Los estratos del Diaconado Permanente extraídos de las Actas Sinodales del Concilio Ecuménico Vaticano II.

Los estratos del Diaconado Permanente extraídos de las Actas Sinodales del Concilio Ecuménico Vaticano II.

Han pasado muchos años desde que en la Iglesia se comenzó a escuchar “Diaconado Permanente”. Hoy 63 años después vamos a recuperar del recuerdo figuras importantísimas que conviene tener presente cuando por nuestro ministerio hemos de explicar qué significa, para qué y por qué se instituyó.

Al investigar en las Actas Sinodales del Concilio Ecuménico Vaticano II me sorprendió la clarividencia de un obispo argentino Monseñor Jorge Kémerér primer obispo de la diócesis de Posadas en Misiones. Tierra fecunda y hermosa bañada por el Paraná donde el rezo de los Laudes extasían al creyente:

El salmo 62 es la puerta de acceso a las maravillas de Dios:

Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,

mi alma está sedienta de ti;

como tierra reseca, agostada, sin agua…

 El orante reconoce su terreno baldío, su sequedad… con fuerza exclama el gran himno de Daniel prestando su voz al alabar al Señor ante la maravillosa creación que se presenta ante sus ojos…

Criaturas todas del Señor, bendecir al Señor…

Esta experiencia de vida ante la belleza de aquellas tierras, contagian el corazón y moldean realidades contemplativas; sin duda monseñor Kémeré lo experimentó, cuando desde Entre Rios se desplazó a Misiones a dar su vida como misionero en la década de1930. Su ascendencia alemana le brindó la oportunidad de tener un sentido muy profundo de su responsabilidad e intuición muy acentuada. Su fe como religioso entusiasta del Verbo Divino le acompañó y su carácter jovial y de espíritu alegre le condujo a ser nombrado primer obispo de Posadas en 1957 por Pio XII.

Pero para nosotros, diáconos permanentes, tiene un significado de gratitud recuperar esta humilde figura conciliar puesto que sus intervenciones en el Concilio Ecuménico Vaticano II fueron clave para contagiar de su entusiasmo a la propuesta de reinstaurar el Diaconado estable.

En la Congregación General XLVII del 14 de octubre de 1963 en las intervenciones a favor y en contra sobre la intención de la restauración del diaconado, tomo la palabra[1] a la que se adhirieron diversos obispos.

Su intervención recogida de las Actas Sinodales traducidas del latín original mantienen la frescura y un conocimiento real de la situación de la Iglesia latinoamericana de aquella época.

Los debates conciliares eran agotadores y hubo defensores del celibato para quienes recibieran la ordenación diaconal y detractores que argumentaban múltiples impedimentos si no se exigía el celibato a los diáconos.

«El diaconado con matrimonio, aun cuando los candidatos fueran cuidadosamente seleccionados, sin duda daría lugar a ciertos males económicos o morales. No conviene ver en la Iglesia la división sociológica que antaño existía entre el clero mayor y el clero menor.»

«creemos que el celibato en la Iglesia Latina es ahora obligatorio para los diáconos, y que debe observarse como un honor de la Iglesia en las Sagradas Órdenes. Por lo tanto, en el párrafo 15 del esquema, deben suprimirse las líneas 39 y 40, y debe decirse: «En cuyo caso tales diáconos estarán obligados por la ley del celibato sagrado.» En la Iglesia Latina, por lo tanto, el diaconado universal, protegido por el celibato sagrado, seguirá siendo la ley»

«El diaconado con matrimonio no es, como algunos afirman, un remedio para la escasez de vocaciones sacerdotales, sino que elimina la fuente de estas vocaciones. Antes de optar por la solución más fácil del diaconado conyugal, ¿no sería más beneficioso que la Iglesia en el mundo actual, entre sacerdotes y hombres de Acción Católica, insistiera en la educación cristiana de las familias y los jóvenes, fuente mayor de vocaciones sacerdotales? ¡Es mejor multiplicar los sacerdotes!» .[2]

Hubo diversas respuestas conciliares sobre el celibato rebatiendo a quienes opinaban lo contrario…

Las actas del Concilio recogen de su intervención, toda la fuerza e ilusión de Monseñor Jorge KÉMERÉR, Obispo de Posada en Argentina.

Venerables Padres:

En nombre de 20 obispos de Latinoamérica, propongo la restauración del diaconado como grado permanente en la jerarquía eclesiástica, y, de hecho, sin la obligación del celibato.

A pesar de lo dicho hoy en esta sala —parece que el diaconado se ha convertido en un mero punto de partida— y dado que se han tratado algunos temas sobre el celibato, deseo añadir algunos, y dejaré el resto en manos del secretario general.1

El celibato es, si no me equivoco,2 un carisma reservado a algunos, y su práctica (o «ejercicio») requiere no solo gracias sobrenaturales, sino también condiciones naturales, e incluso biológicas y psicológicas, que en ciertos lugares y en ciertos momentos no son tan fáciles de encontrar.

Por lo tanto, dada la escasez de clero, y la grave escasez en América Latina, ¿es necesario establecer un vínculo absoluto entre el ministerio del diaconado y la obligación del celibato, cuando este ministerio, esta diaconía, parece indispensable en muchos lugares?

Todos están llamados a la santidad y al apostolado; no todos, sin embargo, a la continencia. La ley del celibato no puede ser un obstáculo que disminuya el número de apóstoles de hoy, especialmente en nuestra época, en la que es necesario multiplicar a los líderes apostólicos. Y estos líderes apostólicos serán, en particular, diáconos.

Le cedo la palabra al secretario y concluyo enfatizando nuestra gran y urgente necesidad debido a la gran escasez de sacerdotes.

Cuando se dice que, en general, hay un sacerdote por cada seis mil almas en Latinoamérica, esto debe tomarse en teoría; pues existen muchísimas parroquias, casi en todas las diócesis, en las que un solo sacerdote atiende a diez, veinte o incluso treinta mil almas. Y a veces ni siquiera hay sacerdote para ellas. Y estas almas deben ser salvadas; son las almas de cristianos, ya bautizados, que nacieron en el seno de la Madre Iglesia y necesitan alimento, necesitan el pan de la palabra, el pan de la Eucaristía, y no hay nadie que se lo parta. Pero los diáconos, al menos⁶, pueden recoger los fragmentos, nutrir y fortalecer las almas, para que no desfallezcan en el camino y perezcan de hambre.

La restauración del diaconado para las regiones de Latinoamérica se presenta como nuestra gran esperanza. Por esta razón, he de expresar el deseo de muchos obispos de que ustedes, venerables Padres, al votar sobre este asunto, no nos quiten nuestra esperanza. La puerta ya está abierta. Si entre ustedes hay quienes no desean entrar, no los obligamos a hacerlo, pero humildemente les rogamos que no nos cierren la puerta, ¡pues queremos entrar! ¡Permítannos entrar! ¡Gracias!

Tras su exposición verbal dejó una serie de notas que quedaron reflejadas en las Actas Sinodales. En el texto escrito que entregó, refleja el sentir colegial de los obispos:

En nombre de muchos obispos de Latinoamérica propongo que se restablezca el diaconado como grado permanente en la jerarquía del orden, sin la obligación del celibato, por las siguientes razones:

  1. La conveniencia misma de restaurar en la Iglesia, de manera efectiva y en sí misma, el grado de jerarquía, que es de institución divina, pero que en la práctica permaneció como condición, o «paso» al presbiterado. Esta razón sería válida para toda la Iglesia, incluso donde hay un excedente de clero.
  1. La necesidad de contribuir de manera efectiva para que se resuelva de alguna forma el enorme problema de la escasez de sacerdotes, una escasez que existe en muchas regiones de la Iglesia y de la cual somos testigos de manera especial por los obispos de Latinoamérica.

Por brevedad, me referiré únicamente a la segunda razón, que, al menos para mí, parece tener una fuerza casi irrefutable.

Mucho se ha escrito en este sentido, y precisamente sobre Latinoamérica, donde existe una clara y gran desigualdad («desproporción») entre el número de sacerdotes, 37 000, y el número de habitantes, casi 200.000.000. Para empezar, hay alrededor de seis mil (6000) almas, cifra que debe tomarse teóricamente, pues existen muchísimas parroquias en casi todas las diócesis donde un solo sacerdote atiende a 10, 20 e incluso 30 mil almas. Y a veces ni siquiera hay sacerdote para ellas. Y estas almas deben ser salvadas; son las almas de cristianos, ya bautizados, que nacieron en el seno de la Madre Iglesia y necesitan alimento, necesitan el pan de la palabra, el pan de la Eucaristía, y no hay nadie que se lo parta. Pero los diáconos, al menos, pueden recoger los fragmentos, nutrir y fortalecer las almas, para que no desfallezcan en el camino y perezcan de hambre.[3]

Es evidente que esta desigualdad no puede superarse ni siquiera contratando a muchos sacerdotes de otras naciones, ya que la población aumenta día a día, de modo que para finales de este siglo la población de Latinoamérica se habrá duplicado.

El obispo Kémerér: ASII-II 534-537 en su exposición oral y se adhieren los obispos Aguirre, Devoto, Quarracino, Sansierra, Zazpe y Tato en la Congregación General XLVII del 14 de octubre de 1963 sobre el esquema de la Iglesia, capítulo segundo (la constitución jerárquica de la Iglesia y especialmente de los obispos, nᵒ 15 los presbíteros y los diáconos). La restauración del diaconado sin celibato es una necesidad urgente al menos en la América Latina, donde existe una gran escasez de sacerdotes. El celibato es un carisma superior que no se puede exigir a los diáconos.

[1] Monseñor Jorge Kemerer. Obispo de Posadas en Misiones. AS II/II CONGREGATIO GENERALIS XLVII   534 537

[2] Monseñor D. Paul Zoungrana. Arzobispo de Uagadugú. AS II/II CONGREGATIO GENERALIS XLVII 537 538

[3] Ibid 1