LOS DIÁCONOS, GARANTES DE LA APOSTOLICIDAD DE LA FE VIVIDA

Si los ministros vienen a ser servidores de aquello mismo que la comunidad ha de ser y ha de hacer (Y. M. Congar), ¿qué es aquello que el diácono significa realizando y realiza significando en la misión de la iglesia? Los diáconos son llamados, consagrados y enviados para significar la “diaconía de Cristo”, realizándola por Él, con Él y en Él. A la vez, la realizan significándola “en nombre de Cristo y con su autoridad” y con el poder de su Espíritu, en relación con la elección y envío de los doce por Cristo. Así, pues, la diaconía de Cristo da lugar a la “diaconía de la iglesia” en el corazón de la historia. Ella confiere cuerpo eclesial a los seres humanos, a quienes Dios quiere comunicar su vida y revelar su amor. La iglesia da testimonio del Reino que se inauguró en la Pascua de Cristo y en el Pentecostés del Espíritu, trabajando así para su advenimiento en la historia a la espera de su plena realización.

Los diáconos trabajan para que la iglesia se abra a la realización del Reino en la historia. Bajo este aspecto, son enviados a la vez como testigos y como operarios “autorizados”. Siguiendo la dinámica pascual del bautismo, la iglesia, al anunciar la palabra, sirve, celebra y atestigua el restablecimiento de los seres humanos en su dignidad original de hijos de Dios, y a la vez promueve la verdadera fraternidad en la que los pequeños, los pobres y los excluidos son ya desde ahora los primeros invitados a la alianza.

Los diáconos son testigos de lo que la iglesia es y de lo que es llamada a ser en el mundo –servidora y pobre santificándose al tomarse en serio el evangelio–, así como de lo que es llamada a hacer -entrar en la dinámica del don de Cristo por el Espíritu y así compartir la sobreabundancia del amor de Dios.

Diaconía de la caridad

En la triple diaconía del evangelio anunciado, celebrado y vivido por toda la iglesia, los diáconos son llamados a manifestar ante todo la obra del evangelio vivido o “diaconía de la caridad”, poniendo de relieve todo su valor crístico. Su función es la de dar testimonio de que la caridad cristiana emana del don de Cristo a los seres humanos amados por Dios. De esta suerte, los diáconos participan de la solicitud de Cristo por sus hermanos y hermanas en la humanidad. Ahora bien, este amor de Cristo de parte del Padre transfigura nuestros amores, nuestra solidaridad con los demás y nuestra disposición a ayudar a los necesitados. Todo ser humano se convierte en hermano o hermana amados de Dios. El servicio a los humanos se hace inseparable del servicio a Dios. Los diáconos traducirán esta “diaconía de la caridad” al nivel de lo cotidiano dondequiera que la iglesia les envíe. Como ministros de la iglesia expresarán la solicitud de  Cristo por todos los hombres en el corazón de la historia en la que ya está germinando el Reino.

Podríamos tal vez atrevernos a hacer una comparación con lo que fue la intuición fundamental de los sacerdotes obreros. Como ellos, los diáconos son hoy testimonio de la solicitud de Cristo, del amor del Padre y de la acción del Espíritu “en el corazón del mundo”, “en medio de la pasta humana”. Pero, a diferencia de los sacerdotes obreros, los diáconos ya están ordinariamente,desde el comienzo, en esta “pasta humana”: el medio profesional, socio-cultural o asociativo en el que están ocupados, o el servicio caritativo y humanitario de tipo social, sanitario o educativo.

Aun antes de su ordenación, los diáconos se hallaban en estos medios ya como bautizados. Desde entonces, en virtud de su ordenación, son llamados, consagrados y enviados como ministros de la iglesia, servidores del evangelio y testigos autorizados del supremo don de Cristo. Su ordenación les constituye en garantes de la apostolicidad de la fe que requiere de todo bautizado la entrega de sí mismo. Por su inserción secular, sus ocupaciones profanas y sus tareas diaconales en medio de la vida pueden ofrecer un signo vigoroso por el que me atrevería a decir que la iglesia toma cuerpo en un lugar concreto a la espera de la Jerusalén celeste. Desde este punto de vista, gracias a los diáconos, la diaconía de los bautizados que viven en las condiciones seculares se revela en toda su amplitud y profundidad.

El encargo de la caridad como don de la vida de Cristo se halla intrínsecamente ligado a la liturgia en la que se celebra la ofrenda filial de nuestro Maestro y Señor y se vive la acción de gracias por el misterio pascual. La liturgia es para los diáconos un lugar donde dan testimonio de la apostolicidad de la fe. Su actuación litúrgica está al servicio del sacerdocio bautismal de todos, suscitando una participación activa y fecunda de los fieles. Pero, a la vez, está al servicio del ministerio sacerdotal de presidencia a fi n de que éste opere in persona Christi la presencia real del misterio pascual por el que el Espíritu nos santifica y nos hace  una “ofrenda eterna” a gloria del Padre. Es así como el cuerpo eclesial participa del sacerdocio de Cristo, único mediador entre Diosy los hombres (1Tm 2,5). ¿Acasolos diáconos no han de manifestaren la liturgia lo que ellos realizan en sus tareas apostólicas o la función eclesial que les ha sido confiada? Su ministerio puede suscitar entonces, como por un efecto de arrastre, lo que la comunidad está llamada a ser: una iglesia en estado de servicio. Porque una iglesia que no sirve, no sirve para nada. Este es el precio de la autenticidad apostólica del evangelio.