LOS DOS VOTOS DEL DIACONADO. OS DOIS VOTOS DO DIACONATO
Diácono Enrique Alonso
8-27-25
Leí un artículo de la esposa de un diácono titulado: «El diácono nunca debe retirarse de su ministerio activo (público)». Yo soy un diácono retirado del ministerio activo, pero sigo siendo diácono. La marca de la «diaconía» quedó grabada en mi alma el día de mi Ordenación.
Antes de ser diácono, serví durante diez años en la Arquidiócesis de Chicago, evangelizando y sirviendo a los hispanos en las parroquias, junto a un grupo de hombres llamado «Los Hermanos de la Familia de Dios». En 1975, fui ordenado diácono tras una formación de tres años. Recientemente he celebrado mi 50.º aniversario como diácono y mi 55.º aniversario de bodas. Cuento todo esto como introducción al relato de mi experiencia a lo largo de estos cincuenta años.
Al decidir aceptar la invitación para entrar en el diaconado, es necesario tener en cuenta la propia situación como hombre casado y padre de familia. Esta es la segunda vez que se pronuncian votos de fidelidad, después de los del matrimonio, y ambos son «hasta que la muerte nos separe». Afortunadamente, en mi caso, la decisión fue tomada de común acuerdo con mi esposa, quien era consciente de lo que esto implicaba y de que Dios nos lo pedía a los dos.
En estos cincuenta años de servicio como diácono, me ha tocado hacer muchas cosas. No solo serví en las parroquias a las que fui asignado, asistiendo al párroco y cuidando de la formación de la comunidad a mi cargo. También tuve la oportunidad de servir en el programa de formación del diaconado, primero como director asociado y después como director del Programa de Liderazgo y del Diaconado. Más tarde, a tiempo parcial, fui director asociado para tres vicarios de los diáconos, encargado de la Educación Continua de los Diáconos y apoyando al vicario en los asuntos de los diáconos hispanos en particular. También serví a nivel nacional en la Asociación Nacional de Diáconos Hispanos de Estados Unidos, como secretario, tesorero y finalmente como presidente durante varios años. En los últimos años de servicio, trabajé como asistente del vicario a tiempo parcial, hasta que me retiré tanto del servicio en la oficina como del servicio en la parroquia.
Esto es solo un ejemplo de lo que hace un diácono. Unos con más compromisos que otros, pero todo lo hacemos con amor y responsabilidad, tratando de dar lo mejor de nosotros mismos, además de llevar nuestra propia vida familiar. Muchas veces tuvimos que dejar de lado actividades familiares por la responsabilidad con la Iglesia. Otras veces no pudimos estar en momentos importantes o de crisis de la familia, confiando en que allí estaba la esposa y madre de los hijos para cuidar de esa responsabilidad. En ocasiones, no estuvimos con nuestras esposas en los momentos en que ellas necesitaban apoyo o compañía. Incluso, a veces, teniendo nuestras propias necesidades, había que salir a servir a los demás. Siempre con la conciencia de que uno se había comprometido a eso. En varias ocasiones, hubo que salir de casa por días para formación, para organizar actividades o para acompañar a las familias de la comunidad, ya fuera en devociones religiosas, en dificultades familiares o en el apoyo ante la pérdida de un ser querido. Todo esto también es parte de la vida del diácono; unos más, otros menos, pero así es.
Al retirarse del servicio público y volver a estar en casa a tiempo completo, uno va tomando conciencia de todo lo que hizo y probablemente lo echará de menos. Puede sentirse deprimido o pensar que ya no sirve para nada. Pero poco a poco, con los acontecimientos de cada día, uno se da cuenta de que su ministerio no ha terminado, sino que ha cambiado de enfoque. Poco a poco, comprendes que tienes que ajustar tu vida a otra clase de servicio. Por todo el tiempo que diste a los demás, ahora tienes tiempo para dedicar a quienes te apoyaron y se sacrificaron por ti y por tu ministerio. Sigues siendo «diácono», ahora como mentor y acompañante, ofreciendo consejos y haciendo oración por el éxito de otros en el ministerio. Ahora puedes dedicar más tiempo a tu esposa, tener más convivencia con tus hijos. En la casa hay varias cosas que arreglar o hacer cada día. Ahora tienes tiempo para escuchar más sobre la vida de tus hijos. Y lo más sorprendente es que ahora los hijos pueden venir a casa el día que quieran para ver a su padre, porque ahora siempre está ahí. Te das cuenta de algo que antes no entendías: que tu casa es un santuario, porque ahora cuidas de ella y, para los hijos, es el lugar donde pueden venir con sus nietos, convivir y compartir los éxitos y las dificultades de la vida, no solo contigo, sino también con sus hermanos.
Tu diaconía no termina el día que te retiras del servicio activo en la parroquia. Siempre eres diácono de la Iglesia Católica; la diaconía ahora es otra. Tu lugar de ministerio es la parroquia, pero también es tu casa, tu esposa y tus hijos. Son las pequeñas cosas de cada día: limpiar la casa, cuidar el jardín, ayudar a la esposa en las tareas cotidianas, cocinar, llevarla al médico, salir a caminar por las tardes, platicar de los buenos y no tan buenos tiempos de todos esos años. Ir a Misa juntos y comentar los detalles de la gente que ves, que se alegra de verte con tu esposa, a tu lado. Ver cómo te miran las pocas personas que aún quedan en la parroquia: con aprecio, con reverencia, con sorpresa, con amor. Ya no tienes la misma vitalidad de antes, pero las experiencias, la sabiduría y la fe hacen de tus oraciones una bendición para aquellos con los que tienes contacto.
Voy a cumplir 90 años, gracias a Dios. La esposa del diácono tenía razón: no debes retirarte del ministerio activo. Mi ministerio no ha terminado, ha cambiado y continúa siendo una bendición de Dios. Continúa a través del servicio a mi esposa, a los hijos, a los nietos, a la familia, a los parroquianos y a los amigos. Continúa a través de mis reflexiones y de mis escritos sobre todo lo que pasa a mi alrededor.
Estoy agradecido con Dios por todo lo que me permitió hacer, por cuidar de mí y de los míos, y por la compañía de Jesús todos estos años, que me guio, me cuidó y me inspiró para seguir su Proyecto de Vida, hasta que me entregue en las manos del Padre.
Aqui está a tradução para o português:
OS DOIS VOTOS DO DIACONATO
Diácono Enrique Alonso
27/08/2025
Li um artigo escrito pela esposa de um diácono, intitulado: «O diácono nunca deve se aposentar do seu ministério ativo (público).» Eu sou um diácono aposentado do ministério ativo, mas continuo sendo diácono. A marca da diaconia ficou gravada em minha alma no dia da minha Ordenação.
Antes de me tornar diácono, servi durante dez anos na Arquidiocese de Chicago, evangelizando e servindo aos hispânicos nas paróquias, juntamente com um grupo de homens chamado «Os Irmãos da Família de Deus». Em 1975, fui ordenado diácono após três anos de formação. Recentemente, celebrei meu jubileu de ouro como diácono, completando 50 anos de ordenação, e também meus 55 anos de matrimônio. Conto tudo isso como introdução ao relato da minha experiência ao longo desses cinquenta anos.
Ao decidir aceitar o chamado para ingressar no diaconato, é necessário considerar a própria condição de homem casado e pai de família. Esta é a segunda vez que se fazem votos de fidelidade, depois dos votos matrimoniais, e ambos são «até que a morte nos separe». Felizmente, no meu caso, a decisão foi tomada em comum acordo com minha esposa, que tinha plena consciência do que isso significava e de que Deus estava chamando a nós dois.
Durante esses cinquenta anos de serviço como diácono, desempenhei muitas funções. Não servi apenas nas paróquias para as quais fui designado, auxiliando o pároco e cuidando da formação da comunidade sob minha responsabilidade. Também tive a oportunidade de trabalhar no programa de formação do diaconato, primeiro como diretor associado e depois como diretor do Programa de Liderança e do Diaconato. Mais tarde, em tempo parcial, fui diretor associado de três vigários dos diáconos, responsável pela Formação Permanente dos Diáconos e pelo apoio ao vigário nas questões relacionadas, especialmente, aos diáconos hispânicos. Também servi em nível nacional na Associação Nacional dos Diáconos Hispânicos dos Estados Unidos, como secretário, tesoureiro e, por fim, presidente durante vários anos. Nos últimos anos de ministério, trabalhei como assistente do vigário em tempo parcial, até me aposentar tanto do serviço na cúria quanto do serviço paroquial.
Este é apenas um exemplo do que faz um diácono. Uns assumem mais responsabilidades que outros, mas todos servimos com amor e dedicação, procurando oferecer o melhor de nós mesmos, ao mesmo tempo em que conduzimos nossa própria vida familiar. Muitas vezes tivemos de deixar de lado atividades da família por causa das responsabilidades com a Igreja. Outras vezes, não pudemos estar presentes em momentos importantes ou de crise na vida familiar, confiando que ali estava a esposa, mãe dos filhos, para assumir essa responsabilidade. Em certas ocasiões, não estivemos ao lado de nossas esposas justamente quando elas mais precisavam de apoio ou companhia. Houve também momentos em que, mesmo enfrentando nossas próprias necessidades, era preciso sair para servir aos outros. Sempre com a consciência de que havíamos assumido esse compromisso. Em diversas ocasiões, foi necessário permanecer dias fora de casa para participar de formações, organizar atividades ou acompanhar as famílias da comunidade, seja em devoções religiosas, em dificuldades familiares ou no apoio diante da perda de um ente querido. Tudo isso também faz parte da vida do diácono; alguns vivem isso mais intensamente, outros menos, mas essa é a realidade.
Ao se aposentar do serviço público e voltar a permanecer em casa em tempo integral, a pessoa começa a tomar consciência de tudo o que realizou e, provavelmente, sente saudade desse trabalho. Pode até experimentar certa tristeza ou pensar que já não é mais útil. No entanto, pouco a pouco, com os acontecimentos do dia a dia, percebe que seu ministério não terminou; apenas mudou de foco. Aos poucos, compreende que precisa ajustar sua vida a uma nova forma de servir. Depois de dedicar tanto tempo aos outros, agora há tempo para cuidar daqueles que o apoiaram e se sacrificaram por você e pelo seu ministério. Você continua sendo diácono, agora como mentor e acompanhante, oferecendo orientação e rezando pelo êxito de outros no ministério. Agora pode dedicar mais tempo à sua esposa e conviver mais com os filhos. Em casa, sempre há algo para consertar ou fazer. Agora existe tempo para ouvir mais sobre a vida dos filhos. E o mais bonito é que eles podem aparecer em casa no dia que desejarem para visitar o pai, porque agora ele está sempre ali. Você percebe algo que antes não compreendia: que sua casa é um santuário, porque agora cuida dela e, para os filhos, ela se tornou o lugar onde podem chegar com os netos, conviver e compartilhar os sucessos e as dificuldades da vida, não apenas com você, mas também com os irmãos.
Sua diaconia não termina no dia em que você deixa o serviço ativo na paróquia. Você continua sendo diácono da Igreja Católica; apenas a forma de viver a diaconia mudou. Seu lugar de ministério é a paróquia, mas também é sua casa, sua esposa e seus filhos. O ministério está nas pequenas coisas de cada dia: limpar a casa, cuidar do jardim, ajudar a esposa nas tarefas cotidianas, cozinhar, levá-la ao médico, sair para caminhar no fim da tarde, conversar sobre os bons e os não tão bons momentos vividos ao longo de todos esses anos. Ir juntos à Missa e comentar os detalhes das pessoas que encontram, felizes por vê-lo ao lado de sua esposa. Observar o olhar daqueles poucos que ainda permanecem na paróquia: um olhar de apreço, reverência, surpresa e carinho. Você já não possui o mesmo vigor de antes, mas as experiências acumuladas, a sabedoria e a fé fazem de suas orações uma verdadeira bênção para todos aqueles com quem convive.
Estou prestes a completar 90 anos, graças a Deus. A esposa do diácono tinha razão: não devemos nos aposentar do ministério ativo. Meu ministério não terminou; ele mudou e continua sendo uma bênção de Deus. Continua por meio do serviço à minha esposa, aos meus filhos, aos meus netos, à minha família, aos paroquianos e aos amigos. Continua também por meio das minhas reflexões e dos meus escritos sobre tudo o que acontece ao meu redor.
Sou profundamente grato a Deus por tudo o que me permitiu realizar, por cuidar de mim e dos meus, e pela companhia de Jesus ao longo de todos esses anos. Foi Ele quem me guiou, me protegeu e me inspirou a seguir o seu Projeto de Vida, até o dia em que eu me entregue nas mãos do Pai.