Tal vez el detonante haya sido la escasez de vocaciones, pero el redescubrimiento del diaconado permanente en la Iglesia es uno de los signos más esperanzadores de este tiempo, en línea con otros como la misión compartida de laicos y religiosos o una conciencia más acusada sobre la corresponsabilidad de todos los bautizados. El Encuentro Nacional del Diaconado Permanente que acaba de celebrarse en Toledo ha puesto sobre la mesa la conveniencia de una pastoral vocacional dirigida específicamente a este ministerio. Pero no es posible amar algo sin conocerlo. Centrada en la relación entre diaconado y familia, la cita ha servido para mostrar cómo viven los cerca de 450 diáconos permanentes que hay en España, cómo concilian su ministerio con su trabajo profesional y, sobre todo, cómo se ven involucrados sus mujeres e hijos en este servicio a la Iglesia y a la sociedad. La imagen del diácono revestido durante una celebración litúrgica muestra una faceta importante de esta vocación, pero hace poca justicia a una misión que tiene mucho más que ver con una Iglesia que sale al encuentro de las personas en los caminos de la vida.
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