Son las 7 de la mañana del primer día. Después del desayuno nos vestimos y tras darnos la crema para los pies, comenzamos a preparar la mochila; de principio, lo que nos hace falta para el día; somos afortunados y no tenemos que cargar con todo el equipaje. Agua, capa, otros zapatos, ropa de cambio, comida, fruta, barritas energéticas, cámara de fotos, bastones, sombrero…

Al cogerla nos llama la atención cuánto pesa. Pero con la ilusión de unos primerizos comenzamos la andadura que tantas veces habíamos soñado.

Al terminar la jornada, tras 7 horas de andar, nos damos cuenta que la mochila sigue pesando, que no hemos comido tanto, que con una cantimplora valía… La habíamos cargado demasiado.

Tras unos días de marcha, al comenzar,  mirábamos el pronóstico del tiempo y adecuábamos la mochila a la etapa, a lo  que teníamos que andar. Poco a poco  la mochila se redujo de peso y comenzamos, normalmente,  la andadura con sandalias. Las pesadas botas se quedaban en la autocaravana …  Recordábamos un  canto de la comunidad de Taizé, con letra de Santa Teresa de Jesús, que dice: “Nada te turbe, nada te espante, solo Dios basta”

Esa fue la lección de la mochila: “Hay que llevar lo necesario”

Cuando comenzamos como diáconos un proyecto, muchas veces queremos tenerlo todo atado, muy atado. Aparecen muchos “por si acaso” que intentamos resolver;  llenamos nuestra agenda, hacemos cursos, nos aseguramos de tenerlo programado… Al final, necesitamos tantas cosas que, o nos paraliza o nos lastra, de manera que hace que nos quedemos quietos.

Cuántos proyectos se quedan en nuestras cabezas porque parece que nos faltan recursos, fuerzas…. “Nada te turbe, nada te espante…”

Lógicamente, para echar a andar hacen falta unos medios mínimos, unas previsiones para saber lo que se necesita, pero al final es el propio camino el que te enseña realmente sus necesidades. Pero algo tendremos que dejarle al Espíritu, pues ¿somos o no las manos , los pies, los ojos  y los oídos de Jesús Servidor?

No se puede ser imprudente, si es invierno no se puede empezar con ropa de verano, pero hay que echarse al camino. Es en el camino donde también se encuentran los recursos, donde se encuentra a las personas que te ayudan y te orientan, que te animan si te ven decaído, que te ofrecen una sonrisa con su deseo de “buen camino”; el camino, si es verdadero, te va dando lo que vas necesitando.

Hay que llevar mochila, pero la mejor mochila es la que pesa lo justo y no lastra nuestra marcha, la que tiene lo necesario para cuando lo necesitas de verdad.

¿Y cuál es mi camino, cuál es mi mochila?. Como diacono permanente, ¿de qué estaba llena mi mochila?.

Mi mochila quiere tener  la carga justa de fraternidad para soportar los envites de la vida diaria, a mis hermanos diáconos con los que se puede contar, rezar, reflexionar, pasar buenos ratos, la formación precisa, el valor de tirarme al camino. En mi mochila está la oración, que me alimenta, aunque a veces escasea; tendría que meter un poco más.

En mi mochila están los monjes, a los que acudir para resolver las dudas, para recogerme con ellos; en mi mochila están las gafas de ver las señales; en mi mochila están las  necesidades de mis hermanos sin techo, enfermos, mayores, viudas, mi comunidad, excluidos de la Iglesia.

En mi mochila no iba mi mujer, no iba Jesús, pues los tenía sujetos de la mano; eran mis bastones. Pero a esto le dedicaré otra reflexión.

Juan, diácono permanente de Bilbao, España, en camino con mi esposa Raquel.