SINERGIA DE LA DOBLE SACRAMENTALIDAD DEL DIÁCONO CASADO

José Rodilla Martínez*

De los regalos inesperados con que el Concilio nos sorprendió está el afirmar la categoría de Iglesia doméstica para el ámbito familiar; ya san Juan Crisóstomo decía a los esposos: que vuestra casa sea como una Iglesia.

“los padres han de ser para sus hijos los primeros anunciadores de la fe

con su palabra y con su ejemplo, y han de fomentar la vocación personal

de cada uno y, con especial cuidado, la vocación a la vida consagrada”

En el hogar de la familia cristiana se inicia la transmisión de la fe a los hijos. Ellos escuchan de forma privilegiada el Kerigma, el anuncio cariñoso y tierno de que Dios les ama, que es un Dios personal que te conoce por tu nombre y te quiere como eres y con quien es posible relacionarse, descubriendo las múltiples presencias que su acción delata, facilitado por un contexto de oración y alabanza. Es la casa el lugar donde se comparte lo que se tiene y donde la pedagogía del amor educa en valores, forja las virtudes que les abre en amor hacia los demás. Esta es la Iglesia doméstica que propone el Concilio.

La experiencia que se tuvo durante su celebración, y en los años posteriores, en que se desarrollaban Constituciones y se aplicaban las reformas; conocimos vocablos nuevos en el discurso de quienes hablaban y escuchando que éramos pueblo de Dios, que la familia era una Iglesia doméstica, se fue formando la conciencia de familia cristiana que permitió redescubrir el vínculo de pertenencia a un pueblo donde nadie era ajeno.

Otra novedad que introdujo el Concilio Vaticano II fue la recuperación del ministerio diaconal estable, práctica habitual hace mil años. En muchas Iglesias ante la falta de presbíteros y ante las circunstancias pastorales que precisaban soluciones inmediatas, comenzaron a ordenar diáconos permanentes, dejándose llevar por el impulso del Espíritu y viviendo esta gran novedad para después reflexionar sobre ella. De aquí parten algunas experiencias que aconsejaron aplicar prudencia en la preparación de cauces que contuvieran las turbulencias que la sociedad y la historia traían por aquellas épocas. Muchas de las Iglesias particulares que no tenían la urgencia de dar tamañas respuestas vieron, por la experiencia de tantos siglos, que la aplicación novedosa del Diaconado permanente aconsejaba ser precavidas en su instauración y prefirieron desarrollar vías de acceso más lentas al Sacramento del Orden para los laicos casados, pero ambas realidades eclesiales han sido fieles al Espíritu Santo, haciéndose visible la pluralidad de respuestas que da la Iglesia al interpretar los signos de los tiempos ante las circunstancias de carácter histórico y social. Todo ello manifiesta la sal, luz y fermento signo de lo que es ser cristiano.

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