Misiones en Chiloé, Chile

Diácono Miguel Ángel Herrera, Santiago de Chile

La Isla grande Chiloé está ubicada a unos 1.200 kilómetros al sur de Santiago de Chile.

En febrero de este año, regresamos a la Isla de Chiloé, con mi esposa Sary Alarcón, luego de 37 años. En los años ochenta fuimos -con ella y un grupo de nuestra parroquia- a misionar, durante el mes de febrero de dos años consecutivos, a las islas Butachauques, que están al frente de Tenaún, pueblo cercano a Dalcahue y no muy lejos de Castro, que es la capital de la provincia chilota. En los años ochenta, predominaba una economía de auto subsistencia, ya que la gente se dedicaba a plantar y cosechar sus alimentos, especialmente la papa, que es fundamental en la dieta cotidiana y a la pesca y extracción de mariscos, muy abundantes en la zona. El “curanto” es una preparación culinaria muy típica de Chiloé, que reunía a muchas personas de la comunidad. Como la gente estaba cerca de sus hogares, se dedicaban a su comunidad local, arreglaban y mantenían sus iglesias (templos que han sido declarados monumentos culturales de la Humanidad), le daban vida, y contaban con “patrones” y “fiscales” que eran laicos que animaban y lideraban a toda la comunidad que era muy fervorosa en la expresividad de su fe cristiana y católica. Nos tocó ser testigos de la enorme identificación con sus comunidades, con sus santos patronos y con sus fiestas y bailes. La gente estaba identificada con su comunidad local, participaba mucho y recibía con alegría a los presbíteros en las celebraciones litúrgicas y a los misioneros, que les visitaban.

Sin embargo, en las últimas décadas la economía cambió abruptamente, ya que se instalaron empresas industriales dedicadas a la crianza y comercialización del salmón, lo que ha significado que, tanto los hombres como las mujeres, han abandonado su trabajo local para laborar en estas empresas que se han instalado en los canales y fiordos de estas islas. Este trabajo fuera de su comunidad, significó que, se han abandonado las pautas culturales que les identificaron durante muchísimos años. La expresión de la fe se ha ido dejando de lado, en esta sociedad moderna, donde lo económico es el centro de toda la vida. Por lo tanto, ha sido triste ver, como los templos se han ido vaciando de feligreses, los que han emigrado o que dejaron de participar y de asistir.

No podemos ser pesimistas, ni lamentarnos de los cambios que están ocurriendo en la vida social. Tampoco podemos ver que todo sea negativo. Lo que sí podemos apreciar es que la Iglesia necesita acompañar -con más agentes pastorales- a estas comunidades para que rescaten, actualicen y valoren sus hermosas tradiciones, como por ejemplo “la minga”, que es un trabajo comunitario en favor de una familia que lo necesita (siembras y cosechas, limpias de terreno, construcciones y tiraduras de casas, etc.). La economía solidaria y cooperativa, tiene mucho que enseñar y compartir, en medio del excesivo individualismo que nos ha atrapado en las últimas décadas en Chile y en el mundo.

Los diáconos permanentes, de acuerdo a las Conclusiones de la Quinta Conferencia Episcopal de América Latina, en Aparecida- estamos llamados a ser apóstoles en las nuevas fronteras geográficas y existenciales, por lo tanto, no podemos quedarnos lamentando por los cambios culturales, sino que debemos reforzar nuestra misión evangelizadora y de servicio, en nuestra sociedad de hoy, tal cual es.

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