LA SAGRADA FAMILIA y SAN ESTEBAN

LA SAGRADA FAMILIA y SAN ESTEBAN

Este año, el día después de Navidad es domingo y en la Iglesia celebramos la Fiesta de la Sagrada Familia que, por razones de calendario litúrgico, deja escondida la fiesta de San Esteban, diácono y protomártir. Esta circunstancia puede ser un momento que nos permita reflexionar a la familia diaconal, paradójicamente, en torno a esta doble celebración.

La fiesta de la Sagrada Familia complementa la de Navidad y nos recuerda que la encarnación de Jesucristo tuvo lugar en nuestra historia, en un tiempo y en un lugar concretos, también en una familia concreta. Jesús nació, creció y maduró físicamente y como persona, amparado por el amor de María y José. La familia de Nazaret rezuma amor, sencillez y vivencia religiosa, y es un referente para muchas familias de hoy, y también para nuestras comunidades cristianas.

Podemos pensar en los muchos valores que se ponen en juego en la primera instancia acogedora y educativa que es la familia. Nos relacionamos con el medio en que vivimos, en y por medio de la familia entretejemos relaciones con los vecinos, con la ciudad, con la sociedad, con la comunidad, en el seno de nuestras parroquias…

Cabe preguntarse: ¿qué tiempo dedicamos a la pareja, a la familia, a los hijos, a los demás, a las buenas relaciones con todo el mundo? ¿Cómo lo hacemos?

¿Cómo mantenemos vivos los valores familiares que nos han ayudado a crecer, y que nos dan el calor necesario para vivir y convivir? Ante las realidades diversas de familias y las relaciones complejas de la vida, ¿somos bastante comprensivos y respetuosos? ¿Qué papel tienen nuestras familias en la experiencia de la fe vivida y compartida?

Para quienes estamos casados, el matrimonio de José y María debe convertirse en ejemplo de donación y servicio. La familia es nuestra iglesia particular, iglesia doméstica en la que vivimos y nos desarrollamos cotidianamente. No podemos vivir en desequilibrio el servicio diaconal y la vida familiar.

 

Por otra parte, Esteban fue uno de los siete hombres escogidos por los apóstoles para gestionar, como diácono, los bienes comunes y repartir limosnas entre las viudas dentro de la economía de la iglesia primitiva, tal y como se narra en el cap. 6 de los Hechos de los Apóstoles.

La identidad del diácono radica en el «ser» ministro ordenado al servicio de la Iglesia, configurado a Cristo Servidor. Los diáconos son, en la Iglesia, signos sacramentales de Jesús, lavando los pies a los discípulos (Jn 13,1-17), que vino al mundo «a servir y no a ser servido» (Mt 20,28; Mc 10,45). El diácono, en la ordenación diaconal, recibe la gracia específica que lo configura a Cristo Servidor; el diácono sirve la misión de la Iglesia, configurado a Cristo Servidor. Cristo, Dios encarnado, es el servidor de todos; Él, el Señor, siendo de condición divina tomó la forma de esclavo (cf. Flp 2,6-9) y se hizo servidor de todos: «El diácono participa de la gracia y la misión de Cristo, de manera especial. El sacramento del Orden le marca con un carácter que nadie puede borrar y que lo configura a Cristo, que se ha hecho servidor de todos» (CIC 1570). El hombre que responde a la llamada de Dios y es ordenado diácono, lo es para servir a la Iglesia como ministro ordenado; es decir, recibe un don en él, pero que no es para él, sino para los demás, según la voluntad de Dios expresada en el encargo eclesial, para ir construyendo su cuerpo, la Iglesia.

El carisma particular del diácono es ser signo sacramental de Cristo Servidor y animador del servicio en la comunidad cristiana; el diácono tiene que ser el animador de la diaconía de todos los miembros del Pueblo de Dios. El carácter de la Iglesia es constitutivamente diaconal. La diaconía en la Iglesia se sitúa en sintonía con los más pobres.

Esteban, al predicar un mensaje que fue tomado como una agresión a la Ley, fue acusado de decir palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios. Un grupo de exaltados lo llevaron a las afueras de Jerusalén y lo apedrearon. Es el protomártir, diácono de la comunidad cristiana.

 

El cristianismo es una religión de encarnación, de encuentro entre lo divino y lo humano, en Jesucristo. Toda forma cristiana fundamentalista, de ignorancia de las injusticias sociales, o de un espiritualismo desencarnado, está muy lejos de la Encarnación.

Aprovechemos este tiempo de gracia para vivir santamente en familia, para contemplar la Sagrada Familia, para agradecer el don del diaconado por parte de Dios a la Iglesia, y para reforzar nuestra vocación de diakonia, de servicio a los demás, sobre todo a los más pobres, a las viudas y a todo tipo de descartados.

¡¡Que la sagrada Familia y San Esteban nos ayuden!!

Montserrat Martínez

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