Testimonio de Iñaki Abaunz y José Tejada, últimos diáconos permanentes de Donosti (España)

Recogido del diario Vasco 

Macarena Tejada

Ambos coinciden en que la fe «sigue viva» y están convencidos de dar el paso a convertirse en ayudantes del sacerdote.

Iñaki Abaunz, azpeitiarra de 49 años, y José Tejada, bergatarra de 46 años, recibieron la llamada de Dios en momentos muy diferentes de sus vidas. Independientemente de cuándo les reclamó, “lo que más nos importa es para qué lo hizo”. Aseguran que en ningún momento pusieron en duda esta señal, por eso, ambos decidieron seguir hacia delante y mañana a las siete de la tarde se ordenarán diáconos permanentes en la catedral  del Buen Pastor, en Donostia.

Si alguien le hubiera dicho a Tejada con veinte años que de mayor iba  a hacerse diácono, no se lo hubiera creído, incluso se hubiera reído de él. En su familia nadie es creyente y él tampoco lo era hasta que con “28 años me convertí. Estaba convencido de que no existía nada, pero a través de un testimonio de un chico que había estado en la droga empecé a pensar de manera diferente. Me impactó mucho y, sin cambiar nada en mi vida, cambió todo. Después conocí a mi mujer en un grupo de oración de Elgoibar y desde entonces hemos caminado juntos, pero de diferente manera”.

La andadura de Abaunz ha sido totalmente opuesta «Soy jesuita entre comillas, y fueron ellos quienes me enseñaron a preguntarme qué hacer por Dios. He estado años in­tentando buscarle una respuesta a este interrogante», reflexiona y aña­de convencido que «este es el resul­tado de un proceso de vida. Duran­te mucho tiempo he estado retra­sando la contestación, pero sabien­do que no era lo correcto. Por eso he decidido que ahora es el momento de tirar para adelante».

Esta figura, que cuenta con una gran antigüedad, es una de las más desconocidas en el ámbito de la Igle­sia. A priori, un diácono es el ayu­dante del sacerdote, pero sus funcio­nes son múltiples, ya que su acción pastoral se concreta en la caridad, la liturgia y la palabra. Tejada explica que «la primera labor del diácono de­bería ser preparar a la comunidad para recibir al sacerdote. Llevar el tema económico de la parroquia, los asuntos pastorales y ayudar a la gen­te más pobre con sus necesidades». En definitiva, se encarga de «apoyar a los seculares. También puede ha­cer una celebración de la palabra, bautizar o casar, pero siempre cu­briendo la falta de presbítero. No se puede hacer más de lo que el Señor nos ayude y nos muestre y que hu­manamente se pueda desarrollar».

Solo tres

Con estas ocupaciones en mente, Abaunz y Tejada se unirán a Mikel Iraundegi, único diácono permanen­te diocesano que hay en la actuali­dad en la diócesis de San Sebastián. En España, según datos de la Confe­rencia Episcopal de 2014, hay 405 hombres que ocupan este puesto. Las cifras son bajas si se tiene en cuenta el total de la población del país, casi 47 millones de personas. A pesar de estos datos, Abaunz, que es profesor de Psicología en Deusto, se­ñala que «en grupo la gente dice que no le interesa la religión, pero, en muchas ocasiones, me han venido alumnos al despacho a preguntarme a ver qué es eso en lo que yo creo».

Su compañero se muestra de acuerdo y hace hincapié en que «este Dios está vivo. Como dice la Escritu­ra, si Dios Padre quisiera, debajo de las piedras saldrían hijos de Abraham. Yo lo he visto en mí, que esta­ba muy lejos de esto. Creo que lo mío era ignorancia y nadie me había ex­plicado esta realidad».

A la pregunta de por qué hacerse diácono permanente ahora, Tejada responde sin tapujos que se trata de algo que «ha llegado sin buscarlo» a raíz de impartir catequesis en Mendaro, lo que le puso en contacto con José Ignacio Munilla, obispo de Donostia. Su mujer también es creyen­te, por eso, «a pesar de que ninguno de nosotros sabíamos qué suponía ser diácono, cuando José Ignacio nos dijo que me iba a ordenar ahora nos informamos y ella, al igual que yo, decidió que íbamos a seguir con el proceso».

Para ser diácono uno puede estar casado y tener hijos, como el bergararra, que tiene un niño de 9 años y una niña de 4. Abaunz, por su parte, también vive en matrimonio y cuen­ta que para poder ocupar este nue­vo cargo eclesiástico «la mujer tiene que firmar voluntariamente un pa­pel donde asegura que está de acuer­do en que su marido ocupe ese pues­to. No se trata de elegir si estoy ca­sado o soy diácono, sino que mi ca­rácter de diácono debe reforzar la vida en pareja, y viceversa».

Como el matrimonio

Así las cosas, ambos se muestran mentalizados de la «enorme impor­tancia» de proclamarse diáconos, ya que es un «sacramento» que se ase­meja al recibido en el matrimonio. Ahora los dos lo tienen claro, ya no hay vuelta atrás, y en caso de que existiera la posibilidad de cambiar de opinión, todo apunta a que nin­guno lo haría. Sin embargo, no siem­pre han estado tan seguros de ello.

En momentos como este, en los que una decisión cambia por com­pleto la vida de uno, el apoyo fami­liar es necesario. Tanto Tejada como Abaunz cuentan con el respaldo de sus correspondientes parejas, pero el primero no disfruta tanto como de­searía de ese gran amparo que supo­nen personas tan importantes como pueden ser los padres o los herma­nos. Al proceder de una familia ale­jada de este mundo, el bergararra de­talla que «me respetan pero no aco­gen la realidad que vivo, no entien­den el paso que voy a dar. Por suer­te, a mí se me hace muy fácil usar la misericordia porque era como ellos. Para mí es muy fácil convivir con ellos, pero para ellos es complicado, ya que no saben cómo acogerme».

 

 

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