Retazos de historia del diaconado Iberoamericano: El diaconado indígena en la diócesis de San Cristóbal de las casas, México

A. ANTECEDENTES

1. El Diaconado Indígena Permanente, como se ha desarrollado en la Diócesis de San Cristóbal de las Casas, no se hubiera realizado nunca sin la inspiración y el acompañamiento del Espíritu que Jesús nos prometió y nos concedió como Don de su Resurrección.3

2. Jesús nos envió a predicar su Buena Nueva a todas las naciones y nos hizo la promesa de permanecer con nosotros hasta el fin de los tiempos.4 Después de mil quinientos años, el Evangelio también fue anunciado a los pueblos indígenas de nuestro continente, pueblos que fueron sometidos, mediante las armas, a un proceso de dura colonización y semiesclavitud.

3. Pocos años después, en 1539, se creó la Diócesis de Chiapas. Su primer Obispo efectivo, Fray Bartolomé de las Casas, estableció las bases de nuestra Iglesia Local con estos rasgos:

a) El reconocimiento de la dignidad y de los derechos de los pueblos indios. Él luchó porque indios y europeos, en igualdad de condiciones, forjaran una sociedad justa. b) La evangelización encarnada, sobre todo por el aprendizaje de las lenguas y la comprensión de las culturas tseltal, tsotsil, chiapaneca, ch’ol, zoque, mam, etc. c) Indicó cómo percibía él el único modo de invitar a la fe a aquellos pueblos5; método que habría él de realizar sobre todo en el territorio de Vera Paz, en Guatemala: una evangelización sin soldados ni armas. d) El trabajo itinerante y la abnegación de los frailes en sus giras. Por dedicar todo su tiempo a la evangelización, solamente cuatro veces al año se reunían los dominicos en su convento. e) La denuncia profética contra las injusticias de los encomenderos y colonos.

4. Sin embargo, la evangelización en América y en Chiapa siguió después otros caminos muy diferentes a éstos que proponía Fr. Bartolomé. Dentro del Pueblo de Dios hubo dos sociedades, una sobreponiéndose a la otra. A pesar de que en el siglo XVII los indígenas llegaron a ejercer diferentes ministerios: como el de Maestro de Capilla, Organista, Maestro de primeras letras, Encargado del reloj, Sacristán, Acólito, Cantor, etc., las puertas de las  órdenes sagradas permanecieron cerradas para ellos. En la práctica, su Bautismo no era reconocido de la misma manera que el de los españoles o criollos.

5. En 1821 México declara la Independencia. Sin embargo la situación de los indígenas empeoró pues perdieron sus tierras comunales y pasaron a ser peones acasillados. Aunque hubo excepciones, como la del Presidente Juárez, que era zapoteca, los criollos y mestizos ocuparon siempre todos los puestos en el gobierno civil y eclesiástico. Los indígenas siguieron explotados y marginados en las serranías y abruptas cañadas.

6. Cuando en 1859 fueron expulsados todos los religiosos, quedando vacantes durante casi 100 años una tercera parte de las parroquias de Chiapas, o cuando Mons. Anaya en 1939 contaba con sólo 13 sacerdotes para todo el estado, nunca se pensó en los indígenas para acceder al sacerdocio.

7. Sin embargo, en ese mismo tiempo, se dieron algunos pasos significativos encaminados a la pastoral del pueblo indígena y mestizo. Ya trabajaban entre nosotros las Franciscanas de la Inmaculada en labores asistenciales como hospitales y asilos. Mons. Lucio Torreblanca, (1943-1958), queriendo mejorar la catequesis rural, apoyó al P. Teodosio Martínez en su iniciativa de atender a las comunidades indígenas. Llamó también a los Misioneros del Espíritu Santo para que se hicieran cargo de la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe en Tuxtla Gutiérrez. Aprobó la congregación de las Misioneras Seglares Diocesanas, promovió la llegada de las Hermanas Violetas, de las Misioneras Guadalupanas, de las Pasionistas y otras.
8. En la nueva misión de Tenejapa se organizó el movimiento catequístico con dos finalidades: 1) Atender a la población indígena dispersa por la sierra; iniciando así el proceso de atención a la periferia que rompía el centralismo parroquial y el control que ejercía la gente de poder; y 2) Catequizar en la lengua indígena; con lo que se intentaba superar el racismo dominante.

9. Por ese tiempo (1958) se creó, tomando territorio diocesano, la Diócesis de Tapachula. Nuevas fuerzas y proyectos de evangelización llegaron para mejorar la atención pastoral de la Región Costera y de la Sierra Madre.

10. En diciembre de 1958 los Jesuitas inauguraron la Misión de Bachajón. La Misión ha desempeñado, junto a otras órdenes y congregaciones religiosas, un papel clave en el desarrollo del proceso diaconal de la Diócesis.

B. EL MOVIMIENTO CATEQUÍSTICO IMPULSADO POR EL OBISPO

Primera Etapa: de 1960 a 1968

11. Ya desde años anteriores eran significativos varios movimientos eclesiales: litúrgico, bíblico, misionero, ecuménico y catequético. Estas experiencias pastorales que se daban en varias partes del mundo fueron recogidas con claridad y espíritu de renovación en las enseñanzas del Concilio Ecuménico Vaticano II. Para nuestro proceso diocesano han sido de especial relevancia varios documentos de ese Concilio, como por ejemplo las Constituciones Lumen gentium (sobre la Iglesia), la Dei Verbum (sobre la Revelación divina) y la Gaudium et spes (sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo). De manera muy importante ha influido en la pastoral de nuestra Iglesia el decreto Ad gntes (sobre la actividad misionera de la Iglesia). Mons. Samuel Ruiz García tuvo la gracia de estar presente en las cuatro sesiones conciliares (1962-1965).

12. Después de un diálogo con el entonces Delegado Apostólico, Mons. Luigi Raimondi, el Obispo de la Diócesis, Mons. Samuel Ruiz García, promovió en 1962 dos escuelas catequéticas: una para mujeres, confiada a las Hermanas del Divino Pastor; y otra para varones, confiada a los Hermanos Maristas. Entonces el reto más importante que él asumió para toda la Diócesis, era lograr una catequesis integral que no se redujera únicamente a la religión, sino que alcanzara a influenciar toda la vida de las personas y de las comunidades.

13. El elemento central de la catequesis ha sido siempre la Palabra de Dios. Algunos factores que hicieron que la lectura y la reflexión comunitaria de la Biblia pasaran a ser la piedra angular del proceso catequístico diocesano fueron la visión que Mons. Samuel Ruiz García adquirió en el Pontificio Instituto Bíblico de Roma, el valioso movimiento mundial en torno a la Biblia, la influencia del trabajo pastoral que realizaba la Diócesis de Huehuetenango (Guatemala), así como la predicación de los hermanos Presbiterianos.

14. Los frutos de esta etapa se dieron sobre todo en los campos religioso y cultural, tales como: los equipos coordinados de catequistas, que recibieron una formación lo más completa posible; la castellanización y alfabetización; una formación ética de acuerdo a la época; mejoras en el cultivo del café y de la soya; diversos talleres, cursos de primeros auxilios y enfermería, la formación de nuevos poblados, etc.

15. El influjo de estas escuelas catequéticas fue notable. En ellas llegaron a formarse catequistas de Tecpatán y de otras parroquias que entonces formaban parte de nuestra Diócesis. Su influencia se extendió hasta los triquis de Oaxaca y los misquitos de Nicaragua; y se intercambiaron materiales con las Diócesis guatemaltecas de Huehuetenango y Quetzaltenango.

16. En 1963 los Dominicos llegaron a fundar la Misión de Ocosingo. A ellos les tocó sobre todo la apertura de la frontera agrícola hacia la Selva Lacandona. Fue como una explosión que dispersó a la gente en cientos de ejidos nuevos en una amplísima zona. Por todas partes brotaban comunidades que iban acompañadas por sus catequistas y sus ancianos o principales. Por la evangelización, el tiempo de las fincas, en que los indios eran “mozos” (siervos casi esclavos), empezaba a quedar atrás. Fue la experiencia de lo que las personas de Iglesia llamaron el “Exodo” chiapaneco a la selva.

17. Por otra parte, para la atención pastoral de la parte oeste de Chiapas, erigida también en territorio desmembrado de nuestra Diócesis, desde 1965 se puso en marcha la nueva Diócesis de Tuxtla Gutiérrez. Así nuestra Diócesis dejó de llamarse Diócesis de Chiapas, y recibió el título de Diócesis de San Cristóbal de las Casas. Desde entonces ha tenido población mayoritariamente indígena. Dadas las dificultades en la evangelización, la escasez de agentes de pastoral y las difíciles comunicaciones, se consideró a nuestra Iglesia Local como una Diócesis en estado de misión.

18. En 1968 Mons. Samuel Ruiz García participó en la Conferencia Episcopal Latinoamericana de Medellín (Colombia), con una ponencia sobre La Dimensión Misionera de la Iglesia. Las conclusiones de Medellín vinieron a ser muy importantes en el proceso eclesial latinoamericano, pues mediante sus reflexiones de fe y orientaciones pastorales, quisieron hacer nuestro el abundante legado de enseñanzas del Concilio Ecuménico Vaticano II.

19. El Obispo de nuestra Diócesis también estuvo al frente de la Comisión Episcopal para la Pastoral Indígena de la Conferencia del Episcopado Mexicano; y fue Presidente del Departamento de Misiones en el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM). Impulsó varios encuentros misioneros como los de Asunción (Paraguay), Iquitos (Perú) y Xicotepec (México), que buscaron una nueva actitud y una nueva metodología en la evangelización y en la pastoral de los indígenas. Todo ello incidió positivamente en el movimiento catequístico y ministerial de la Diócesis.

20. El contacto directo y vivencial con las comunidades, fundamentado y animado por la lectura del Evangelio que inspira a todas las dimensiones de la vida, llevó a los agentes de pastoral a comprender la terrible situación socioeconómica y la marginación en que vivían los indígenas. Entendieron, por la fe, que esa era una situación no querida por Dios.

21. Tanto los agentes de pastoral como las comunidades percibieron claramente la esencia misma del Evangelio; Dios asume como propia la causa de los pobres. Esto se constata claramente en el Plan de Dios desde la creación, por la que hizo Él todas las cosas, cuando sólo existía el caos; y su acción liberadora se continúa a través del Mensaje de salvación: en el momento histórico de los Jueces, los Profetas y, sobre todo, en la experiencia misma de la encarnación de Jesucristo, el Redentor, así como la tenemos en los Evangelios y en la vida de la Iglesia Primitiva, que nos narran los Hechos de los Apóstoles.

22. Esta visión integral de la Palabra de Dios los llevó a compromisos por encontrar caminos integrales de liberación, que encaminaran al Cielo nuevo y la Tierra nueva.6 El cambio de las estructuras injustas, como lo pedían los obispos de la Iglesia reunidos en el Concilio Vaticano II7, el Papa Paulo VI en su exhortación Evangelii Nuntiandi,8 y como lo señala también la Iglesia en gran parte de su Magisterio posterior, debía hacerse desde el interior de las mismas comunidades9. Sólo así la liberación evangélica sería eficaz. Todas éstas son exigencias de una fe integral que se quería vivir en todos los niveles de la vida personal y social.

Segunda Etapa: de 1968 a 1974

23. En estos años, sobre todo por el impulso del Papa Paulo VI,10 la Iglesia asumió el desarrollo socioeconómico y la búsqueda de la paz como parte integrante de su acción pastoral. Quienes veían la Diócesis desde fuera pensaban que el único camino para que las comunidades salieran del retraso era imitar a los países del llamado Primer Mundo. Proponían trabajar a marchas sociales forzadas para poder alcanzar el nivel de las “naciones desarrolladas”. Estos son los años en que prosperaron, por ejemplo, la organización tseltal Ach’ Lecubtesel y otras cooperativas de producción, comercialización y consumo. Sin embargo, la metodología de la catequesis del Éxodo que seguíamos mostró que no era posible imitar sin más aquel modelo de desarrollo. Había en esas acciones de promoción algo que faltaba o que andaba mal. También necesitábamos tomar en cuenta otros elementos propios, nuestra propia historia, nuestras culturas, nuestra fe.

24. Para la pastoral y la catequesis que vendrían después, fue muy importante para la Diócesis el curso que, en 1969, por dos meses, tomaron los catequistas en La Cañada de las Tazas, y que tuvo como tema: Los servidores de sacramentos en la comunidad.

25. Por ese tiempo se unieron al proceso catequístico de las comunidades rurales y barrios urbanos otros Institutos Religiosos femeninos y masculinos. Entre ellos recordamos, por ejemplo, las Misioneras Eucarísticas Franciscanas, las Hermanas de San José, la Compañía de María, las Dominicas del Santo Rosario, los Franciscanos, los Salesianos, etc. Varios sacerdotes del clero secular también vinieron a servir en la pastoral de nuestra Diócesis. Se integraron del mismo modo a nuestra Iglesia Diocesana seglares, varones y mujeres, solteros y casados. Todos ellos buscaban coordinarse en los Equipos Pastorales recién formados para lograr una mayor eficacia evangélica.

26. En algunas partes de la zona tseltal (y desde allí se propagaría a otras regiones de la Diócesis), se propuso un nuevo método, llamado Tijwanej, que orientó mejor el rumbo del proceso evangelizador. En dicho método, a través de preguntas sobre la realidad y sobre la Palabra de Dios, se pide la palabra de toda la comunidad; luego, se recoge esa palabra comunitaria y se devuelve como alimento para el pueblo. Con este método se quería evitar que los catequistas fueran meros repetidores de una instrucción o mensaje, y que la Palabra de Dios no permaneciera ajena a su realidad.

C. SURGIMIENTO DEL PROCESO DIACONAL.

Tercera Etapa de 1974 a 1981.

27. En estos años, en la Diócesis cobró fuerza la indignación ética y profética ante la cruda realidad de los abusos insoportables que sufrían las comunidades campesinas e indígenas, y también la gente de los barrios pobres de las ciudades. Por un lado, surgió la denuncia eclesial ante las autoridades civiles por esta situación de opresión extrema. Por otro lado, se inició una acción pastoral  concientizadora junto con una lucha legal por la recuperación de tierras, por la impartición de justicia y por un salario y condiciones de trabajo que cumplieran con lo mínimo exigido por la Ley Laboral mexicana al respecto. La Palabra de Dios motivaba a entrar al campo sociopolítico por razones de fe.

28. Con motivo de la celebración del Quinto Centenario del nacimiento de Fray Bartolomé de las Casas, se nos presentó la ocasión para vivir la política, la pastoral y la fe de manera conjunta e integral. A partir de 1973 las comunidades y los agentes de pastoral iniciaron un proceso en el que se juntó la palabra de las comunidades, se hizo reflexión y se devolvió el pensamiento. Para conmemorar a Fray Bartolomé, los representantes de cada una de las comunidades (entonces ya más de mil) propusieron tratar cuatro aspectos principales de su vida: la tierra, la salud, el comercio y la educación.

29. En octubre de 1974, durante el Congreso Indígena, que era parte de la conmemoración, ante las autoridades civiles y ante la opinión pública nacional, los indígenas expusieron la dimensión real de la opresión que se daba en Chiapas contra las comunidades. Surgió el grito libertario que intensificaría el proceso organizado de lucha por la justicia: Solamente unidos podremos salir adelante.

30. Después, durante la evaluación que el Obispo y los agentes de pastoral hicieron del Congreso, se manifestó esta inquietud: Los indígenas han reflexionado sobre su situación de opresión en el campo sociopolítico; pero no han dicho en qué y cómo nosotros, como Iglesia, también los hemos estado oprimiendo. Para poder responder a esta preocupación, se inició en las comunidades un nuevo proceso de reflexión que llevó varios meses, hasta mediados de 1975.
31. Ante la pregunta de qué sucedería si, por alguna causa, todos los agentes de pastoral salieran de la Diócesis y los indígenas se quedaran solos, un principal, Domingo Gómez, expresó el sentir de los demás con estas palabras: “Ustedes llevan ya 15 años de trabajo entre nosotros. Es triste que piensen que todo va a quedar abandonado porque de repente se retiran. Esto quiere decir que no están trabajando bien. Sabemos que Jesús trabajó tres años solamente. Lo mataron, resucitó, y se fue al cielo con su Padre. Sin embargo, su obra permanece desde hace veinte siglos. ¿Qué hizo Jesús que no están haciendo ustedes? Lo que Jesús hizo fue no dejarnos solos. Nos dio su Espíritu, que conservó y llevó adelante el trabajo de Jesús en el mundo. Pero ustedes nos niegan el Espíritu, lo tienen acaparado”.

32. El principal continuó diciendo que, además del Bautismo y de la Confirmación, nunca se les había dado el Sacramento del Orden para servir completa la vida de fe. El clero mestizo y extranjero sí recibía el Sacerdocio; y a los indígenas, se los dejaba inmaduros para afrontar solos la evangelización de sus pueblos.

33. La primera Asamblea Diocesana (en 1975) aceptó como algo imprescindible la Opción por los Pobres, quienes en Chiapas tenían sobre todo rasgos campesinos y rasgos indígenas.

34. Mons. Samuel Ruiz García, como Obispo de nuestra Iglesia Local, aprobó la búsqueda de nuevos ministerios que estuvieran de acuerdo a la realidad que vivimos; en especial quiso que se reflexionara en lo que se refiere al Sacramento del Orden. En comunidades de la zona tseltal y tsotsil se eligieron candidatos que, luego de un período de tres a cinco años de capacitación y prueba, pudieran ser ordenados como Diáconos. El Obispo se preocupaba por el sacerdocio de los indígenas y por la constitución de una Iglesia Autóctona. A los servidores que se estaban preparando, y que ya eran más que catequistas, se les llamó “Prediáconos”. Así se quería señalar que esos servidores estaban en un período de formación que algún día podía culminar en el Diaconado.

35. Ciertamente, para la formación de los futuros pastores de la Diócesis contábamos con el Seminario; pero, en muchas cosas, la formación que éste proporcionaba resultaba ajena al mundo indígena y campesino mayense, en el que un servidor de la comunidad se considera maduro solamente si sabe trabajar con sus manos la santa tierra y tiene su propia familia.

36. Pronto surgieron cuestionamientos serios respecto de las Órdenes para los indígenas: ¿Cómo evitar en los indígenas no sólo una occidentalización inapropiada de los ministerios ordenados, sino también cómo superar la tentación de clericalizar el proceso? ¿Cómo lograr que no se llegara a un ministerio vertical y asfixiante?

37. En el resto de la zona tseltal, en la zona sureste y en la zona ch’ol, se promovió un proceso mediante el cual el camino a los ministerios ordenados y el de los ministerios laicales y “temporales” lograra fortalecer la comunidad. No se quería propiciar el surgimiento de servidores “de por vida”, sino que su ministerio fuera evaluable, y que también en el servicio eclesial se diera la rotación. Este ministerio recibió el nombre de Servidor (en tseltal: Tuhunel).

38. Hubo en la Diócesis una reflexión seria sobre cuál sería la mejor forma para llevar adelante el proceso, sobre cuál camino seguir: ¿El de los Prediáconos o el de los Tuhuneles? ¿Tener ministerios de por  vida, o sólo ministerios temporales? ¿Formar para ministerios “ordenados” hacia una “Iglesia Autóctona”, o formar para ministerios preferentemente “laicales”? En el fondo también había en algunos Agentes de Pastoral diferentes maneras de concebir a las comunidades indígenas: ¿Prioritariamente eran “etnias”, pueblos con culturas diferentes; o más bien se debían considerar una “clase social” pobre?

39. Sin embargo, Mons. Samuel Ruiz García aprobó los nombramientos de “Prediáconos” y de Tuhuneles, con la idea expresa de evaluar y confirmar dichos procesos al cabo de algunos años de experiencia. En 1975 se tuvieron las primeras celebraciones en que se instituyeron Prediáconos.

40. La práctica pastoral, reflexionada y evaluada, llevó a impedir que dichos ministerios se situaran por encima de la comunidad, que su servicio fuera valorado de tiempo en tiempo, y que, en algunos casos, se diera “descanso” a algunos de ellos. Esto se favoreció gracias a la designación y acompañamiento de ancianos que asesoraban con sus consejos a los Prediáconos. Por otra parte, el ministerio de los Tuhuneles, se relacionaba más directamente con la administración de ciertos sacramentos (como, por ejemplo, el Bautismo y, en algunos casos, e asistir a nombre de la Iglesia en los Matrimonios). Esto les fue dando a los nuevos ministerios un perfil más diaconal.

41. Así, las comunidades, en su práctica vital, fueron integrando los dos elementos: por un lado, el estabilizador de los Prediáconos, pero intentando prevenirse del clericalismo; y por otra, el participativo de los Tuhuneles, procurando que las comunidades no carecieran de un ministerio específico que, respetando sus tradiciones y culturas, atendiera la administración de algunos sacramentos. Ante una misma realidad compleja y conflictiva, ambos procesos se fueron acercando uno al otro, a pesar de que las discusiones teóricas no siempre fueron satisfactoriamente resueltas.

42. También se fue viendo, en ambos procesos, la necesidad de tomar en cuenta más formalmente a las esposas de estos servidores, en lo que toca a su responsabilidad y participación en el trabajo ministerial.

43. Partiendo de que la Diócesis estaba dando pasos seguros hacia el Diaconado de los indígenas, las comunidades fueron poniendo en práctica sus mecanismos propios para que esta nueva figura ministerial se desarrollara dentro de los marcos comunitarios y participativos, que tienen como fundamento el acuerdo comunitario. De esta manera se aseguraba que el Diácono Indígena Permanente fuera un auténtico servidor del pueblo.

D) EL DIACONADO INDÍGENA PERMANENTE

Cuarta etapa: de 1981 a 1994

44. En marzo de 1981, algunas comunidades presentaron sus candidatos al Prediaconado. El Obispo hizo la investigación adecuada, para conocer si eran dignos de recibir este ministerio. Terminado el diálogo, los principales se expresaron en estos términos: Tenemos en la región a varios Prediáconos más, que recibieron su nombramiento hace seis años. Según el acuerdo, a los cinco años como máximo, se debía hacer una evaluación. La estamos esperando, para que reciban ya el Diaconado. De la evaluación, que se hizo resultó que de diez candidatos propuestos, seis fueron aprobados. Al día siguiente Mons. Ruiz García les confirió a aquellos indígenas el Orden del Diaconado. Era la primera ocasión que esto sucedía en nuestra Diócesis desde que fue fundada en el siglo XVI.

45. Con el Diaconado Indígena Permanente se avanzó en la consolidación de la Iglesia Local, así como en las posibilidades de una Evangelización más encarnada y comprometida, que fuera conduciendo hacia una Iglesia Autóctona.

46. El proceso diocesano también entraba en otra etapa diferente. A raíz de la llegada de unos cuarenta mil refugiados guatemaltecos a Chiapas (de los cuales unos veinticinco mil se habían quedado en el territorio de nuestra Diócesis), hubo que reestructurar tanto el trabajo como las perspectivas de cambio que esa situación social exigía. Se creó la Comisión de Solidaridad con los Refugiados.

47. No todos los refugiados guatemaltecos eran católicos, sin embargo la solidaridad diocesana no hizo discriminación por motivos religiosos. Este ecumenismo que se daba en la práctica, atrajo las miradas de confesiones cristianas como la Iglesia Unida de Cristo y otras que empezaron a mandar ayuda a través de la Iglesia Católica. A su vez, esto nos ayudó para irnos abriendo a actitudes más evangélicas y comprensivas; aunque no todo fue en la misma línea, puesto que hubo, por ejemplo, el caso de las divisiones en la zona Chamula.

48. Los tiempos maduraron, y en diferentes zonas el proceso de las comunidades evolucionó también hacia un compromiso político más radical que, incluso, llegó a confrontar el mismo caminar pastoral. El trabajo pastoral de la Diócesis debía tomar muy en cuenta el sufrimiento de la gente.

49. En esos momentos la atención diocesana se centró en el acompañamiento pastoral a los refugiados, en la lucha por las tierras, así como en la elaboración de un nuevo Plan Diocesano de Pastoral que nos unificara más y mejorara la coordinación del trabajo eclesial. Dicho Plan fue aprobado en la Asamblea Diocesana de 1986. En él no se menciona el Diaconado Indígena Permanente porque la situación aún no era clara para todos.

50. El apoyo que daba la Diócesis a los campesinos pobres, su denuncia contra la tortura y la injusticia, la presencia internacional debida a la solidaridad con los refugiados, pronto tuvo un costo: Campañas de difamación, cooptación de catequistas, amenazas contra agentes de pastoral, intimidaciones serias contra los Prediáconos y Tuhuneles, quemas de casas, expulsión de algunas religiosas y sacerdotes extranjeros, como el P. Marcelo Rotsaert de nacionalidad belga, los encarcelamientos del P. Aurelio Zapata Escobar en 1983 y del P. Joel Padrón González en 1991. También hubo presiones para que renunciara el Obispo diocesano.

51. Estos hechos sirvieron, en años posteriores, para la consolidación de la Asamblea laical llamada Pueblo Creyente, y también para el fortalecimiento de diferentes instancias de Derechos Humanos como el Centro Fray Bartolomé de Las Casas. Después surgió el proceso de la Teología India Cristiana, que vino a enriquecer el caminar diaconal en la Diócesis.

52. La opresión en que viven las comunidades: la pobreza, el hambre, la falta de servicios y oportunidades, el problema de la tierra, y otros que no encontraban su solución justa, ocasionaron que las comunidades llegaran al límite de gritar: “¡Basta!”. Surgió así en nuestra sociedad el levantamiento indígena de 1994. A partir de enero de 1994, todo el proceso pastoral diocesano se encuentra afectado ante la realidad de un enfrentamiento entre el Ejército Zapatista de Liberación Nacional y el Gobierno.

53. Las consecuencias más notables de esta nueva situación social de insurgencia han sido, entre otras: a) la proposición y aceptación por ambas partes de la mediación de Mons. Samuel Ruiz García y, posteriormente, la formación de la CONAI (Comisión Nacional de Intermediación); b) el nombramiento de un Obispo coadjutor, Mons. Raúl Vera López O.P., para colaborar con nuestro Obispo diocesano; c) se ha clarificado cada vez más la esencia pastoral de nuestra Iglesia Local; d) la Diócesis, en especial los servidores, se han visto impulsados con mayor urgencia al trabajo de reconciliación de sus comunidades; e) se inició el Tercer Sínodo Diocesano, que tiene como prioridad reafirmar los rasgos liberadores y autóctonos de nuestra Iglesia Local.

54. Actualmente el ministerio del Diaconado Indígena Permanente ha ido avanzando de manera significativa en las demás zonas pastorales de la Diócesis: ch’ol, tojolabal, tseltal y tsotsil. A ello están contribuyendo los Encuentros Anuales de Diáconos y candidatos al Diaconado a nivel diocesano.

55. Las comunidades siguen buscando y realizando mayor organicidad y mayor compromiso. Siguen extrayendo, del pozo rico de sus tradiciones ancestrales, la savia fecunda que les da vida y la originalidad necesaria para construir la Iglesia Autóctona en la catolicidad de la Iglesia. Buscan ahora, en medio de amenazas de muerte y de extinción, cómo llegar al Sacerdocio indígena, conforme a su peculiar modo de ser, con las características propias de su cultura para reafirmar la comunión eclesial y fortalecer la catolicidad.

56. De ahora en adelante ¿Cuál será el camino por el que nos conducirá el Espíritu para completar su obra? No lo sabemos cabalmente. Recordamos que en los primeros tiempos de la Iglesia, reunidos los discípulos, cuando estaban las puertas cerradas, de pronto se presentó Jesús en medio de ellos.11 También la presencia de Cristo Resucitado en medio de nosotros, mediante este proceso de Iglesia Autóctona que avanza hacia la plenitud de ministerios, nos da la certeza de que no estamos solos y de que él sigue enviando obreros a su mies12, a los pueblos mayenses de nuestra Diócesis, a los que no les faltarán ciertamente los dones de su Espíritu.

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1 Cfr. Juan 18, 37

2 Cfr. Juan 3, 17; Mateo 20, 28; Marcos 10, 45

3 Cfr. Juan 14, 16s y 20,22

4 Cfr. Juan 16, 7.17.18.

5 Cfr. Su obra De Único evangelizandi modo (La única manera de Evangelizar)

6 Apocalipsis 21, 1

7 Cfr. Especialmente la Gaudium et spes

8 Cfr. el n. 19

9 Cfr. Juan Pablo II, Redemptoris Missio, nn. 51-53

10 Cfr. su Carta Populorum Progressio.

11 Cfr. Juan 20, 19

12 Lucas 10,2

 

Tomado de: Directorio para el diaconado indígena de las diócesis de San Cristóbal de las Casas

 

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