¿Es Usted creyente en Dios? ¡Entonces, de seguro que nunca tiene problemas! ¿Sí los tiene, a veces? Si es creyente y aun así tiene problemas, entonces, ¿para qué le sirve la fe? Usted se pregunta, ¿quiere esto decir que la fe no sirve para nada? De ninguna manera. Permítame acompañarle en esta reflexión y aclaración de cómo funciona en realidad la fe.

A veces encontramos personas que ante un contratiempo, ante una calamidad, ante una desgracia, o ante un maltrato, culpan a Dios o a la Iglesia o alguien y optan por abandonar la fe, o al menos la participación en la Iglesia. Esa actitud es al final de cuentas el indicador de una fe inmadura, débil, mal formada.

Ciertamente, la fe mueve montañas; pero hay que tener fe para hacerlo. Jesús lo repite a lo largo de su Evangelio: “Tu fe te ha curado”, a la mujer de las hemorragias (Mc 5,34); “Tu fe te ha salvado”, al ciego (Mc 10, 52); para citar dos casos. Jesús no dice: “Por el poder que tengo…” Sino, “Tu fe…” Pero estos milagros son signos fortuitos para manifestar que el Reino de los Cielos está entre nosotros, y nos corresponde a nosotros hacerlo presente en los diversos ambientes en los que interactuamos: en el hogar, el trabajo, el barrio, el condominio. Es ahí donde nos jugamos nuestra salvación eterna, porque ésta se obtiene pensando en el otro; sirviéndole. Buscar mi propia salvación sin importarme la de los otros, es un acto egoísta.

Si lo piensa con calma se dará cuenta de que Dios nunca nos prometió la salud eterna, ni las riquezas, ni vivir placenteramente en este mundo. Lo subrayo: en este mundo. Lo que nos ha prometido es la salvación y la felicidad, en el Reino de los Cielos. Lo subrayo también: en el Reino de los Cielos. Y para llegar a él, al Reino, como lo dice la Sagrada Escritura en Hech 14, 22: hay que “pasar muchas tribulaciones”. De manera que la cuestión no consiste en no tener sufrimientos, sino, en saberlos comprender como parte de la vida y aprovecharlos como medio de crecimiento espiritual. Dios no creó el sufrimiento, que es fruto del pecado, pero lo asumió como medio de redención y salvación, viviéndolo Él mismo, hecho hombre, en la persona de Jesús.

Ahora, entonces, volvamos a plantearnos: ¿para qué sirve la fe? Y podemos responder que sirve para iluminar, dar sentido a todas las situaciones de nuestra vida, de cara a la salvación eterna que esperamos. La fe, don sobrenatural, nos fortalece en los momentos difíciles. Nos permite mantenernos fuertes, en paz, en circunstancias en que humanamente nos derrumbaríamos.

Si bien es cierto que la fe es un don, un regalo de Dios, también es cierto que no la recibimos pasivamente, sino, que tenemos que dar el paso y acercarnos al Señor Jesús… Como la mujer con hemorragias: “habiendo oído lo que se decía de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y toco su manto” (Mc 5, 27). Confió en que Jesús la curaría… y ocurrió. O como el ciego: “al enterarse de que era Jesús de Nazareth, se puso a gritar: “Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí” (Mc 10, 47)… y fue sanado.

Para recibir lo que pedimos es indispensable confiar en Jesucristo y acercarse a Él. ¿O es que pretendemos que haga milagros en nuestra vida sin acercarnos a Él?

¿Cómo me acerco a Jesús hoy en día? ¿Cuáles medios me ha dejado? ¿Dónde lo encuentro para tocarle el borde del manto o para solicitarle lo que necesito y quiero de Él?