DILEXI TE: UNA LECTURA DIACONAL

DILEXI TE: UNA LECTURA DIACONAL –  DILEXI TE: UMA LEITURA DIACONAL

* Presidente de la Comunidad del Diaconado en Italia
Docente de Teología del ministerio diaconal y de ecumenismo

Introducción

Hay un tiempo para cada cosa, como sostiene el sabio de la Biblia (Qo 3). Y este, ciertamente, es el tiempo para interrogarnos a fondo sobre el significado y el lugar que nosotros, los diáconos, debemos tener, en la comunidad diocesana y en nuestras comunidades parroquiales, en este camino sinodal.

En el lenguaje evangélico aparece un paradoja emblemática cuando Jesús sugiere a los apóstoles considerarse «siervos inútiles» (doûloi achreîoi: Lc 17,10), es decir, siervos que no sirven para nada. Ciertamente es una sugerencia que se refiere de manera particular a nosotros, los diáconos. Pero para comprender el sentido del «siervo inútil» debemos pensar en dos episodios narrados por Lucas en los Hechos (Hch 8,26-40 y Hch 9,10-19).

En el primero, que nos concierne de cerca, el diácono Felipe bautiza al etíope, ministro de la reina Candace, después de explicarle los rollos antiguos; una vez realizado el anuncio y administrado el bautismo, desaparece de la vista de su interlocutor. En el segundo episodio —retomado en Hch 22,6-16— es el discípulo Ananías, en Damasco, quien desaparece —en el sentido de que no se vuelve a hablar de él— después de haber curado de la ceguera a Saulo, haberlo bautizado y quizá también haberlo introducido en la cena eucarística («tomó alimento», Hch 9,19).

Felipe y Ananías ejercen un ministerio, realizan un servicio claramente vinculado a la iniciación bautismal. Pero cuando han llevado a término su diaconía, salen de escena. Esta “inutilidad” de la diaconía, vivida según diversos grados en el ministerio ordenado, puede —y debería— ser el motivo inspirador de toda conversión pastoral y de todo servicio ministerial.

Dilexi te: una lectura diaconal

He pensado, para esta intervención, compartir con vosotros una lectura diaconal de la Exhortación Apostólica Dilexi te(DT) del papa León, firmada el 4 de octubre, día de san Francisco.

Desde las primeras páginas, el léxico, la articulación de las frases y la estructura del texto muestran una gran cercanía con los documentos del magisterio del papa Francisco, en particular con la encíclica Dilexit nos (24 de octubre de 2024), hasta el punto de que ambos textos deben leerse juntos. La razón es muy sencilla. Como se afirma en el propio texto, DT fue escrita a cuatro manos:

«En continuidad con la Encíclica Dilexit nos, el papa Francisco estaba preparando, en los últimos meses de su vida, una Exhortación apostólica sobre el cuidado de la Iglesia por los pobres y con los pobres, titulada Dilexi te […]. Al haber recibido como herencia este proyecto, me alegra hacerlo mío —añadiendo algunas reflexiones— y proponerlo nuevamente al inicio de mi pontificado» (DT, n. 3).

DT deja claro desde el inicio que, al menos en lo que se refiere a la opción preferencial por los pobres —punto que a menudo se ha indicado como una fijación del papa Bergoglio—, León XIV piensa exactamente del mismo modo. Comparte plenamente «el deseo del amado Predecesor de que todos los cristianos —añado en particular los diáconos— puedan percibir el fuerte vínculo que existe entre el amor de Cristo y su llamada a hacernos cercanos a los pobres», así como la necesidad de «insistir en este camino de santificación» (ibid.).

Los cinco capítulos

Cinco capítulos claros y orgánicos:

  1. Algunas palabras indispensables

  2. Dios elige a los pobres

  3. Una Iglesia para los pobres

  4. Una historia que continúa

  5. Un desafío permanente

    El texto nos acompaña a lo largo de un detallado recorrido sobre el lugar de los pobres en la revelación bíblica, objeto de «una opción preferencial por parte de Dios» (DT, n. 16), que toma forma en numerosas páginas del Antiguo Testamento, así como en los gestos y palabras de Jesús y finalmente en la vida de la comunidad primitiva (cap. II).

    El cap. III pasa luego revista a la manera en que la historia de la Iglesia atestigua «que existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres» (DT, n. 351). Son numerosas las formas en que este vínculo se encarna en la vida de la Iglesia: desde el cuidado de los enfermos hasta el compromiso por liberar a los prisioneros, desde las iniciativas educativas hasta la acogida de los migrantes y el compartir la vida con los más desfavorecidos. Diría que es una panorámica de lo que debe ser nuestro servicio diaconal.

    El Papa plantea:

    «la necesidad de una nueva forma eclesial, más sencilla y sobria, que implique a todo el pueblo de Dios y a su figura histórica. Una Iglesia más semejante a su Señor que a los poderes mundanos, orientada a estimular en toda la humanidad un compromiso concreto para la solución del gran problema de la pobreza en el mundo» (ibid.).

    El texto recorre las vicisitudes de la Iglesia a lo largo de los siglos con sus obras de caridad, hasta los desafíos más recientes, porque no puede haber fe sin obras.

    «El amor al prójimo representa la prueba tangible de la autenticidad del amor a Dios» (n. 26). «Por esta razón —continúa el Papa— se recomiendan las obras de misericordia como signo de la autenticidad del culto que, mientras da gloria a Dios, tiene la tarea de abrirnos a la transformación que el Espíritu puede realizar en nosotros, para que todos lleguemos a ser imagen de Cristo y de su misericordia hacia los más débiles» (n. 27).

    En el texto, después de recordar las palabras de los profetas, se interpreta la vida de Jesús no solo a partir de las palabras transmitidas, sino examinando la pobreza misma de la vida de Cristo (nn. 18-24). Las primeras comunidades cristianas vivían compartiendo los bienes con quienes no tenían recursos, porque —como afirmaba Justino— «no se puede separar el culto a Dios de la atención a los pobres» (n. 40). Se trata de una llamada fuerte para nosotros, los diáconos.

    Luego se citan los Padres de la Iglesia (san Juan Crisóstomo, san Agustín) para narrar las obras de misericordia. Y, en el siglo VI, san Juan de Dios, san Camilo de Lelis, san Vicente de Paúl (nn. 49-52). Un capítulo aparte está dedicado a la vida monástica: san Basilio, san Benito, los Trinitarios, los Mercedarios, con sus obras relacionadas con el cuidado de la creación, de los enfermos y la liberación de los prisioneros. No faltan los testigos de la pobreza evangélica (san Francisco, santa Clara, santo Domingo) (nn. 63-67), ni quienes respondieron a la pobreza educativa, desde san Juan Bautista Scalabrini hasta san Juan Bosco (nn. 63-75). Finalmente se cita a madre Teresa de Calcuta, dedicada a los últimos, junto con los movimientos populares (nn. 77-79). En los capítulos cuarto y quinto se afronta la situación actual.

    La doctrina social de la Iglesia

    En relación con la doctrina social de la Iglesia (cap. IV), el Papa cita la Rerum novarum. Recuerda el Concilio Vaticano II, deteniéndose en el discurso del cardenal Lercaro del 6 de diciembre de 1962, definido como «el único tema de todo el Vaticano II» (DT, n. 84). Como afirmó nuevamente Lercaro, la pobreza es una cuestión doctrinal y no solo social:

    «El misterio de Cristo en la Iglesia siempre ha sido y sigue siendo —pero hoy de modo particular— el misterio de Cristo en los pobres» (n. 84).

    Recuerda a Pablo VI, quien en la segunda sesión del Concilio afirmó que «el pobre es representante de Cristo», la Constitución pastoral Gaudium et spes, y cita también a san Juan Pablo II (Sollicitudo rei socialis) y a Benedicto XVI (Caritas in veritate) (nn. 86-87).

    Para ilustrar la situación en tiempos recientes, hace referencia a Medellín, Puebla, Santo Domingo y Aparecida, subrayando las estructuras de pecado y denunciando la «dictadura de una economía que mata», citando al papa Francisco en Evangelii gaudium.

    Finalmente, León recuerda el propósito bimilenario de la acción de la Iglesia:

    «El cuidado de los pobres forma parte de la gran tradición de la Iglesia, como un faro de luz que, desde el Evangelio en adelante, ha iluminado los corazones y los pasos de los cristianos de todos los tiempos. Por ello debemos sentir la urgencia de invitar a todos a entrar en este río de luz y de vida que brota del reconocimiento de Cristo en el rostro de los necesitados y de los que sufren. El amor a los pobres es elemento esencial de la historia de Dios con nosotros y, desde el corazón mismo de la Iglesia, brota como una llamada constante a los corazones de los diáconos, tanto de las comunidades como de cada fiel» (n. 103).

    Y en el número siguiente aclara:

    «El cristiano —y yo digo el diácono— no puede considerar a los pobres solo como un problema social: ellos son una “cuestión familiar”. Son de los nuestros. La relación con ellos no puede reducirse a una actividad o a una oficina de la Iglesia» (n. 104).

    El buen samaritano y Lázaro

    En el trasfondo aparece la llamada al “buen samaritano”, como denuncia de la indiferencia (nn. 106-107), y también la referencia a Lázaro, el pobre, citando a san Gregorio Magno:

    «Cada día podemos encontrar a Lázaro si lo buscamos, y cada día nos topamos con él incluso sin buscarlo» (n. 108).

    El Papa insiste en un aspecto fundamental que no debe subestimarse:

    «La realidad es que los pobres, para los cristianos —y añado para nosotros los diáconos— no son una categoría sociológica, sino la misma carne de Cristo».

    Y continúa:

    «Cualquier comunidad eclesial que pretenda vivir tranquila sin ocuparse creativamente y cooperar eficazmente para que los pobres vivan con dignidad y para la inclusión de todos, correrá también el riesgo de la disolución, aunque hable de temas sociales y critique a los gobiernos. Fácilmente terminará sumergida en la mundanidad espiritual, disimulada con prácticas religiosas, reuniones estériles y discursos vacíos» (n. 113, citando Evangelii gaudium).

 

DILEXI TE: UMA LEITURA DIACONAL

* Presidente da Comunidade do Diaconado na Itália

Professor de Teologia do ministério diaconal e de ecumenismo

Introdução

Há um tempo para cada coisa, como sustenta o sábio da Bíblia (Qo 3). E este, certamente, é o tempo para nos interrogarmos profundamente sobre o significado e o lugar que nós, os diáconos, devemos ter, na comunidade diocesana e em nossas comunidades paroquiais, neste caminho sinodal.

Na linguagem evangélica aparece um paradoxo emblemático quando Jesus sugere que os apóstolos se considerem «servos inúteis» (doûloi achreîoi: Lc 17,10), ou seja, servos que não servem para nada. Certamente é uma sugestão que se refere de maneira particular a nós, os diáconos. Mas para entender o sentido do «servo inútil» devemos pensar em dois episódios narrados por Lucas em Atos (At 8,26-40 e Atos 9,10-19).

No primeiro, que nos diz respeito de perto, o diácono Felipe batiza o etíope, ministro da rainha Candace, depois de lhe explicar os pergamilhos antigos; uma vez realizado o anúncio e administrado o batismo, ele desaparece da vista de seu interlocutor. No segundo episódio —retomado em At 22,6-16— é o discípulo Ananias, em Damasco, que desaparece —no sentido de que não se volta a falar dele— depois de ter curado Saulo da cegueira, batizá-lo e talvez também tê-lo introduzido na ceia eucarística («tomou comida», At 9, 19).

Felipe e Ananias exercem um ministério, realizam um serviço claramente ligado à iniciação batismal. Mas quando eles terminaram sua diaconia, eles saem de cena. Esta “inutilidade” da diaconia, vivida em vários graus no ministério ordenado, pode — e deveria — ser o motivo inspirador de toda conversão pastoral e de todo serviço ministerial.

Dilexi te: uma leitura diaconal

Pensei, para esta intervenção, compartilhar com vocês uma leitura diaconal da Exortação Apostólica Dilexi te(DT) do Papa Leão, assinada em 4 de outubro, dia de São Francisco.

Desde as primeiras páginas, o léxico, a articulação das frases e a estrutura do texto mostram uma grande proximidade com os documentos do magistério do Papa Francisco, em particular com a encíclica Dilexit nos (24 de outubro de 2024), a ponto de ambos os textos serem lidos juntos. A razão é muito simples. Como afirmado no próprio texto, DT foi escrito a quatro mãos:

«Em continuidade com a Encíclica Dilexit nos, o Papa Francisco estava preparando, nos últimos meses de sua vida, uma Exortação Apostólica sobre o cuidado da Igreja pelos pobres e com os pobres, intitulada Dilexi te […]. Tendo recebido como herança este projeto, fico feliz em torná-lo meu — acrescentando algumas reflexões — e propor-o novamente no início do meu pontificado» (DT, n. 3).

DT deixa claro desde o início que, pelo menos no que diz respeito à opção preferencial pelos pobres —ponto que muitas vezes tem sido indicado como uma fixação do Papa Bergoglio —, Leão XIV pensa exatamente da mesma forma. Ele compartilha plenamente “o desejo do amado Antecessor de que todos os cristãos — adiciono em particular os diáconos – possam perceber a forte ligação que existe entre o amor de Cristo e o seu chamado para nos aproximar dos pobres”, bem como a necessidade de “insistir neste caminho de santificação” (ibid.).

Os cinco capítulos

  1. Cinco capítulos claros e orgânicos:
  2. Algumas palavras indispensáveis
  3. Deus escolhe os pobres
  4. Uma Igreja para os pobres
  5. Uma história que continua
  6. Um desafio permanente

O texto nos acompanha ao longo de um passeio detalhado sobre o lugar dos pobres na revelação bíblica, objeto de “uma escolha preferencial por parte de Deus” (DT, n. 16), que toma forma em numerosas páginas do Antigo Testamento, bem como nos gestos e palavras de Jesus e, finalmente, na vida da comunidade primitiva (cap. II).

O capítulo III passa então a revista a maneira como a história da Igreja atesta «que existe um vínculo inseparável entre a nossa fé e os pobres» (DT, n. 351). São inúmeras as formas em que este vínculo se encarna na vida da Igreja: desde o cuidado dos doentes até o compromisso de libertar os prisioneiros, desde as iniciativas educativas até ao acolhimento dos migrantes e a partilha da vida com os mais desfavorecidos. Eu diria que é uma visão geral do que deve ser nosso serviço diaconal.

O Papa propõe:

«A necessidade de uma nova forma eclesial, mais simples e sóbria, que envolva todo o povo de Deus e sua figura histórica. Uma Igreja mais semelhante ao seu Senhor do que aos poderes mundanos, orientada para estimular em toda a humanidade um compromisso concreto para a solução do grande problema da pobreza no mundo» (ibid.).

O texto percorre as vicissitudes da Igreja ao longo dos séculos com suas obras de caridade, até os desafios mais recentes, porque não pode haver fé sem obras.

«O amor ao próximo representa a prova tangível da autenticidade do amor a Deus» (n. 26). «Por esta razão —continua o Papa— as obras de misericórdia são recomendadas como sinal da autenticidade do culto que, enquanto dá glória a Deus, tem a tarefa de nos abrir à transformação que o Espírito pode realizar em nós, para que todos nos tornemos a ser imagem de Cristo e de sua misericórdia para com os mais fracos» (n. 27).

No texto, depois de lembrar as palavras dos profetas, a vida de Jesus é interpretada não apenas a partir das palavras transmitidas, mas examinando a própria pobreza da vida de Cristo (nn. 18-24). As primeiras comunidades cristãs viviam compartilhando os bens com aqueles que não tinham recursos, porque – como afirmou Justino – «não se pode separar o culto a Deus da atenção aos pobres» (n. 40). É um apelo forte para nós, os diáconos.

Em seguida, os Padres da Igreja (São João Crisóstomo, Santo Agostinho) são citados para narrar as obras de misericórdia. E, no século VI, São João de Deus, São Camilo de Lelis, São Vicente de Paulo (nn. 49-52). Um capítulo separado é dedicado à vida monástica: São Basílio, São Bento, os Trinitários, os Mercedários, com suas obras relacionadas ao cuidado da criação, dos doentes e da libertação dos prisioneiros. Não faltam as testemunhas da pobreza evangélica (São Francisco, Santa Clara, Santo Domingo) (n. 63-67), nem aqueles que responderam à pobreza educacional, desde São João Batista Scalabrini até São João Bosco (n. 63-75). Finalmente é citada Madre Teresa de Calcutá, dedicada aos últimos, juntamente com os movimentos populares (nn. 77-79). O quarto e o quinto capítulos abordam a situação atual.

A doutrina social da Igreja

Em relação à doutrina social da Igreja (cap. IV), o Papa cita a Rerum novarum. Recorda o Concílio Vaticano II, detendo-se no discurso do cardeal Lercaro de 6 de dezembro de 1962, definido como «o único tema de todo o Vaticano II» (DT, n. 84). Como Lercaro afirmou novamente, a pobreza é uma questão doutrinária e não apenas social:

«O mistério de Cristo na Igreja sempre foi e continua a ser — mas hoje de modo particular — o mistério de Cristo nos pobres» (n. 84).

Recorda-se de Paulo VI, que na segunda sessão do Concílio afirmou que «o pobre é representante de Cristo», a Constituição pastoral Gaudium et spes, e cita também São João Paulo II (Sollicitudo rei socialis) e Bento XVI (Caritas in veritate) (nn. 86-87).

Para ilustrar a situação em tempos recentes, refere-se a Medellín, Puebla, Santo Domingo e Aparecida, sublinhando as estruturas do pecado e denunciando a «ditadura de uma economia que mata», citando o Papa Francisco em Evangelii gaudium.

Finalmente, Leão lembra o propósito bimilenário da ação da Igreja:

«O cuidado dos pobres faz parte da grande tradição da Igreja, como um farol de luz que, desde o Evangelho em diante, iluminou os corações e os passos dos cristãos de todos os tempos. Por isso devemos sentir a urgência de convidar a todos a entrar neste rio de luz e de vida que brota do reconhecimento de Cristo no rosto dos necessitados e dos que sofrem. O amor aos pobres é elemento essencial da história de Deus conosco e, do próprio coração da Igreja, brota como um chamado constante aos corações dos diáconos, tanto das comunidades como de cada fiel» (n. 103).

E no número seguinte esclarece:

«O cristão – e eu digo o diácono – não pode considerar os pobres apenas como um problema social: eles são uma «questão familiar». Eles são nossos. A relação com eles não pode ser reduzida a uma atividade ou a um escritório da Igreja» (n. 104).

O bom samaritano e Lázaro

No fundo aparece o chamado ao “bom samaritano”, como denúncia da indiferença (nn. 106-107), e também a referência a Lázaro, o pobre, citando São Gregório Magno:

«Todos os dias podemos encontrar Lázaro se o procurarmos, e todos os dias nos deparamos com ele mesmo sem procurá-lo» (n. 108).

O Papa insiste em um aspecto fundamental que não deve ser subestimado:

«A realidade é que os pobres, para os cristãos – e acrescento para nós diáconos – não são uma categoria sociológica, mas a própria carne de Cristo».

E continua:

«Qualquer comunidade eclesial que pretenda viver tranquila sem se ocupar criativamente e cooperar efetivamente para que os pobres vivam com dignidade e para a inclusão de todos, também correrá o risco de dissolução, mesmo que fale sobre questões sociais e critique os governos. Facilmente acabará imersa na mundanidade espiritual, disfarçada com práticas religiosas, reuniões estéreis e discursos vazios» (n. 113, citando Evangelii gaudium).