LA SACRAMENTALIDAD DEL DIACONADO DENTRO DEL SACRAMENTO DEL ORDEN

En la cultura contemporánea pocos captan la diferencia que pueda haber entre lo que “hace” un diácono y lo que puede hacer un laico. Nos encontramos con el tema clásico de las potestates, a las que la mentalidad moderna, sensible a la efi cacia, da nueva importancia. ¿Qué puede hacer un diácono que no pueda hacer un laico?

Entre los bautizados, algunos son investidos de un ministerio mediante una “ordenación”, es decir, mediante una imposición de manos acompañada de una epiclesis y de una oración consecratoria. El sacramento del orden se remonta a una institución de Cristo, atestiguada y transmitida por los apóstoles. En virtud de este sacramento, algunos bautizados son puestos en la iglesia en relación con los doce que Cristo escogió y envió, dándoles la gracia de poder servir a la iglesia con la autoridad de Cristo y de congregarla en el Espíritu Santo.

Apostolicidad de la fe

En tanto que sucesores de la función de los apóstoles, los obispos –y sus colaboradores en el ministerio– no crean ellos mismos la apostolicidad de la fe, sino que la reciben de la iglesia, la atestiguan y la garantizan. Es este servicio de testimonio de la fe apostólica lo que el sacramento del orden transmite, sancionando la apostolicidad del ministerio: los obispos reciben el “ministerio de la comunidad” para ejercerlo con la ayuda de los presbíteros y de los diáconos (cf. LG 20b). El diaconado es, pues, “sacramento del ministerio apostólico” (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1536): es parte integrante del ministerio de la sucesión apostólica, y los diáconos participan a su manera en la misión que los apóstoles y sus sucesores recibieron de Cristo.

Es a través de este ministerio apostólico como Cristo resucitado, mediante su Espíritu, construye su iglesia. El Vaticano II afi rmó con fórmula feliz que los que han recibido el sacramento del orden han sido “instituidos en nombre de Cristo para apacentar a la iglesia mediante la Palabra y la gracia de Dios” (LG 11b).

En orden a servir a la obra del Dios que se revela y a la fe apostólica que lo proclama, los diáconos, como los demás ministros ordenados, son investidos con un sacramento que les toma para toda su vida de manera irreversible -ya que Dios no retira su don- a fi n de que la iglesia entre en estado de misión. El sacramento del orden confiere la gracia que cada uno necesita para servir a la iglesia con la autoridad de Cristo, que es su cabeza y que la congrega en el Espíritu por medio del evangelio y de los sacramentos. Como ministros de la única mediación sacerdotal de Cristo, el obispo y los presbíteros significan el don gratuito de Dios a su pueblo y la ofrenda que éste hace en reciprocidad a través del único sacrificio de Cristo. Por su lado, los diáconos, ministros de la “diaconía de Cristo”, que vino a servir y no a ser servido (cf. Mt 10, 45), significan la vocación diaconal de toda la iglesia que es su cuerpo, dando así testimonio de la autenticidad de la eucaristía que ella celebra.

EL TEMA DEL CARÁCTER

La sacramentalidad del diaconado nos lleva a preguntarnos sobre su “carácter”, es decir su “sello”, lo que lo caracteriza en su sentido propio, su “signifi cado” social y eclesial. El carácter “marca” al ordenado, haciéndole partícipe de la misión de Jesucristo en su triple función profética, sacerdotal y real.

En la doctrina tomista del carácter, éste es un signo “distintivo” que denota pertenencia y acreditación para el servicio. En términos sociológicos actuales, la marca significa que uno queda acreditado socialmente para una función y un status que le es asignado. El carácter es un signo “configurativo”, en el sentido de figurar o representar la autoridad a la que el individuo pertenece, como en el caso del soldado romano que era marcado con el emblema del emperador.

Cuando decimos “configurativo”, no nos referimos simplemente ni primariamente a una semejanza, sino a una referencia que confiere crédito y protección para el servicio para el cual uno es separado. Esta “configuración” encuentra su sentido y su finalidad en la tarea conferida por la autoridad competente. Dicho de otra manera, es la misión confiada o el destino a una tarea lo que, según Sto. Tomás, se convierte en punto de comparación entre los usos culturales y el carácter sacramental. Por tanto, lo que es decisivo es la significación o finalidad del “marcaje”, es decir, el nuevo destino que Cristo, en y por la comunidad de culto de la iglesia, da al que se somete al ritual correspondiente.

Carácter y potestas

El sacramento es carácter: el rito da carácter en el sacramento porque, de una parte, significa por el hecho de distinguir de los demás (en el bautismo y confirmación distinguiendo de los infieles, y en la ordenación distinguiendo de los laicos); y, por otra parte, refiere a un tercero (a saber, Dios, que otorga comunión de vida en el bautismo y la confirmación, o que destina al servicio de esta comunión en el orden). Desde este punto de vista, el carácter es una potestas, una capacitación o habilitación.

En Sto. Tomás el carácter es un efecto del sacerdocio de Cristo: es una configuración con éste, es decir, se refiere a Cristo como tal. En todo sacramento que confiere carácter, éste no imprime una semejanza con un aspecto de Cristo, sino más bien una referencia al mismo Cristo. Este es el sentido que me parece más cercano al verbo latino configurare. De manera semejante a como lo son los obispos y los presbíteros, los diáconos son ordenados, es decir, enviados al servicio de la iglesia y distinguidos de los otros en su misión, a la vez que referidos a la fuente de su misión, a Cristo, así como al pueblo de Dios al que son destinados.

El Vaticano II no menciona el carácter sacramental en relación con el diaconado. Al contrario, el Motu Proprio Sacrum Diaconatus Ordinem (1967) habla del “carácter indeleble” del diaconado. El índice analítico del Catecismo de 1997, en la voz “carácter sacramental” remite a la ordenación sacerdotal sin hacer referencia explícita al diaconado; pero cuando en el texto (nº 1570) habla del tema dice: “Los diáconos participan de una manera especial en la misión y la gracia de Cristo (cf. LG 41; AG 16). El sacramento del orden los marcó con un sello (“carácter”) que nadie puede hacer desaparecer y que los confi gura con Cristo, que se hizo “diácono”, es decir, servidor de todos (cf. Mc 10, 45; Lc 22, 27; S. Policarpo Ep. 5, 2). Y cuando trata de los efectos del sacramento del orden, el Catecismo distingue, por una parte, el carácter “indeleble” (nº. 1581-1584), y, por otra, la gracia del Espíritu Santo (nº. 1585-1589), afi rmando que ésta “confi gura con Cristo Sacerdote, Maestro y Pastor, de quien el ordenado es constituido ministro” (nº 1585).