Primera entrega. Escrito por el Pbro. José Manuel Díaz Cantero, Formador del Instituto de Formación para el Diaconado Permanente de la Arquidiócesis de San José, Costa Rica.

Génesis del proceso

Según nos ha contado en algunas ocasiones el señor Arzobispo, cuando en la Conferencia Episcopal se presentó el tema del diaconado permanente, siendo él Obispo de Puntarenas, no estaba muy convencido del asunto, pero aún así votó a favor para no impedir que otras diócesis pudieran implementarlo.  Con el paso del tiempo y ya como arzobispo de San José, al percibir la gran tarea de la evangelización que se requería, intuyó que este ministerio eclesial podría dinamizar la tarea evangelizadora de la Iglesia, y fue así como en el año 2008 elevó la consulta al Consejo Presbiteral de la Arquidiócesis sobre este tema, que no solo dio el visto bueno al proceso, sino que además propuso al Pbro. Lic. Manuel Eugenio Salazar como primer responsable del mismo.    Así se inició esta aventura.

Una vez que al padre Manuel Eugenio se le comunica esta propuesta, gustoso la acoge, y le propone al Arzobispo los nombres de dos personas que lo puedan acompañar en la reflexión y diseño de la propuesta formativa.   Así nos incorporamos el padre Orlando García, en ese momento Vicario Episcopal de Pastoral Social y este servidor.

Conformado el equipo de trabajo, la primera de las tareas que nos proponemos como tal es la de buscar toda la información posible acerca del diaconado, no solo en el campo teológico, sino también en cuanto a experiencias formativas y de ejercicio diaconal en los países que nos llevaban ya delantera en experiencias positivas y negativas al respecto.  Recordemos que desde finales de los sesentas e inicio de los setentas muchos países acogieron el llamado a la restauración de este grado de la jerarquía de forma estable, tal como lo pidió el Concilio Vaticano II, por lo que estamos hablando de países en algunos casos con cerca de 40 años de experiencia.

Creo que es bueno acá reseñar dos de las realidades que más nos impactaron como situaciones que no visualizábamos para nuestra arquidiócesis.  En primer lugar, las experiencias del ejercicio diaconales marcadas fundamentalmente por el servicio litúrgico tanto para acompañar la presencia sacerdotal en países donde no se experimenta la escasez de estos ministros, como la función de suplencia litúrgica en países o regiones marcadas por la experiencia contraria.  De igual manera nos preocupó mucho desde el inicio el conocer de experiencias donde se recibían con mucha facilidad exseminaristas a procesos de formación diaconal para acceder “al menos” a este grado del sacramento del orden.  Desde el inicio de la reflexión y respondiendo al criterio con el cual el arzobispo abrió el espacio a este ministerio, definimos que la formación iría encaminada a procurar clérigos con identidad propia de servidores, especialmente en el campo de la evangelización y la promoción humana.

Aunque este no es el espacio para desarrollar la teología del diaconado,  valga señalar que el diseño de todo el proceso formativo estuvo marcado por tres ideas que surgieron de esta reflexión inicial:

-          El diácono es un ministro ordenado y como tal hace parte del sacramento del orden, pero no es sacerdote, por lo tanto, su ámbito fundamental no es el servicio desde presidencia de la comunidad ni la consecuente presidencia litúrgica.

-          Aún más el diácono no adquiere su identidad de su acción ministerial, lo importante no es lo que él hace; configurado con Cristo Servidor es sacramento del servicio que debe animar la vida de todos los bautizados

-          Su vinculación litúrgica deriva de su vida y servicio dentro de la comunidad cristiana; si proclama el evangelio y predica, es porque fuera del ámbito litúrgico es un ministro ordenado y cualificado de la Palabra que anuncia a Cristo y enseña su mensaje.  Su carácter de ministro del bautismo deriva también del hecho de que ha estado presente acompañando al catecúmeno en su camino hacia el sacramento.  A la luz de esto, hace pocos días le decía al grupo de diáconos permanentes de la diócesis de Tilarán-Liberia con quienes estaba compartiendo, que no se preocuparan si los sacerdotes en la misa no los dejaban predicar, pero que si se preocuparan si no los dejaban fuera de la liturgia participar de los procesos formativos y catequéticos.  De igual forma que perdería mucho el sentido del ministerio si solo bautizan y no acompañan en el despertar y madurar de la fe a los catecúmenos y sus familias previo al bautismo.