Con motivo del Sínodo de la familia

Diác. Gonzalo Eguía.
Coordinador de Servir en las periferias
Bilbao, España, 1º de noviembre de 2015
Con motivo del Sínodo de la familia: la vivencia de la doble sacramentalidad, un corazón indiviso al servicio de Dios, de la Iglesia y la humanidad.    
Dice el documento final de la V Conferencia General del CELAM, celebrada en Aparecida (Brasil) el año 2007, que “algunos discípulos y misioneros del Señor son llamados a servir a la Iglesia como diáconos permanentes, fortalecidos, en su mayoría, por la doble sacramentalidad del Matrimonio y del Orden. Ellos son ordenados para el servicio de la Palabra, de la caridad y de la liturgia, especialmente para los sacramentos del Bautismo y del Matrimonio; también para acompañar la formación de nuevas comunidades eclesiales, especialmente en las fronteras geográficas y culturales, donde ordinariamente no llega la acción evangelizadora de la Iglesia” (nº 205).
Sí, la mayoría de los diáconos permanentes del mundo estamos casados, compartimos de esta manera la vivencia del Sacramento del Matrimonio y el del Orden (en el grado del diaconado), lo que la Conferencia de Aparecida denomina la doble sacramentalidad. Se produce de esta forma una experiencia única y específica en la Iglesia, que es percibida como un regalo y que supone una riqueza para la familia y para la Iglesia.
El itinerario vocacional en el que el Señor ha querido, por propia voluntad suya, llamarnos al ministerio diaconal, parte en primer lugar de la rica experiencia del Sacramento del Matrimonio, no exenta de dificultades y de retos, pero siempre acompañada por Aquel que, resucitado, se compromete con los nuevos esposos a caminar con ellos hasta el final.
La gracia sacramental del matrimonio respeta, sin anularla, la identidad de cada uno de los esposos, y a su vez configura un corazón indiviso para la misión: “y los dos serán como una sola carne (persona)” (Mt 19,5; Gn 2,24). Como matrimonios cristianos, los diáconos permanentes casados no solemos percibir que nuestro corazón esté dividido entre Dios y nuestra esposa (o hijos), sino todo lo contrario, comprobamos cada día que el Espíritu dirige la mirada de los esposos en una misma dirección, la dirección de Jesucristo, con un corazón indiviso.
Cuántos malos entendidos se producen cuando, por falta de una adecuada formación teológica sobre la identidad del Sacramento del Matrimonio y sus efectos, se antepone el celibato como ejemplo único de “corazón indiviso”. El celibato es sin duda alguna un don para la Iglesia, y es una forma de vivir la opción por el Reino con un corazón indiviso, pero no la única; junto a esta opción se encuentra la que posibilita y capacita por su acción sacramental el Sacramento del Matrimonio. Urge desarrollar una adecuada teología de este Sacramento.
El Sacramento del Matrimonio es sacramento para la mutua santificación; junto al del Orden es sacramento al servicio de la comunión y de la misión; son sacramentos al servicio de los demás, para el bien de otros. Estos dos sacramentos “confieren una gracia especial para una misión particular en la Iglesia, al servicio de la edificación del pueblo de Dios. Contribuyen especialmente a la comunión eclesial y a la salvación de los demás” (CIC-C #321).
Tan solo llevamos cincuenta años de recuperación del ministerio diaconal como ministerio permanente, conferido a hombres casados. Se muestra como necesario que los diáconos que vivimos la doble sacramentalidad  sepamos narrar, contar, explicar, lo que esta experiencia supone en nuestras vidas (junto a nuestras esposas e hijos). Ninguna reflexión teológica será total si no cuenta con el aporte de esta experiencia vital.
Los diáconos vivimos cada día los temas candentes planteados en el Sínodo sobre la familia celebrado en Roma. Temas que necesitan ser revisados en cuanto a su atención pastoral. En nuestra condición de esposos, padres y abuelos, vivimos las alegrías y las tristezas, las esperanzas y los retos de las familias de hoy, en muchas ocasiones reflejadas en nuestros propios hogares. Quienes hemos sido constituidos en “heraldos del Evangelio”, contamos constantemente con el apoyo de nuestras esposas e hijos, con la percepción que éstos tienen sobre los problemas y los retos de las familias de hoy en día (muchas veces las suyas propias). No pudiendo mirar para otro lado, reconocemos la necesidad de que en todas esas realidades la Buena Noticia de Jesús sea proclamada. En nuestra condición de ministros ordenados experimentamos la inquietud de la Iglesia por ser familia misericordiosa para todo ser humano, sin ningún tipo de exclusión.
Buena parte de este Informativo recoge interesantes aportaciones sobe el Sínodo que acaba de concluir. Destacan las palabras del Papa Francisco a los padres sinodales en varios momentos. Se recoge también la propuesta del arzobispo canadiense Paul-André Durocher, proponiendo en el Sínodo que las mujeres puedan ser ordenadas diáconos.
En el terreno formativo se señalan dos ofertas promovidas por el CEBITEPAL: el Diplomado en Teología del Diaconado Permanente y el Diplomado en Pastoral Educativa.

En el capítulo de los Encuentros y Retiros el Informativo destaca cuatro: el  Encuentro Nacional de responsables del Diaconado Permanente, realizado en  México; el I Encuentro de Diáconos Permanentes llevado a cabo en Bolivia; la nutrida participación iberoamericana en el Jubileo del CID; y el retiro de esposas de diáconos en la diócesis de Tilarán Liberia (Costa Rica).

El boletín recoge la reseña del nombramiento del diácono Jaime Coiro, como nuevo Secretario General Adjunto de la Conferencia Episcopal de Chile.
Se publica este Informativo en la festividad de Todos los Santos, un buen motivo para renovar con esperanza la convocatoria a vivir la santidad en medio de nuestro mundo.
En nombre del Equipo de Redacción y Coordinación, un fraternal abrazo.

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