Reflexiones sobre el diaconado permanente en Argentina V

Desarrollo del diaconado permanente en Argentina

El autor nos actualiza su reflexión sobre la realidad del diaconado permanente en nuestra Iglesia local, realidad dinámica y en crecimiento que contradice cierto discurso instalado sobre la escasez de vocaciones.

Por Eduardo A. González
Presbítero. (Arquidiócesis de Buenos Aires.

 

La Conferencia Episcopal Argentina solicitó a la Santa Sede la autorización para la restauración del diaconado el 7 de julio de 1965 y el Anuario Pontificio registra que los primeros diáconos fueron ordenados después del año 1970.

En noviembre de 1974 la Conferencia Episcopal Argentina (CEA) crea el Departamento de Sagrados Ministerios y Diaconado Permanente (actualmente Comisión Episcopal de Ministerios, CEMIN) y Manuel Guirao, entonces obispo de Orán, fue nombrado presidente. Con su característico entusiasmo acompañó la implementación del Diaconado Permanente en Argentina a lo largo de sus primeros 18 años.

En 1975, a una década de la petición de la CEA a la Santa Sede, sólo habían sido ordenados 7 Diáconos. Pero a partir de entonces, el crecimiento fue constante. En 1980 los diáconos llegaban a 25; en 1985, a 54; en 1990, a 163; en 1995, a 360; en 2000, a 519; en 2011, a 781, calculándose para este año alrededor de 850.

Simultáneamente en distintas diócesis se organizaron los respectivos centros de formación o “escuelas de ministerios” para la preparación espiritual, intelectual y pastoral de los ministerios instituidos y del diaconado y se elaboraron algunas pautas y normativas referidas también al ejercicio del ministerio.

Con ligeras variantes, en esos centros se atiende también a las esposas de los diáconos, con el objetivo de señalar la responsabilidad de quienes accederán a los ministerios ordenados, pues se considera que hay derechos y obligaciones que al asumirlos con la ordenación, afectan necesariamente a sus familias.

En cuanto a la formación permanente, se proponen reuniones periódicas, como también el retiro que suele tener una frecuencia anual.

En general, de los tres ministerios propios del diácono, la liturgia, la Palabra y la caridad, en sus inicios se acentuó más el de la liturgia. Luego comenzaron a desarrollarse los otros ministerios concretándose actualmente en:

a) animadores de comunidades distantes de los templos parroquiales;

b) en las catequesis familiar, pre-bautismal y pre-matrimonial;

c) en la pastoral de la salud y en los hospitales;

d) en la pastoral social y en Caritas;

e) en la pastoral educativa;

f) en la pastoral funeraria y en los cementerios;

g) en la pastoral carcelaria;

h) en las curias y en los consejos de asuntos económicos diocesanos y parroquiales.

El 22 de febrero de 1998, la Congregación para la Educación Católica, conjuntamente con la Congregación para el Clero, publica las Normas básicas de la formación de los diáconos permanentes y el Directorio para el ministerio y la vida de los diáconos permanentes.

La Conferencia Episcopal Argentina presenta a la Santa Sede las Normas básicas de la formación de los diáconos permanentes con las concreciones para nuestro país aprobadas por la Asamblea Plenaria de noviembre del 2008. La Santa Sede considera apropiado el trabajo pero junto con algunas observaciones solicita, como requisito para su aprobación definitiva, sea acompañado de un directorio para el ministerio y la vida de los diáconos permanentes.

En este momento, en un Equipo de la Subcomisión del Diaconado Permanente de la CEMIN, nos encontramos preparando el primer diseño de ese directorio, considerando los aspectos históricos, teológicos, pastorales y jurídicos que la reflexión y la experiencia de algo más de cuarenta años vienen aportando.

Sobre la realidad del diaconado en Argentina existen tres publicaciones que abarcan los aspectos sociológicos, el rol de la esposa y la identidad teológico-espiritual.

 

Datos sociológicos

La socióloga Beatriz Balian de Tagtachian publicó un estudio muy completo en su tesis doctoral sobre “Los diáconos permanentes en la Iglesia Católica en Argentina. Características de la integración de los aspectos familiares y deberes religiosos” (UCA, 1997) Allí afirmaba: “El número de diáconos permanentes en Argentina presenta una fuerte tendencia creciente, pero podría decirse que ese desenvolvimiento se ha desarrollado con resistencias, debido a la gran transformación radical que significa incorporar hombres casados al mundo de los clérigos donde la pauta generalizada era ser solteros. Por otro lado el análisis de los diáconos permite advertir que las dificultades también aparecen entre los mismos diáconos. Es muy interesante observar que en los diferentes encuentros nacionales, en forma constante aparecen tres temas como principales: 1) la identidad del diácono, 2) la esposa y familia del diácono y 3) la renovación de la Iglesia”.

 

Presencia de las esposas

María Patricia Farrell y su esposo, el diácono José Espinós, de la diócesis de Morón, publicaron Formación de las esposas de los candidatos al diaconado. Una propuesta práctica (Edición del Centro Internacional del Diaconado de América Latina CIDAL, 2006).

Se trata de la descripción y fundamentación de una experiencia formativa con las esposas de los candidatos al diaconado realizada por más de una década en la Diócesis de Morón.

El punto de partida fue la necesidad de que las mujeres de los futuros diáconos reciban una formación tal que les permitiera asumir con competencia el importante rol de ser las primeras consejeras del más adelante ministerio ordenado de sus esposos, especialmente en el cumplimiento de sus deberes de padres, esposos y pastores de la Iglesia, además de introducirlas en una espiritualidad específica que alcance la vida familiar.

 

Doctrina, identidad teológica, 

espiritualidad

A comienzos de 2013 quien fuera director de la Escuela de Diaconado Permanente de la Diócesis de Rafaela y actualmente obispo de Santo Tomé, Hugo Norberto Santiago, publicó un estudio completo: El diácono permanente casado. Doctrina, identidad teológica y espiritualidad (Buenos Aires, San Pablo, 2013).

En cuatro capítulos trata sobre “El sacramento del diaconado” “el sacramento del matrimonio”, “El diácono permanente: un trabajador” y “El diácono permanente en los ambientes seculares”, sosteniendo que “el servicio típico de toda la Iglesia, carisma específico del diácono permanente, en un candidato casado, asume una transversalidad que involucra su vida ministerial, matrimonial, laboral y secular.”

 

El sacramento del diaconado

Pertenece al acervo común definir el orden de los diáconos como aquellos que son sacramento, es decir, signo sensible y eficaz de la gracia de Cristo Servidor. Y rápidamente se lo identifica con la escena del lavatorio de los pies en la Última Cena. Pero conviene agregar que el “diácono es llamado a ser presencia y signo del Señor Jesús, Siervo del Padre”. Con lo que es necesario ahondar en la teología del “Siervo de Yahvé”.

“La diaconía de Cristo es una participación, difundida en la Iglesia por gracia del Espíritu Santo, de la actitud de Cristo, el siervo humillado y paciente, que toma sobre sí el pecado y la miseria humana (ver Is 53,3-5), que se inclina afectuoso sobre cada necesidad concreta (ver Lc 10,33-34), que se inmola hasta dar la vida (ver Mt 20,18), testimoniando su amor hasta el ‘signo supremo’ (ver Jn 13,1). El servicio cristiano, como participación del servicio de Cristo, posee una eficacia salvífica y sanativa. Cristo, en efecto, al llevar hasta el fin la lógica de la encarnación, se hizo siervo; más aún, ‘esclavo’ (Flp 2,7), para salvar desde dentro la situación de esclavitud en que el pecado y el poder colocan a la humanidad. La esclavitud-por-amor del Hombre-Dios libera a la humanidad de la esclavitud-por-coacción, fruto del poder, el cual es la característica del mundo, que no conoce a Dios: de las ‘naciones’ (Mt 20,25), afirma Jesús; es decir, de los paganos.” (A. Altana, “Diácono”: Nuevo Diccionario de Espiritualidad, Madrid 1991, 476-484).

Porque el “siervo de Yahvé” es antes que nada un “servidor del Señor” y responde a su llamado asumiendo los riesgos cotidianos de la existencia.

 

El sacramento del matrimonio 

y la vida familiar

La ordenación diaconal de varones casados supone primariamente la vivencia del sacramento del matrimonio, que tiene la especial característica de “alianza” de Jesucristo con la Iglesia: “El diaconado, como entrega a Dios, puede favorecer el matrimonio… La densidad antropológica del matrimonio y el valor salvífico del amor humano pueden impulsar al diácono casado a una mayor entrega amorosa en el ministerio concebido en clave de alianza de Cristo con la comunidad, de la cual es signo vivo.” (Santiago, El diácono permanente casado, 62).

El diácono y su esposa, en su misión de padre y madre buscan educar a sus hijos en los valores de la vida cristiana. Pero no pueden escapar de la actual coyuntura de crisis de la familia y de los diferentes horizontes propuestos por la libertad de sus hijos e hijas y por sus nietos ya adultos.

Al igual que otras familias, pueden encontrarse dentro de la suya con parejas sin unión estable, convivientes sin compromisos legales o religiosas, vínculos homosexuales, ausencia de convicciones religiosas, ideologías relativistas, etcétera. Es  aquí donde aparecen las nuevas periferias existenciales, que requieren solidez doctrinal y acompañamiento que nunca mejor que en este caso ha de recibir el nombre de “paternal”.

 

Diáconos célibes y viudos, exigencias y excepciones

La Iglesia prevé la ordenación diaconal de varones célibes. Generalmente se trata de miembros de congregaciones religiosas, pero aunque pocos en número, en el país existen también diáconos permanente célibes del clero diocesano.

Una situación especial puede ocurrir con el diácono viudo, ya que las normas canónicas no le permiten un nuevo matrimonio. De allí se supone una cierta “vocación celibataria” no elegida, sino impuesta por la muerte de la esposa. “El diácono permanente casado debe formarse en el celibato porque podría transformarse en viudo y, en ese caso, deberá vivir célibe. En este punto, el diácono permanente casado, el célibe y el viudo pueden confluir. Por eso no sólo los diáconos permanentes consagrados en cuerpo y alma a Cristo deben formarse en el celibato, sino también todos los candidatos al diaconado” (Santiago, El diácono permanente casado, 81).

Sin dejar de considerar la posibilidad de una aceptación de la viudez, similar a la de tantos laicos que viven esa experiencia, y aún descubrir una valiosa vocación celibataria, es necesario tener en cuenta que la norma canónica no tiene una rigidez absoluta y acepta tres excepciones para obtener la “dispensa” y contraer un nuevo matrimonio.

Según lo señala la Carta del 6 de junio de 1997, citada en la nota 44 de las Normas Básicas de la Formación de los Diáconos Permanentes, “la Congregación para el Culto divino y la Disciplina de los Sacramentos dispone que es suficiente una sola de las siguientes condiciones para obtener la dispensa… el gran beneficio y utilidad del ministerio del diácono viudo para la Iglesia a la que pertenece, la presencia de hijos pequeños necesitados de cuidados maternos, la presencia de padres o de suegros ancianos con necesidad de asistencia”. En Argentina ya existe algún diácono viudo que fue autorizado a un nuevo matrimonio.

Sobre una posible ordenación presbiteral el Directorio para la vida y ministerio de los diáconos permanentes considera que “por tratarse de una vocación que supone estabilidad en ese Orden, un eventual paso al presbiterado de diáconos no casados o que hayan quedado viudos será una rarísima excepción, posible sólo cuando especial y graves razones lo sugieran” (5).

En mi opinión la más especial y grave razón es que el Señor llame al diácono viudo al presbiterado –como ya ha ocurrido en algunos casos tanto de diáconos como de laicos viudos– y será tarea del obispo el adecuado discernimiento. ¡No es bueno ponerle límites a Dios!La Conferencia Episcopal Argentina solicitó a la Santa Sede la autorización para la restauración del diaconado el 7 de julio de 1965 y el Anuario Pontificio registra que los primeros diáconos fueron ordenados después del año 1970.

En noviembre de 1974 la Conferencia Episcopal Argentina (CEA) crea el Departamento de Sagrados Ministerios y Diaconado Permanente (actualmente Comisión Episcopal de Ministerios, CEMIN) y Manuel Guirao, entonces obispo de Orán, fue nombrado presidente. Con su característico entusiasmo acompañó la implementación del Diaconado Permanente en Argentina a lo largo de sus primeros 18 años.

En 1975, a una década de la petición de la CEA a la Santa Sede, sólo habían sido ordenados 7 Diáconos. Pero a partir de entonces, el crecimiento fue constante. En 1980 los diáconos llegaban a 25; en 1985, a 54; en 1990, a 163; en 1995, a 360; en 2000, a 519; en 2011, a 781, calculándose para este año alrededor de 850.

Simultáneamente en distintas diócesis se organizaron los respectivos centros de formación o “escuelas de ministerios” para la preparación espiritual, intelectual y pastoral de los ministerios instituidos y del diaconado y se elaboraron algunas pautas y normativas referidas también al ejercicio del ministerio.

Con ligeras variantes, en esos centros se atiende también a las esposas de los diáconos, con el objetivo de señalar la responsabilidad de quienes accederán a los ministerios ordenados, pues se considera que hay derechos y obligaciones que al asumirlos con la ordenación, afectan necesariamente a sus familias.

En cuanto a la formación permanente, se proponen reuniones periódicas, como también el retiro que suele tener una frecuencia anual.

En general, de los tres ministerios propios del diácono, la liturgia, la Palabra y la caridad, en sus inicios se acentuó más el de la liturgia. Luego comenzaron a desarrollarse los otros ministerios concretándose actualmente en:

a) animadores de comunidades distantes de los templos parroquiales;

b) en las catequesis familiar, pre-bautismal y pre-matrimonial;

c) en la pastoral de la salud y en los hospitales;

d) en la pastoral social y en Caritas;

e) en la pastoral educativa;

f) en la pastoral funeraria y en los cementerios;

g) en la pastoral carcelaria;

h) en las curias y en los consejos de asuntos económicos diocesanos y parroquiales.

El 22 de febrero de 1998, la Congregación para la Educación Católica, conjuntamente con la Congregación para el Clero, publica las Normas básicas de la formación de los diáconos permanentes y el Directorio para el ministerio y la vida de los diáconos permanentes.

La Conferencia Episcopal Argentina presenta a la Santa Sede las Normas básicas de la formación de los diáconos permanentes con las concreciones para nuestro país aprobadas por la Asamblea Plenaria de noviembre del 2008. La Santa Sede considera apropiado el trabajo pero junto con algunas observaciones solicita, como requisito para su aprobación definitiva, sea acompañado de un directorio para el ministerio y la vida de los diáconos permanentes.

En este momento, en un Equipo de la Subcomisión del Diaconado Permanente de la CEMIN, nos encontramos preparando el primer diseño de ese directorio, considerando los aspectos históricos, teológicos, pastorales y jurídicos que la reflexión y la experiencia de algo más de cuarenta años vienen aportando.

Sobre la realidad del diaconado en Argentina existen tres publicaciones que abarcan los aspectos sociológicos, el rol de la esposa y la identidad teológico-espiritual.

 

Datos sociológicos

La socióloga Beatriz Balian de Tagtachian publicó un estudio muy completo en su tesis doctoral sobre “Los diáconos permanentes en la Iglesia Católica en Argentina. Características de la integración de los aspectos familiares y deberes religiosos” (UCA, 1997) Allí afirmaba: “El número de diáconos permanentes en Argentina presenta una fuerte tendencia creciente, pero podría decirse que ese desenvolvimiento se ha desarrollado con resistencias, debido a la gran transformación radical que significa incorporar hombres casados al mundo de los clérigos donde la pauta generalizada era ser solteros. Por otro lado el análisis de los diáconos permite advertir que las dificultades también aparecen entre los mismos diáconos. Es muy interesante observar que en los diferentes encuentros nacionales, en forma constante aparecen tres temas como principales: 1) la identidad del diácono, 2) la esposa y familia del diácono y 3) la renovación de la Iglesia”.

 

Presencia de las esposas

María Patricia Farrell y su esposo, el diácono José Espinós, de la diócesis de Morón, publicaron Formación de las esposas de los candidatos al diaconado. Una propuesta práctica (Edición del Centro Internacional del Diaconado de América Latina CIDAL, 2006).

Se trata de la descripción y fundamentación de una experiencia formativa con las esposas de los candidatos al diaconado realizada por más de una década en la Diócesis de Morón.

El punto de partida fue la necesidad de que las mujeres de los futuros diáconos reciban una formación tal que les permitiera asumir con competencia el importante rol de ser las primeras consejeras del más adelante ministerio ordenado de sus esposos, especialmente en el cumplimiento de sus deberes de padres, esposos y pastores de la Iglesia, además de introducirlas en una espiritualidad específica que alcance la vida familiar.

 

Doctrina, identidad teológica, 

espiritualidad

A comienzos de 2013 quien fuera director de la Escuela de Diaconado Permanente de la Diócesis de Rafaela y actualmente obispo de Santo Tomé, Hugo Norberto Santiago, publicó un estudio completo: El diácono permanente casado. Doctrina, identidad teológica y espiritualidad (Buenos Aires, San Pablo, 2013).

En cuatro capítulos trata sobre “El sacramento del diaconado” “el sacramento del matrimonio”, “El diácono permanente: un trabajador” y “El diácono permanente en los ambientes seculares”, sosteniendo que “el servicio típico de toda la Iglesia, carisma específico del diácono permanente, en un candidato casado, asume una transversalidad que involucra su vida ministerial, matrimonial, laboral y secular.”

 

El sacramento del diaconado

Pertenece al acervo común definir el orden de los diáconos como aquellos que son sacramento, es decir, signo sensible y eficaz de la gracia de Cristo Servidor. Y rápidamente se lo identifica con la escena del lavatorio de los pies en la Última Cena. Pero conviene agregar que el “diácono es llamado a ser presencia y signo del Señor Jesús, Siervo del Padre”. Con lo que es necesario ahondar en la teología del “Siervo de Yahvé”.

“La diaconía de Cristo es una participación, difundida en la Iglesia por gracia del Espíritu Santo, de la actitud de Cristo, el siervo humillado y paciente, que toma sobre sí el pecado y la miseria humana (ver Is 53,3-5), que se inclina afectuoso sobre cada necesidad concreta (ver Lc 10,33-34), que se inmola hasta dar la vida (ver Mt 20,18), testimoniando su amor hasta el ‘signo supremo’ (ver Jn 13,1). El servicio cristiano, como participación del servicio de Cristo, posee una eficacia salvífica y sanativa. Cristo, en efecto, al llevar hasta el fin la lógica de la encarnación, se hizo siervo; más aún, ‘esclavo’ (Flp 2,7), para salvar desde dentro la situación de esclavitud en que el pecado y el poder colocan a la humanidad. La esclavitud-por-amor del Hombre-Dios libera a la humanidad de la esclavitud-por-coacción, fruto del poder, el cual es la característica del mundo, que no conoce a Dios: de las ‘naciones’ (Mt 20,25), afirma Jesús; es decir, de los paganos.” (A. Altana, “Diácono”: Nuevo Diccionario de Espiritualidad, Madrid 1991, 476-484).

Porque el “siervo de Yahvé” es antes que nada un “servidor del Señor” y responde a su llamado asumiendo los riesgos cotidianos de la existencia.

 

El sacramento del matrimonio 

y la vida familiar

La ordenación diaconal de varones casados supone primariamente la vivencia del sacramento del matrimonio, que tiene la especial característica de “alianza” de Jesucristo con la Iglesia: “El diaconado, como entrega a Dios, puede favorecer el matrimonio… La densidad antropológica del matrimonio y el valor salvífico del amor humano pueden impulsar al diácono casado a una mayor entrega amorosa en el ministerio concebido en clave de alianza de Cristo con la comunidad, de la cual es signo vivo.” (Santiago, El diácono permanente casado, 62).

El diácono y su esposa, en su misión de padre y madre buscan educar a sus hijos en los valores de la vida cristiana. Pero no pueden escapar de la actual coyuntura de crisis de la familia y de los diferentes horizontes propuestos por la libertad de sus hijos e hijas y por sus nietos ya adultos.

Al igual que otras familias, pueden encontrarse dentro de la suya con parejas sin unión estable, convivientes sin compromisos legales o religiosas, vínculos homosexuales, ausencia de convicciones religiosas, ideologías relativistas, etcétera. Es  aquí donde aparecen las nuevas periferias existenciales, que requieren solidez doctrinal y acompañamiento que nunca mejor que en este caso ha de recibir el nombre de “paternal”.

 

Diáconos célibes y viudos, exigencias y excepciones

La Iglesia prevé la ordenación diaconal de varones célibes. Generalmente se trata de miembros de congregaciones religiosas, pero aunque pocos en número, en el país existen también diáconos permanente célibes del clero diocesano.

Una situación especial puede ocurrir con el diácono viudo, ya que las normas canónicas no le permiten un nuevo matrimonio. De allí se supone una cierta “vocación celibataria” no elegida, sino impuesta por la muerte de la esposa. “El diácono permanente casado debe formarse en el celibato porque podría transformarse en viudo y, en ese caso, deberá vivir célibe. En este punto, el diácono permanente casado, el célibe y el viudo pueden confluir. Por eso no sólo los diáconos permanentes consagrados en cuerpo y alma a Cristo deben formarse en el celibato, sino también todos los candidatos al diaconado” (Santiago, El diácono permanente casado, 81).

Sin dejar de considerar la posibilidad de una aceptación de la viudez, similar a la de tantos laicos que viven esa experiencia, y aún descubrir una valiosa vocación celibataria, es necesario tener en cuenta que la norma canónica no tiene una rigidez absoluta y acepta tres excepciones para obtener la “dispensa” y contraer un nuevo matrimonio.

Según lo señala la Carta del 6 de junio de 1997, citada en la nota 44 de las Normas Básicas de la Formación de los Diáconos Permanentes, “la Congregación para el Culto divino y la Disciplina de los Sacramentos dispone que es suficiente una sola de las siguientes condiciones para obtener la dispensa… el gran beneficio y utilidad del ministerio del diácono viudo para la Iglesia a la que pertenece, la presencia de hijos pequeños necesitados de cuidados maternos, la presencia de padres o de suegros ancianos con necesidad de asistencia”. En Argentina ya existe algún diácono viudo que fue autorizado a un nuevo matrimonio.

Sobre una posible ordenación presbiteral el Directorio para la vida y ministerio de los diáconos permanentes considera que “por tratarse de una vocación que supone estabilidad en ese Orden, un eventual paso al presbiterado de diáconos no casados o que hayan quedado viudos será una rarísima excepción, posible sólo cuando especial y graves razones lo sugieran” (5).

En mi opinión la más especial y grave razón es que el Señor llame al diácono viudo al presbiterado –como ya ha ocurrido en algunos casos tanto de diáconos como de laicos viudos– y será tarea del obispo el adecuado discernimiento. ¡No es bueno ponerle límites a Dios!

Tomado de: http://www.sanpablo.com.ar/vidapastoral/nota.php?id=798

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