ACOMPÁÑAME… PERO COMO SI NO ESTUVIERAS

ACOMPÁÑAME… PERO COMO SI NO ESTUVIERAS. –     COMIGO… MAS COMO SE VOCÊ NÃO ESTIVESSE

Estar solo hoy no es una desgracia caída del cielo. Es, en gran parte, el resultado de un deseo que hemos cultivado durante años: vivir sin fricciones. Hemos fantaseado con una existencia donde nadie nos interrumpa, donde no tengamos que lidiar con el mal humor de un abuelo, las manías de un vecino o las opiniones de un cuñado. Y, sin darnos cuenta, hemos construido un mundo que satisface exactamente ese sueño. Con una conexión a internet y una tarjeta de crédito podemos vivir sin cruzarnos con nadie. Pero la soledad no es un accidente, es el músculo social que hemos dejado atrofiar.

Nos hemos vuelto alérgicos a la convivencia. El móvil se ha convertido en un espejo que solo devuelve lo que queremos ver. Si algo nos incomoda, deslizamos;si alguien nos contradice, bloqueamos. La vida real, en cambio, no tiene botón de silencio. La gente interrumpe, exige tiempo, no siempre cae bien. Como hemos perdido la tolerancia a esa fricción mínima, nos hemos retirado a búnkeres de cristal donde nada nos roce. Y cuando el silencio empieza a pesarnos, pedimos un “Ministerio de la Soledad”.

No podemos culpar a las pantallas sin admitir primero para qué las usamos: para evitar al otro. El smartphone no es una ventana al mundo, sino un escudo. Lo sacamos en el ascensor para no saludar, en la cena para no profundizar, en la parada del autobús para no reconocer que el desconocido de al lado también existe.

El algoritmo ha hecho el resto. Nos ha encerrado en burbujas donde solo escuchamos versiones de nosotros mismos. Al desaparecer el encuentro con lo distinto, perdemos la agilidad mental para gestionar el desacuerdo. El otro se convierte en amenaza para nuestra paz interior. Por eso preferimos la soledad digital, donde somos reyes, a la compañía real, donde somos una pieza más de un engranaje imperfecto. Nuestra soledad es, en el fondo, la patología de quien no soporta dejar de ser protagonista.

A este narcisismo digital se suma un entorno físico que tampoco ayuda. Muchas ciudades contemporáneas —no todas, pero sí demasiadas— se han diseñado para el tránsito rápido, no para la convivencia lenta. Hemos pasado de la plaza, donde la vida se mezclaba por «obligación«, a edificios donde convivimos sin conocernos. Vivimos a pocos metros de otros, escuchando sus pasos, pero sin saber sus nombres. En algunos barrios, el comercio de proximidad ha desaparecido y la vida cotidiana se desplaza a centros comerciales impersonales donde nadie mira a nadie.

Este urbanismo sin pausa convierte al vecino en ruido y no en aliado. La desaparición de los “terceros espacios” —lugares donde no se compra ni se trabaja, solo se está— ha matado la comunidad espontánea. Ya casi no existen espacios para el aburrimiento compartido, ese terreno fértil donde antes surgían conversaciones inesperadas. El resultado es una coreografía de soledades que se cruzan sin mezclarse.

Ante este panorama, el sistema responde creando “Ministerios de la Soledad”. Es el síntoma más claro de nuestra contradicción. Intentamos resolver un problema relacional con herramientas administrativas. Pero un funcionario no puede ser tu nieto, ni un programa estatal puede sustituir la mirada de un vecino que se preocupa de verdad.

Convertimos un problema del alma y de la estructura social en un asunto presupuestario. Se financian talleres, centros de día y acompañamientos puntuales, mientras las leyes laborales y el ritmo económico impiden que las familias tengan tiempo para estar juntas. Es una incoherencia evidente. El sistema nos exprime hasta dejarnos sin tiempo para nadie y luego nos ofrece un psicólogo público para explicarnos por qué estamos tristes. Estas políticas alivian, sí, pero no curan. Su objetivo real es evitar que el coste sanitario de la tristeza colapse las cuentas públicas.

En medio de este desierto aparecen figuras que contradicen la lógica dominante. Personas que dedican parte de su tiempo a visitar a quienes están solos, escuchando una y otra vez las mismas historias. Para la mentalidad moderna, obsesionada con la productividad, esto parece un desperdicio. Pero mientras alguien haga de psicólogo improvisado, el resto podrá mantener la conciencia impoluta.

Si queremos salir del laberinto, no basta con soluciones políticas. Necesitamos una solución espiritual. No hablo de religiosidad superficial, sino de una teología de la Disponibilidad: dejar de ver al prójimo como un consumidor de nuestra energía y empezar a verlo como una presencia sagrada que exige entrega.

La soledad moderna es la consecuencia de haber dejado de reconocer lo divino en los demás. Cuando el otro deja de ser hermano y se convierte en estorbo, el aislamiento es inevitable. Una teología de la Disponibilidad implica aceptar que nuestra vida no nos pertenece del todo, y que el sacrificio de nuestra comodidad es el único altar donde se cura la soledad real.

La comunidad no es un club de afinidades. Es un grupo de personas que han decidido no irse. Personas que entienden que el otro es un fin en sí mismo, no un medio para nuestra diversión. Necesitamos recuperar la fricción obligatoria. Estar donde no queremos estar, mirar a quien preferiríamos evitar. La tolerancia no es una idea progresista. Es un acto de fe en la humanidad del otro.

La soledad no es un fallo técnico. Es un diseño social que hemos aceptado a cambio de que nadie nos contradiga. No esperes que el Estado cure tu tristeza ni que un algoritmo te construya un círculo íntimo. La comunidad se levanta con las piezas rotas de nuestra paciencia y con la renuncia a nuestro pequeño trono de cristal. No hay atajos. El silencio que te rodea tiene exactamente el tamaño del muro que has levantado para que nadie te moleste. La soledad no se cura con leyes ni con voluntarios. Se cura cuando decides que tu comodidad vale menos que la presencia sagrada de la persona que tienes al lado.

Carlos Portus Saracho

 

 

COMIGO… MAS COMO SE VOCÊ NÃO ESTIVESSE

Estar sozinho hoje não é uma desgraça que caiu do céu. É, em grande parte, o resultado de um desejo que cultivamos há anos: viver sem atrito. Fantasiamos sobre uma existência onde ninguém nos interrompe, onde não temos que lidar com o mau humor de um avô, as manias de um vizinho ou as opiniões de um cunhado. E, sem perceber, construímos um mundo que satisfaz exatamente esse sonho. Com uma conexão de internet e um cartão de crédito podemos viver sem cruzar com ninguém. Mas a solidão não é um acidente, é o músculo social que deixamos atrofiar.

Nós nos tornamos alérgicos à convivência. O celular se tornou um espelho que só retorna o que queremos ver. Se algo nos incomoda, escorregamos; se alguém nos contradiz, bloqueamos. A vida real, por outro lado, não tem botão de mudo. As pessoas interrompem, exigem tempo, nem sempre são boas. Como perdemos a tolerância a esse atrito mínimo, nos retiramos para bunkers de vidro onde nada nos roça. E quando o silêncio começa a nos pesar, pedimos um «Ministério da Solidão».

Não podemos culpar as telas sem admitir primeiro para que as usamos: para evitar o outro. O smartphone não é uma janela para o mundo, mas um escudo. Tiramos no elevador para não dizer olá, no jantar para não ir fundo, no ponto de ônibus para não reconhecer que o estranho ao lado também existe.

O algoritmo fez o resto. Ele nos trancou em bolhas onde só ouvimos versões de nós mesmos. Quando o encontro com o diferente desaparece, perdemos a agilidade mental para lidar com o desacordo. O outro se torna uma ameaça à nossa paz interior. É por isso que preferimos a solidão digital, onde somos reis, à companhia real, onde somos mais uma peça de uma engrenagem imperfeita. Nossa solidão é, no fundo, a patologia de quem não suporta deixar de ser protagonista.

A esse narcisismo digital se soma um ambiente físico que também não ajuda. Muitas cidades contemporâneas — não todas, mas muitas — foram projetadas para tráfego rápido, não para convivência lenta. Passamos da praça, onde a vida se misturava por «obrigação», para prédios onde convivemos sem nos conhecermos. Vivemos a poucos metros dos outros, ouvindo seus passos, mas sem saber seus nomes. Em alguns bairros, o comércio de proximidade desapareceu e a vida cotidiana se desloca para shoppings impessoais onde ninguém olha para ninguém.

Este urbanismo sem pausa transforma o vizinho em barulho e não em aliado. O desaparecimento dos «terceiros espaços» – lugares onde não se compra nem se trabalha, apenas se está – matou a comunidade espontânea. Quase não há mais espaços para o tédio compartilhado, aquele terreno fértil onde antes surgiam conversas inesperadas. O resultado é uma coreografia de solidão que se cruzam sem se misturar.

Diante desse cenário, o sistema responde criando “Ministérios da Solidão”. É o sintoma mais claro de nossa contradição. Tentamos resolver um problema de relacionamento com ferramentas administrativas. Mas um funcionário não pode ser seu neto, nem um programa estadual pode substituir o olhar de um vizinho que realmente se importa.

Transformamos um problema da alma e da estrutura social em uma questão orçamentária. Oficinas, creches e acompanhamentos pontuais são financiados, enquanto as leis trabalhistas e o ritmo econômico impedem que as famílias tenham tempo para ficarem juntas. É uma incoerência óbvia. O sistema nos espreme até ficarmos sem tempo para ninguém e depois nos oferece um psicólogo público para nos explicar por que estamos tristes. Essas políticas aliviam, sim, mas não curam. Seu objetivo real é evitar que o custo sanitário da tristeza entre em colapso nas contas públicas.

No meio deste deserto aparecem figuras que contradizem a lógica dominante. Pessoas que dedicam parte do seu tempo a visitar aqueles que estão sozinhos, ouvindo repetidamente as mesmas histórias. Para a mentalidade moderna, obcecada pela produtividade, isso parece um desperdício. Mas enquanto alguém for um psicólogo improvisado, o resto poderá manter a consciência imaculada.

Se quisermos sair do labirinto, soluções políticas não são suficientes. Precisamos de uma solução espiritual. Não estou falando de religiosidade superficial, mas de uma teologia da Disponibilidade: deixar de ver o próximo como um consumidor de nossa energia e começar a vê-lo como uma presença sagrada que exige entrega.

A solidão moderna é a consequência de ter deixado de reconhecer o divino nos outros. Quando o outro deixa de ser irmão e se torna um obstáculo, o isolamento é inevitável. Uma teologia da Disponibilidade implica aceitar que nossa vida não nos pertence totalmente, e que o sacrifício de nosso conforto é o único altar onde a solidão real se cura.

A comunidade não é um clube de afinidades. É um grupo de pessoas que decidiram não sair. Pessoas que entendem que o outro é um fim em si mesmo, não um meio de nossa diversão. Precisamos recuperar o atrito obrigatório. Estar onde não queremos estar, olhar para quem preferimos evitar. A tolerância não é uma ideia progressista. É um ato de fé na humanidade do outro.

A solidão não é uma falha técnica. É um design social que aceitamos em troca de ninguém nos contradizer. Não espere que o Estado cure sua tristeza ou que um algoritmo construa um círculo íntimo para você. A comunidade se levanta com os pedaços quebrados de nossa paciência e com a renúncia ao nosso pequeno trono de cristal. Não há atalhos. O silêncio ao seu redor tem exatamente o tamanho do muro que você ergueu para que ninguém o incomode. A solidão não é curada com leis ou voluntários. Cura-se quando você decide que seu conforto vale menos do que a presença sagrada da pessoa ao seu lado.

Carlos Portus Saracho