La autora del artículo es Paloma Pérez Muniáin; es colaboradora de Servir en las Periferias. Una mujer excepcional y una poetisa con una sensibilidad especial, que nos ha regalado varias poesías y reflexiones con referencias diaconales y pastorales. Está casada con Fernando Aranaz, diácono permanente en la archidiócesis  de Pamplona- Tudela (corresponsal diocesano de aquella archidiócesis y que también colabora asiduamente con Servir en las Periferias), trabaja pastoralmente en el área de Cáritas. Juntos forman parte del equipo de pastoral penitenciaria de la diócesis.  Tienen una hija, Rut, que el 17 de agosto pasado hizo, junto a su amiga Paula López,  la crónica sobre la experiencia vivida en la JMJ de Cracovia. Todo un ejemplo de familia corresponsal de Servir en las Periferias.

Hoy seremos cuna para el Niño...

Hace más de dos mil años nació en Belén un Niño que cambiaría la historia de la humanidad. Hoy se nos da de nuevo la oportunidad de acoger a ese Niño en nuestra vida. Pero tal vez nuestros proyectos, planes, tareas, obligaciones, perezas, seguridades no nos lo pongan fácil, ya que cuanto más creemos que lo podemos todo por nuestros propios medios, más nos alejamos del pesebre. Y es curioso y parece un contrasentido, pero deberemos ir al desierto y hacer silencio para acoger la noticia más grande que jamás el ser humano en toda su historia ha recibido.
En ese silencio aprenderé a ser como María, a ser cuna, hueco, vientre para poder alumbrar al Salvador, que se da enteramente gratis, por ti, por mí, por la humanidad entera. Y en ese silencio miraré y aprenderé de José a no poner zancadillas a los planes de Dios; a aceptar el misterio de ese Niño que nacerá y morirá por mí, aunque no lo comprenda ni lo abarque; Él me ayudará a dar luz a ese sentido oculto que conforman las circunstancias de mi vida.
Dios quiso que ese Niño naciera en un establo, podría haberlo hecho en un palacio como un Rey, rodeado de personas influyentes, poderosas, sabias, que a buen seguro le agasajarían con grandes regalos; pero no, eligió que naciera con el calor y el amor de sus padres y acompañados por unos pastores insignificantes, que por otra parte, no gozaban de buena reputación en aquella sociedad, por esto los situaban al margen de la ciudad, al raso, a la intemperie, allá donde la desnudez sí puede acoger este gran misterio de luz.
Hoy, Él volverá a nacer en un lugar sencillo, en silencio, pobre, alejado de las luces, alejado de las fiestas, alejado del champán, alejado de los regalos… Nacerá en aquellos que menos tienen, que menos se creen o que necesitan poco para vivir, porque al no tener el corazón apegado a lo material y superfluo, les queda un gran espacio para llenarlo de Verdad. Nacerá en cada hogar que lo quiera acoger, en cada persona que se deje acariciar el alma. Nacerá donde no hay turrones, estufas, bullicio, bolas de Navidad… También nacerá en la cárcel, en la Casa sin Nombre… La cárcel es cuna… porque Dios nace en cada preso… La cuna es esperanza… porque les queda muy poca… La esperanza es promesa… de que hay un futuro esperando… La cuna es encuentro… cuando todos se han ido… La cárcel es desierto… y habla Dios al corazón… Porque cuando se ha perdido todo… Dios lo llena todo…
El Niño llega… hoy podré ser cuna… hoy podrás ser cuna… Él nacerá entre nuestras pajas, entre nuestras miserias para acogerlas y sanarlas. Él nacerá para llenarnos los ojos de azul, para poder mirar al cielo. Y Él vendrá a nuestro corazón tal y como estamos, tal y como somos. Tal vez no encuentre nuestra cuna cálida y limpia, pero el Niño con su luz, si le dejamos, poco a poco irá dando calor y derritiendo el hielo e irá limpiando nuestro cuarto oscuro o aquella historia que queremos olvidar o aquellas heridas abiertas que solos no podemos cerrar…
Abramos las puertas al Niño Jesús que está llamando… No dejemos fuera de nuestra fiesta al protagonista de esta historia…

Paloma Pérez Muniáin