasio. Se santiguaban, les hacían una reverencia, los besaban. Luego realizaban un pequeño recorrido por los iconos, imagino que de su devoción. Algunas personas se sentaban un rato en los pocos bancos colocados en el lateral de la iglesia. Esto se repetía en todas, incluso en las más turísticas. En todas ellas había una monja que vendía velas y nos ofrecía un trocito de pan.

La iglesia es un lugar sagrado, espacio de encuentro con el Señor y, por ende, con uno mismo. No es solo un espacio de rituales o para impartir sacramentos; tiene también una función de acogida y encuentro, de expresión de las diferentes vivencias de fe. Es un lugar donde vivir la experiencia del encuentro espiritual, personal y trascendente.

Nuestras iglesias son puentes espirituales para el encuentro silencioso entre Dios y las personas; espacios de reposo, soledad querida y buscada para el encuentro con lo espiritual. Y, por muchas razones que no son objeto de mi reflexión, están cerradas.

¿No deberíamos los diáconos —constructores de puentes, como parte de nuestra identidad— promover una nueva pastoral eclesial, la *Pastoral de Iglesias Abiertas*? ¿Cuántas personas que no acuden a nuestras celebraciones entrarían a estar un rato, pero que si lo han intentado se las han encontrado cerradas? Esta pastoral generaría un nuevo lugar de encuentro, un nuevo espacio de evangelización para una generación de personas que los domingos no se acercan, pero que ciertamente tienen una necesidad espiritual y ningún espacio para vivirla.

Es posible que por falta de tiempo o de personas no podamos hacer una acogida personal, pero no cerremos la posibilidad a uno de los pocos espacios sagrados que quedan en este mundo, en proceso acelerado de secularización, para un encuentro personal con el Padre.

De lo que conozco de mi experiencia pastoral actual, quitando los funerales, solo se mantiene abierta cada iglesia una hora a la semana, más el rezo del rosario en una de ellas por un grupito de mujeres mayores, varios días a la semana.

Me vuelvo con envidia —espero que sana— de lo vivido en las iglesias ortodoxas, más allá de su indudable belleza. He percibido algo que hemos perdido.

Lo de San Gimignano terminó en una de sus callejuelas, en una pequeña iglesia. Entramos, no había nadie y allí, con el silencio necesario, pude rezar mis laudes a la hora de sexta. La iglesia estaba dedicada a San Bartolomé, y yo nací el 24 de agosto, su fiesta. Era una Iglesia de puertas abierta


Volto para casa após um tempo de férias, junto da minha esposa, rodeado de água entre a Córsega e a Sardenha, e gostaria de partilhar a experiência das igrejas desta viagem pela Roménia.

A sensação interior que procuro transmitir está relacionada com um antigo artigo que escrevi: “Caminho de Santiago IV (Um caminho de igrejas fechadas)”.

No dia 20 de junho encontrava-me em San Gimignano, na Toscana italiana. Não era a primeira vez que a visitava; da minha visita anterior, há 25 anos, recordava a beleza do Duomo, uma bela igreja com frescos nas paredes. Decidi rezar as Laudes ali, mas a minha surpresa foi que era necessário pagar para entrar e estava cheia de turistas. Optei então por procurar outro lugar para a minha oração.

É sobre isto que quero falar: dos sentimentos que experimento quando tento entrar numa igreja e ela é paga — uma forma de a fechar — ou quando está simplesmente de portas trancadas, e, como dizia um diácono de Sevilha, “não se pode cumprimentar o Senhor”.

Na Roménia, o mundo ortodoxo possui uma infinidade de templos: igrejas de madeira, igrejas pintadas, mosteiros e as igrejas “normais”. Todas as que quisemos visitar estavam abertas. Ainda permanece viva na minha memória a primeira em que entrámos, numa pequena aldeia onde pernoitámos. Entrar nela foi como entrar noutro mundo, noutra dimensão. Os ícones cobriam as paredes e os tetos, e diante de cada um podia fazer-se uma oração diferente. Sentia-se a presença do Senhor.

Confesso que sempre fui um amante dos ícones. A cor e a luz elevavam-nos para além de nós mesmos, em direção ao Senhor. Não me admira que, para eles, o ícone seja um sacramento.

Ao lado encontrava-se a igreja católica. Tentámos entrar, mas estava fechada. Isto aconteceu-nos mais algumas vezes e surgiu-me uma pergunta, meio em tom de brincadeira, mas profundamente triste: como se distingue uma igreja ortodoxa de uma igreja católica? A resposta era óbvia: as primeiras estão abertas e algumas das segundas não.

Quando entrávamos nas igrejas, sobretudo nas menos turísticas, podíamos apreciar o valor de uma igreja aberta. Víamos os fiéis entrar e saudar os dois ícones colocados num pedestal antes do iconostásio. Faziam o sinal da cruz, inclinavam-se e beijavam-nos. Depois percorriam alguns dos ícones, imagino que segundo a sua devoção pessoal. Algumas pessoas sentavam-se por algum tempo nos poucos bancos colocados na lateral da igreja. Isto repetia-se em todas elas, até nas mais turísticas. Em todas havia uma religiosa que vendia velas e nos oferecia um pequeno pedaço de pão.

A igreja é um lugar sagrado, um espaço de encontro com o Senhor e, por isso mesmo, consigo próprio. Não é apenas um espaço de rituais ou de administração dos sacramentos; tem também uma função de acolhimento e encontro, de expressão das diferentes vivências da fé. É um lugar onde se pode viver a experiência do encontro espiritual, pessoal e transcendente.

As nossas igrejas são pontes espirituais para o encontro silencioso entre Deus e as pessoas; espaços de repouso, de solidão desejada e procurada para o encontro com o espiritual. E, por muitas razões que não são objeto desta reflexão, estão fechadas.

Não deveríamos nós, diáconos — construtores de pontes, como parte da nossa identidade — promover uma nova pastoral eclesial, a Pastoral das Igrejas Abertas? Quantas pessoas que não participam nas nossas celebrações entrariam para permanecer algum tempo, mas que, ao tentarem fazê-lo, encontram as portas fechadas?

Esta pastoral criaria um novo lugar de encontro, um novo espaço de evangelização para uma geração de pessoas que não se aproxima da Igreja aos domingos, mas que certamente possui uma necessidade espiritual e não encontra um espaço onde a viver.

Talvez, por falta de tempo ou de pessoas, não possamos oferecer um acolhimento pessoal. Mas não fechemos a possibilidade de acesso a um dos poucos espaços sagrados que ainda restam neste mundo em acelerado processo de secularização, para um encontro pessoal com o Pai.

Daquilo que conheço da minha experiência pastoral atual, excluindo os funerais, cada igreja permanece aberta apenas uma hora por semana, além da recitação do rosário numa delas por um pequeno grupo de mulheres idosas, vários dias por semana.

Regresso com uma certa inveja — espero que saudável — daquilo que vivi nas igrejas ortodoxas, para além da sua inegável beleza. Senti algo que nós perdemos.

A história de San Gimignano terminou numa das suas ruelas, numa pequena igreja. Entrámos. Não havia ninguém e, naquele silêncio necessário, pude rezar as minhas Laudes já na hora de Sexta. A igreja era dedicada a São Bartolomeu, e eu nasci a 24 de agosto, dia da sua festa.

Era uma Igreja aberta.