Primer diácono permanente fallecido por coronavirus en España: José María Venturo García, de Madrid

El 11 de marzo falleció en Madrid el diácono permanente José María Venturo García, a los 74 años de edad. Primer clérigo fallecido de esta archidiócesis, después le han seguido veinte sacerdotes.

José María era Natural de Palomero (Cáceres), fue ordenado diácono permanente el 30 de abril de 2005 en Madrid. Ejerció el ministerio diaconal en Santa María del Pozo y Santa Marta (2005-2008); San Pedro Advíncula (2008-2015); Santa Eulalia de Mérida (2015-2019) y, desde 2019, de nuevo en Santa María del Pozo y Santa Marta.

Adjuntamos la reseña que hizo el diácono Orlando Ojeda González

«MI HERMANO JOSÉ MARIA» despedida al diácono José Mª Venturo

La noticia del fallecimiento el pasado 11 de marzo de nuestro hermano diácono José María Venturo García nos sorprendió a todos. Aunque ya nos estábamos percatando cada vez más, de la seriedad de esta pandemia, no imaginábamos que nos tocaría de un modo tan cercano en la persona de este hermano querido. La rapidez con la que se desarrollaron los acontecimientos nos dejaba sorprendidos y sin palabras, pues no habíamos tenido ese tiempo de saber que había contraído la enfermedad y que de cierta manera nos hace suponer, como posible, un desenlace así. Lo mismo ha sucedido en su familia, entre el temible diagnóstico y su fallecimiento el tiempo ha sido muy breve, no ha habido ese espacio de preparación a la partida del ser querido y eso la hace aún más dolorosa. Luego si sumamos que, por las disposiciones sanitarias actuales para esos casos, no han tenido el consuelo de velarle, el dolor ha sido mucho más intenso.

También a nosotros nos queda el desconsuelo de no haber podido acompañarlo junto a su familia, en ese tránsito a las manos del Padre celebrando sus exequias como él merecía, con sus hermanos diáconos. Cada uno de nosotros, de manera privada, individualmente en nuestras parroquias hemos elevado nuestra oración común pidiéndole al Padre que premie a José María por su ministerio diaconal bien cumplido en absoluta fidelidad a la Iglesia. Pero nos ha quedado pendiente esa Misa Exequial propia del ministerio que él llevaba con orgullo.

Y es que José María se nos ha ido como de puntillas, con esa discreción y sencillez que siempre lo caracterizó. Como en las varias ocasiones en que, tras finalizar nuestras actividades diaconales, yo lo buscaba para llevarlo a su casa y él ya se había marchado para evitarme ese trabajo…

Nunca buscaba el modo de sobresalir en nada ni destacar por encima de otros. Si con solo una palabra tuviéramos que describir su modo de ser y su vida entera, esa palabra sería sencillez. Recuerdo que cuando preparábamos nuestra ceremonia de ordenación y yo insistía en destacar el carácter solemne de la celebración, José María solía repetirme continuamente: “a mí me gustan las cosas sencillas”; y bien que lo demostró a lo largo de su vida.

En su modo de ser y actuar prevalecía la humildad, esa cualidad de que debe adornar la vida del diácono y que en él afloraba de manera natural y espontánea.

Del ejercicio de su ministerio mucho podrían decirnos los párrocos y feligreses de las parroquias “Santa María del Pozo y Santa Marta”; “San Pedro Advíncula” y “Santa Eulalia de Mérida” donde ejerció su diaconado, pero fui testigo de que en cada uno de esos destinos él supo cumplir sus funciones con obediencia y entrega. Y eso sin alterar sus deberes familiares en ese equilibrio difícil que hemos de mantener los ministros casados. Él supo dar a cada parte lo suyo sin que se resintiera la otra, algo que se captaba en nuestras conversaciones en las que fluían, de modo natural, detalles de su familia a la que amaba con verdadera pasión, y detalles de sus parroquias de destino en las que ejercía con total entrega.

Los que hemos compartido con Jose María desde los días de formación hasta el final, damos gracias a Dios por el testimonio de vida de este hermano que nos deja a todos un ejemplo de fidelidad a la Iglesia, sin hacer ruido, con esa sencillez que caracterizó su vida.

Adiós hermano querido, desde la Casa del Padre intercede por esa familia preciosa que formaste con Aurora y por esta otra familia diaconal a la que también amaste. Nos queda tu ejemplo y el consuelo de saber que volveremos a encontrarnos contigo en la eterna fiesta del Reino de Dios. Que así sea.

Por el diácono Orlando Ojeda González

Fuente:

https://www.archimadrid.org/

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