Refugiados

REFUGIADOS
Alberto Jáimez, Diácono.

Hace muy poquitos meses que fui ordenado diácono permanente. Y durante los años que duró mi preparación para ello aprendí a qué me comprometía mi ordenación. La primera cuestión es que Jesús de Nazaret, como primer diácono,  nos dice que aquello que Él ha hecho por nosotros, lo hagamos nosotros por los demás. De hecho, la espiritualidad de un diácono se asienta fundamentalmente en el servicio tal como lo hizo Jesús, que no vino a ser servido sino a servir. Entre las funciones de un diácono, el nº 11 del Directorio para la formación, ministerio y vida de los diáconos permanentes de la diócesis de Bilbao recuerda que una de las tareas del diácono es la de ser intérprete de las necesidades de las comunidades cristianas. Esto tiene su origen en documentos de la Iglesia primitiva. La Traditio Apostólica, en el siglo III, menciona que el diácono indica dónde están los enfermos de la comunidad. La Didascalia, una obra escrita en Siria en el siglo III, llama al diácono “operario de la verdad”, y les encarga que se ocupen de la acogida de los forasteros que llegan a la comunidad. Según un autor del siglo IV el diácono es el “ojo de la Iglesia”. También en una obrita del siglo V, “De septem ordinibus Ecclesiae”, se dice que el diácono recuerda a la comunidad las prerrogativas del humilde y el pobre, y es testigo ante ellos de la humildad y de la pobreza. Y el Testamentum Domini del siglo V, dice que el diácono es un guía para los emigrantes y para los exiliados.

A qué viene toda esta catequesis, a que en definitiva, se está indicando que el diácono es testigo del celo por el Reino de Dios y testigo de su justicia, que el diácono ayuda a mirar la vida con los ojos de Dios, y desde estos ojos, desde la experiencia de Dios, analiza la realidad histórica para discernir los signos de los tiempos, es decir, los acontecimientos por los que Dios pasa por la historia, siendo en este sentido defensor en la causa de los pobres, débiles y marginados. Es decir, el diácono es profeta. Y desde hace días, como diácono, tengo necesidad de ejercer la profecía. Estoy avergonzado, sí, y tengo vergüenza porque soy europeo.

Hace 70 años, la Europa de mis abuelos, hundida en una postguerra como nunca había conocido la historia, fue capaz de acoger millones de refugiados. Mi abuela misma fue refugiada durante la Guerra Civil. Todos podemos contar historias parecidas. En enero de 1937 la guerra llegó a Alhama de Granada y desde allí mi abuela, siendo niña, huyó hacia Málaga, pero en febrero hubo un ataque a la ciudad y fue ordenada su evacuación. Así, mi abuela se vio en medio de un éxodo humano hacia Almería. La guerra quiso que las largas filas de civiles fueran bombardeadas desde el mar por barcos de guerra. Mi abuela fue testigo involuntario de lo que se llamó posteriormente la Masacre de la carretera Málaga-Almería. Norman Bethune describió aquel éxodo como la más horrible evacuación de una ciudad que hayan visto nuestros tiempos.

Mi abuela murió hace poco y no ha sido testigo  de cómo una Europa hundida en el bienestar, el hedonismo, la despreocupación y la comodidad, es capaz de cerrar las fronteras y abandonar a su suerte en medio del barro del invierno al drama humano provocado por la guerra de Siria y el islamismo del DAESH. La diferencia entre la Europa de mis abuelos y esta Europa está en el egoísmo, la falta de valores, la inhumanidad. Ante la falta de una acción europea común y solidaria, cada país trata de arreglar el problema de la forma que puede, casi siempre de forma expeditiva; deportaciones, confiscación de bienes, represión policial, lo estamos viendo en el telediario. No es que Europa esté fracasando, sino que ya ha fracasado estrepitosamente a la hora de asumir sus responsabilidades y de responder ante las necesidades urgentes de asistencia y protección de cientos de miles de hombres, mujeres y sobre todo de niños.

Los gobiernos de la Unión Europea, si es que aún se puede hablar de Unión, no han sabido, más bien no han querido, abordar las necesidades humanitarias y médicas urgentes de los migrantes que están llegando a sus fronteras exteriores. Las políticas europeas están contribuyendo a empeorar esta crisis. La respuesta ha sido en primer lugar, una utilización partidista donde hay más carteles de “welcome refugees” que voluntad política de ayuda, y en segundo lugar, el racismo contra familias que escapan de un conflicto armado, un tercio son niños que en muchas ocasiones viajan solos. El rechazo oficial de la Unión Europea por medio del último acuerdo firmado por las instituciones supone la degeneración de nuestro sistema sociopolítico. En el fondo late una hostilidad nacionalista entre los propios países europeos que hace que la desconfianza y la falsedad se propague.

Tras la II Guerra Mundial los teólogos se preguntaban cómo hablar de Dios, cómo rezar después de lo que había ocurrido, después de Auschwitz. Yo me pregunto si es posible orar volviendo la espalda a la catástrofe de la que estamos siendo testigos, cómo hablar de Dios y del ser humano como si a la vista de tal desastre humanitario no hubiera que comprobar la posible ignorancia de nuestras palabras humanas. Me inquieta la apatía del cristiano, y considero que sería necesario ser religioso desde la conciencia del problema de los refugiados, no con la intención de dar un sentido teológico o una revisión cristiana de la catástrofe, sino concibiendo a partir de ahora mi fe como una crítica a la humanidad. Vivimos en una época de amnesia cultural. Nietzsche, que ha acabado teniendo razón, postulaba la desaparición del cristianismo mediante la consideración de la caridad y la misericordia como una perversa debilidad del ser humano. O lo que es lo mismo, tanto en la dicha como en el sufrimiento solo hay una cosa por la que creemos encontrar la felicidad; la posibilidad del olvido. Quién no se deja llevar por el olvido, por la amnesia, para poder sonreír después de ver un telediario. La memoria del sufrimiento ajeno ha sido siempre una categoría débil, y pensamos que contra estas historias de dolor y atrocidad la única arma está en el olvido, en el despiste.

En la época de mis abuelos el paradigma era Auschwitz, en la época de mis padres lo fue Vietnam, Bosnia o Ruanda, hoy los botes de humo contra niños en las fronteras de Macedonia. La pregunta que podemos hacernos no es sólo dónde está Dios en las fronteras exteriores de la Unión Europea, sino dónde está el ser humano. Siempre me ha llamado la atención lo que es capaz de hacer el ser humano con otro ser humano, cómo es capaz de destrozar ese lazo divino existente entre ambos, y siempre he sentido una especie de vergüenza metafísica y moral, porque no hay dolor humano que no tenga que ver con nosotros y no hay grito de una persona que sufre que no vaya dirigido a todos los oídos. Y esta sensación nos hace ocultarnos detrás de nuestras rutinas. Nos escondemos porque como decía Nietzsche, todo espíritu profundo necesita una máscara.

No nos fustiguemos, detrás de la máscara nace el deseo de misericordia, de caridad y amor, de restaurar la verdadera voluntad de Dios. Detrás de la máscara nace la conciencia, la voz de Dios que se presenta como norma de relación entre personas, la voz más interior que nosotros mismos que nos llama a volver al origen de todo bien. En definitiva la vida y la obra humana no debería tener nada de problemático, ni de oscuridad, sino que es algo alegre y transparente, y así deberían entenderlo nuestros políticos. La solución de los problemas no consiste en la arbitraria elección de una de las innumerables posibilidades, sino que consiste en la total sencillez de la auténtica acción humana, para la que nunca hay demasiadas posibilidades, sino siempre una. Esta única posibilidad, y esto deberían saberlo nuestros políticos, consiste en lo que Jesús llama voluntad de Dios. Y solo hay una voluntad de Dios, que suele esconderse a causa de nuestra ceguera espiritual entre otras muchas posibilidades, entre las opciones más difíciles. La voluntad de Dios es el amor. Así de claro y de sencillo.

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