CICATRICES BRILLANTES
En nuestro pueblo, donde las tardes se duermen con la mansedumbre de siempre, algo se ha resquebrajado. Las persianas siguen subiendo, los perros siguen ladrando, los autobuses siguen pasando, pero el aire parece guardar un secreto que nadie quiere oír, y hasta parece mirar hacia abajo, igual que nosotros.
Una joven de quince años yace ahora en un hospital con el cuerpo roto. Antes de romperse contra el suelo, se quebró en cada burla que la reducía, en cada mirada que la borraba, en cada risa que la dejaba sola.
Y ahora, mientras ella lucha por recomponerse, nosotros intentamos entender cómo no supimos sostenerla. Hay heridas que no pertenecen solo a quien las sufre. Se extienden, se filtran,
atraviesan las paredes de las casas y los pasillos de los colegios. Esta es una de ellas. Y quizá por eso duele tanto escribir sobre ella.
No pretendo hacer un informe ni un análisis frío. Solo quiero detenerme en alguna pregunta que esta caída deja suspendida en el aire: pregunta incómoda, necesaria, humana; que duele formular, pero que no puedo esquivar. ¿Qué lleva a un grupo de jóvenes a ensañarse con una compañera hasta empujarla a un lugar al que ninguna adolescente debería llegar jamás?
Quizá la respuesta esté en ese miedo tan nuestro a quedar fuera, en esas inseguridades que solo saben gritar para no sentirse pequeñas. Nos hemos acostumbrado a una necesidad de pertenecer que, a veces, nos arranca la piel de la empatía. Hoy, la crueldad viaja por las pantallas sin ver el rostro del que sufre, y el mal se vuelve algo cotidiano, casi banal, cuando se permite
que el grupo aplaste la conciencia. Al final, ella no solo cayó contra el suelo; cayó también sobre nuestro silencio, sobre ese miedo a ser diferentes que nos impidió, a todos, dar un paso al frente. Y que nos hizo olvidar que la dignidad del otro es también la propia.
Pero frente a ese vacío, quiero decirte algo, Verónica: «Confiamos plenamente en que tu admirable entereza sabrá imponerse a este paréntesis del destino, abriendo paso a los días de luz y alegría que ya se vislumbran en tu horizonte. Por eso te diré lo que viene ahora. En ese cuarto de hospital, donde el reloj parece haber olvidado las horas, libras una pelea callada que tiene la fuerza de un vendaval. A tus quince años, estás demostrando que la resistencia es un don que se lleva en la sangre. No solo estás restableciendo tu cuerpo; estás forjando un alma que hoy comprende,
mejor que nadie, lo que significa luchar por cada aliento.
Te estamos esperando. No esperamos a la joven que se marchó; te esperamos a ti, convertida en la mujer que ha sabido encontrar el camino de regreso desde ese abismo donde el amparo te encontró sin que lo llamaras.
Porque aunque hubo pedazos que cayeron, tu voluntad de reconstruirte los está soldando con cicatrices que brillan. Regresarás distinta: más herida, sí, pero infinitamente más luminosa e inquebrantable. Y cuando vuelvas, no lo harás a un lugar que se limita a observar. No regresarás a la misma soledad, sino a una comunidad que ha aprendido que tu herida es también la nuestra.
En la parroquia te espera una presencia que protege y abraza. No buscaremos explicar lo que te ha pasado con consignas vacías; simplemente estaremos ahí, a tu lado, para que sientas que ya no hace falta que sostengas todo el peso tú sola. Porque ahora es nuestro turno de cargar contigo, de poner nuestros hombros debajo de tu cruz para que el camino sea más ligero.
Un lugar donde la ternura sea la única ley y donde nuestra oración no sea un deber, sino el sostén invisible que te mantenga en pie cuando te fallen las fuerzas. Rezaremos juntos, dejando que el ritmo del Rosario sea como un latido suave que vaya restaurando, cuenta a cuenta, tu paz por dentro.
Aquí tienes nuestras manos, para sostener las tuyas siempre que necesiten ser sostenidas. Y sobre todo, por encima de todo, te ayudaremos a que vuelvas a enamorarte de la Vida.»
Carlos Portus Saracho