“Sigue misionando, no desmayes”

Diác. Lorenzo Isaías Licea Vargas
El 22 de Septiembre del 2015, se ha convertido en un día inolvidable para el Diácono Permanente de la Arquidiócesis de Santiago de Cuba José Vicente Vals.
José Vicente, como le llaman cariñosamente sus amigos, se ha dedicado por muchos años a llevar el mensaje de Amor, Paz y Alegría de Jesucristo a los presos y lugares intrincados de la provincia de Santiago de Cuba. No había para él un fin de semana que no se entregara de corazón a este empeño humano y decoroso.
Corría el mes de Marzo del 2012 y el pueblo santiaguero se encontraba inmerso en los preparativos para el recibimiento del Papa Benedicto XVI. Los misioneros de la Arquidiócesis estaban enfrascados también en este arduo trabajo, y el diácono José Vicente, quien acompañaría al Papa en el Presbiterio, en la misa que se celebraría en La Plaza Antonio Maceo, era uno más de aquellos que se entregaron a la misión en cuerpo y alma.
El sábado 10 de Marzo, después de haber visitado una de las comunidades que animaba, en el regreso a su casa, fue víctima de un acto indolente y vandálico, que troncharía todo su sueño para este magno evento de los católicos cubanos. La camioneta rústica de la década del 40, en que se trasladaba el diácono, fue apedreada sin justificación alguna. Una de las piedras lanzadas lo alcanzó, provocándole una fractura de cráneo con lesiones severas en la masa encefálica, que lo marcó con una hemiplejia y el mal de Párkinson para el resto de su vida.
Muchos pensaron que este episodio acabaría con el espíritu misionero de José Vicente, quien había perdido, por un lado la salud física y, por otro, la oportunidad de servir en una celebración que podía ser solo una vez en la vida, al lado de un Sumo Pontífice.
Pero este hombre lleno de Paz y Bien, palabras que le gusta utilizar en sus saludos, no claudicó, y con su cruz a cuesta, como discípulo obediente de Cristo, dejando a todos estupefactos, recomenzó, aproximadamente después de un año, a visitar la prisión y a otra comunidad; ésta ya no tan lejos de la ciudad, pero sí un poco distante de su hogar.
Pero Dios, a quien nadie le gana en generosidad, le tenía deparada una gran sorpresa. En el mes de Abril del 2015 el Papa Francisco anunciaba su visita a Cuba. El 22 de Septiembre presidiría la Santa Misa en la Basílica Menor del Santuario de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre y serían invitados a esta Celebración Eucarística los misioneros de toda la Isla.
El diácono José Vicente Vals estaría presente, el señor arzobispo de Santiago de Cuba le reservaría un asiento de honor en la primera fila. Revestido con los ornamentos propios del diácono, ocupó su puesto en la madrugada del día 22, haciendo como es costumbre un Rosario a la Madre de los cubanos la Virgen de la Caridad, al cual se le unió un hermano en el ministerio.
La misa con el Pontífice comenzó a las 8 de la mañana. A José Vicente se le veía invadido de regocijo, estaba a unos metros del Pontífice; todavía era impensable para él lo que ocurriría. Al finalizar la Celebración, en el pasillo Central, Monseñor Dionisio García Arzobispo de la arquidiócesis de Santiago de Cuba, lo presentaba al Papa Francisco. De pie sin apenas equilibrio, sujeto por su Obispo le estrecharía la mano al Papa de los pobres, al “misionero de la misericordia”. Allí, en el centro del Santuario, se entabló un diálogo fraterno y significativo.
El Papa, con su mirada profunda, tierna y con el rostro fijo en aquel hombre de Dios, le escuchó decir todo lo que todavía hacía por el Reino. “Su Santidad ore por los presos, por sus familias y por todos los misioneros”, terminó diciéndole al sucesor de Pedro.
Con una sonrisa que alegraría al más desdichado e infeliz del mundo el Obispo de Roma respondió: “Sigue misionando, no desmayes, sigue misionando”.
Admirado y lleno de un gozo que nada ni nadie puede arrebatar, el diácono José Vicente retornó a su hogar con su esposa donde le esperaban hijos y nietos para felicitarlo por el gran acontecimiento; llevando en su corazón un mensaje que para él tiene más valor que todo el oro y todas las riquezas del mundo.

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