Autora: Montserrat Martínez

Tras la restauración, en el Concilio Vaticano II, del diaconado como grado permanente del sacramento del orden, y la posibilidad de ser conferido a hombres casados (Lumen Gentium, n. 29), el diaconado permanente ha conocido en la Iglesia católica un fuerte impulso y ha producido abundantes frutos, en favor de la obra misionera de la evangelización; por otra parte, unas 40.000 esposas en todo el mundo, hasta el momento actual, han dado su consentimiento para que su esposo pudiera ser ordenado diácono y han acompañado el ministerio de su esposo con agradecimiento a Dios y generosidad, convirtiendo la vocación del esposo en una opción de vida compartida.

 

A partir de esta renovación, numerosos episcopados han ofrecido elementos normativos y puntos de referencia para la formación y la vida diaconal. Llegó el momento en que la Santa Sede consideró que era necesaria una unidad de enfoques y confió a las Congregaciones para la Educación Católica y para el Clero que redactaran unas Normas para la formación al diaconado y un Directorio para el ministerio y la vida de los diáconos permanentes, en semejanza a los documentos que habían redactado para la formación y la vida de los presbíteros. Así, fueron publicados, en 1998, las Normas básicas de la formación de los diáconos permanentes (Ratio fundamentalis institutionis diaconorum permanentium), y el Directorio para el ministerio y la vida de los diáconos permanentes (Directorium pro ministerio et vita diaconorum permanentium).

 

Expondré los datos que aparecen en dichos documentos en relación a la espiritualidad de los diáconos permanentes casados:

 

-        De la identidad teológica del diácono, surgen los rasgos característicos de su espiritualidad, que se presenta esencialmente como espiritualidad de servicio. Esta espiritualidad se ha de integrar en la que corresponde a su estado de vida; en el caso del diácono permanente casado, su espiritualidad ministerial se ha de integrar armónicamente con la conyugal  (Ratio 11-12).

-        El diácono casado, para vivir con plenitud su espiritualidad, ha de organizar el ministerio y sus obligaciones familiares, de manera que progrese en la adhesión a la persona y la misión de Cristo (Directorium 50).

-        La vivencia del amor en el matrimonio, tanto en el caso del candidato como el del diácono, unido por un vínculo fiel, acogiendo, amando y educando a los hijos, es signo del amor de Cristo a su Iglesia, ante la comunidad y ante la sociedad. El diácono casado ha de ser claro testimonio de la santidad del matrimonio y de la familia, alimentada por la oración. Él y su esposa son vivo ejemplo de fidelidad e  indisolubilidad. Y paradigma de cómo pueden ser armonizadas la vida familiar, el trabajo y la misión evangélica (Ratio 68).

-        El sacramento del matrimonio, que santifica el amor de los esposos y lo constituye signo eficaz del amor con que Cristo se da a la Iglesia, es un don de Dios y ha de alimentar la vida del diácono casado (Directorium 61). Vivido en la fe, el amor conyugal es para los demás fieles ejemplo de amor en Cristo. La plegaria común puede ayudar a conseguir la unidad de vida (ministerio-familia) (Directorium 61).

 

Queda claro en los documentos citados que la espiritualidad propia del diácono casado es la del servicio, integrada en la espiritualidad conyugal.  El diácono es icono de Cristo servidor, en la Iglesia y en el mundo. Cristo es el ejemplo que hemos de contemplar: el apóstol Pablo afirma en su Epístola a los Filipenses (Flp 2,7) que Cristo siendo de condición divina, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo; el Evangelio  nos relata que Cristo dice a sus discípulos que no ha venido a ser servido sino a servir (Mt 20, 28), que está entre ellos como el que sirve (Lc 22, 27) y que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor (Mc 10, 43); finalmente, en la última Cena, Jesús realiza el gesto humilde, reservado a los esclavos, de lavar los pies a sus discípulos, dándoles ejemplo de servicio y amor recíproco  (Jn 13, 5-15).

Así pues, el servicio tiene un fundamento cristológico.  El servicio del diácono en la Iglesia y en el mundo es un servicio signo del amor de Cristo, que sigue sirviendo y salvando a la humanidad.

El ministerio ordenado es un don de Dios a su Iglesia y es un servicio (diaconía) al Pueblo de Dios. El diácono, en su ordenación, recibe el Espíritu Santo, que le concede la gracia de ser configurado a Cristo Servidor, para llevar a cabo su ministerio fielmente.

 

El hombre casado que recibe el sacramento del orden en el grado del diaconado, ha recibido primero el sacramento del matrimonio; la gracia del Espíritu Santo hace que los esposos se amen como Cristo ama a su esposa, la Iglesia. Procurando cada uno de los cónyuges el bien del otro, la nueva familia deviene Iglesia doméstica, en cuyo seno se vive el amor y el servicio. Esta Iglesia doméstica está abierta a la Iglesia diocesana y universal, y también al mundo, con respeto y generosidad. El testimonio de vida del diácono casado se realiza a través de la unión de diaconado y matrimonio; el diácono es testimonio del amor de Cristo en su vida familiar y en su vida ministerial, en la Iglesia.

 

La gracia del sacramento del orden fortalece y purifica la vida matrimonial y familiar; la gracia del sacramento del matrimonio, también sacramento al servicio de la comunión, como el sacramento del orden, fecunda y da solidez a la vida ministerial del diácono. La vida del diácono casado debiera ser reflejo de una composición musical coral, cuya melodía fuese: “El amor de Dios”; las diferentes voces cantarían: “Dios me  ama”, “Dios ama a mi esposa”, “Dios ama a mis hijos”, “Dios ama a mi comunidad”,  “Dios ama a la Iglesia”, “Dios ama al mundo”…. No puede faltar ninguna voz y todas tienen su lugar y su importancia; todas han de conjugarse armónicamente.

 

Resumiendo, pues: La espiritualidad propia del diácono es la de servicio; la del diácono casado ha de estar matizada y enriquecida por la espiritualidad propia de su estado de vida, el matrimonial. La oración fecunda esta espiritualidad. En el caso del diácono casado, la oración con la esposa fortalece el ministerio diaconal y la vida matrimonial y familiar de ambos. En la oración, el esposo encuentra la fuerza para llevar a cabo su misión ministerial y su vida de entrega y servicio a la esposa y los hijos; la esposa encuentra la fuerza para darle amor, comprensión y apoyo; también la espiritualidad propia de la esposa del diácono es la del servicio. En la oración ambos encuentran la fuerza del Espíritu Santo para compartir con generosidad y amor sus vidas, día a día, y para servir a los hermanos, en especial a los más pobres y alejados, siendo testimonios del amor de Cristo en la familia, la Iglesia y el mundo.