LOS DIÁCONOS “ORDENADOS PARA EL MINISTERIO”

El Vaticano II afirma que los diáconos “no son ordenados para el sacerdocio, sino para el ministerio” (LG 29a). Sin duda se trata de un intento de expresar la finalidad general del diaconado reestablecido sin entrar en concurrencia con lo que era bien claro para los católicos, a saber, que los sacerdotes -los obispos y, en su orden, los presbíteros- son ordenados “para el sacerdocio”. Dado que los padres no intentaron repensar las raíces del sacerdocio para derivar de ellas el restablecimiento del diaconado, podemos preguntarnos si se vio en aquella expresión una afirmación doctrinal que pretendía “limitar el sacerdocio para dejar así lugar para el ministerio”. Esta fórmula binaria ¿fue una estrategia de los padres para afirmar con autoridad aparentemente indiscutible lo poco que ellos podían enunciar sobre la originalidad del diaconado que pretendían restablecer? La aparente claridad de esta expresión ¿tenía la finalidad de implicar más que de explicar, de dar un impulso más que de hacer comprender?

La ordenación consagra a los bautizados para el cuidado de todo el cuerpo eclesial, cuya unidad viene asegurada por Cristo a través del Espíritu Santo que le comunica la vida divina. Surgida del amor trinitario, la iglesia reposa sobre el misterio pascual de Cristo. Es aquí donde hallamos la “diaconía” de Cristo en su humanidad, la del Hijo que se hizo siervo del Padre por su obediencia filial hasta la muerte (Cf. Hb 5, 8-9; Flp 2, 7). El origen del don de vida de esta diaconía no es otro que la persona del Espíritu que remite a Cristo al Padre (Hb 9,14) porque el mismo Espíritu se halla en el origen de su encarnación (Lc 1,35). La diaconía de Cristo no se reduce a los servicios que presta, ni a una actitud básica de servicialidad, ni, a fortiori, a una ejemplaridad moral: es más bien la plena realización de su humanidad entregada en el acto de su oblación. Al significar la iniciativa de la gracia, el ministerio apostólico significa simultáneamente la sobreabundancia del don de Cristo al Padre en el Espíritu (diaconía de Cristo) y la ofrenda de la humanidad dirigida al Padre a través de su participación en el misterio pascual (sacerdocio de Cristo).

El obispo: cabeza y vínculo

Para la comunidad, el obispo es el signo de esta mediación sacerdotal, ya que él, en nombre de Cristo y en el Espíritu, preside la edificación de la iglesia en este lugar, así como la vinculación entre las iglesias. El obispo es asistido por los presbíteros y los diáconos en vistas a este “ministerio de la comunidad” (cf. LG 20b) en este lugar concreto. Por ello hay que relacionar los dos órdenes –presbiterado y diaconado– con la plenitud del sacramento del orden que se da en el episcopado.

Por un lado, así como el obispo preside la iglesia local (como “cabeza”) inscribiéndola en la comunión de las demás iglesias (como “vínculo”), el ministerio presbiteral significa la única mediación sacerdotal de Cristo, buen pastor por antonomasia. La mediación sacerdotal interpela a toda la iglesia y a cada uno de los fi eles para que hagan de su vida un sacrificio espiritual (es decir, en el Espíritu) que sea agradable a Dios (cf. Rm 12, 1-2).

Por otro lado, los diáconos “no son ordenados para el sacerdocio, sino para el ministerio” (LG 29a): no son ordenados para presidir la comunidad eclesial y su eucaristía, sino que son ordenados “para el ministerio del obispo”: no el ministerio que tiene al obispo como objeto propio, sino el ministerio del que el obispo es sujeto, primer titular y autor en el sentido de garante. Pues bien, este ministerio tiene como objeto la comunidad eclesial (cf. LG 20b) y puede llamarse “apostólico” en tanto que salvaguarda y promueve la identidad apostólica de la iglesia en un lugar concreto.