Nuevo libro "Diaconía en las parras de Chile", del diácono Miguel Ángel Herrera Parra I

Publicamos en diez entregas el libro del diácono chileno Miguel Ángel Herrera Parra -colaborador de «Servir en las periferias»- titulado «Diaconía en las parras de Chile».

Se trata de una selección de poemas que Miguel Ángel ha escrito en los ámbitos de lo social, lo eclesial, lo diaconal y lo familiar, en y desde Chile.

Agradecemos a Miguel Ángel su colaboración, reconocemos el valor literario y testimonial de esta obra, y comenzamos con esta entrada la publicación de este libro especial, quien desee leerlo en su integridad en el apartado de «documentos»

“Diaconía en las parras de Chile”

Selección de poemas

Miguel Ángel Herrera Parra

Santiago de Chile, enero de 2019

Don Raúl Silva Henríquez

Hoy lo abrazó Su Amigo,
al que amó con gran cariño,
hoy voló feliz al cielo,
con su corazón de niño.

En la persona sufriente,
en el chico abandonado,
en el joven marginado,
en el trabajador aplastado,
en el campesino explotado,
en el chileno oprimido,
en cada mujer del pueblo,
supo encontrar a Su Amigo.

El amor hacia Él le urgía, a ponerse en movimiento,
a orar y a contemplar, a obrar, a creer y a crear.

Su voz me llega clara,
pidiendo y suplicando,
defendiendo y exhortando,
predicando y profetizando,
en Nombre de Dios, a todos,
que el alma de Chile vive,
que somos personas y hermanos,
que debemos parar el odio,
y hacer una mesa para todos.

Admiro su valentía,
con la que pudo enfrentar,
a los leones hambrientos,
como Daniel, y triunfar.
Admiro su amor concreto,
por los pobres de mi tierra,
admiro su inteligencia,
que hizo iluminar mi espera.

Gracias por su pastoreo,
y por sus sacramentos,
porque en ellos supo dar,
y vencer los mil tormentos.
Hoy ha partido del mundo,
mi «personaje admirado»,
a Dios Padre hoy bendigo,
por lo que Don Raúl me ha dado.

40 años del Diaconado Permanente en Chile

Gracias Dios Padre, por todo,
por bendecir esta tierra,
por llamarnos, a tu modo,
por la fe, que nunca yerra.
Gracias por nuestra esposa,
nuestra familia completa,
que, con Tu Amor, nos rebosa,
y apoyan, hacia Tu meta.

Gracias por nuestra Iglesia,
comprometida y valiente,
Buena Madre, con su ciencia,
que nos formó, fiel, paciente.
Gracias por el Concilio,
que nos ha abierto la puerta,
al diaconado de auxilio,
que sembró esperanza cierta.

Gracias por los Pastores,
proféticos y sonrientes,
que nos dieron las mejores,
enseñanzas tan concientes.
Gracias por la invitación,
al servicio y la acogida,
que en caridad y oración,
te damos, hoy, nuestra vida.

Gracias Señor Jesucristo,
Buen Pastor y Solidario,
porque, a tu lado, yo existo,
me inspiras, en todo horario.
Gracias Espíritu Santo,
dones y años recibidos,
Tú nos fortaleces tanto,
la mente, ojos y oídos.

Te pedimos que no dejes,
inconcluso lo que quieres,
de nosotros, no te alejes,
nuestra alegría, la sientes.

De la mano de María,
diaconal y misionera,
condúcenos a la vía,
de Jesús, que nos libera.

Ustedes son mi Evangelio

Yo camino con vosotros,
desde que se conocieron,
y se distinguen de los otros,
por sus cariños sinceros.

De mi amor han aprendido,
a entenderse y a entregar,
y lo que mi Padre ha unido,
nada podrá separar.

Cultivando lo unitivo,
se funden los dos en uno,
dialogando en lo divino,
humanizando el terruño.

Su alma procreativa,
les hizo crecer felices,
sus hijos, con frente altiva,
son atentos aprendices.

Como mi amor es tan grande,
supieron darle sus manos,
para que esa pareja ande,
tratándolos como hermanos.

¡Oh! ¡Miren como se aman!,
exclaman esos vecinos,
al ver como ustedes sanan,
compartiendo sus destinos.

Yo soy el amigo cierto,
que nunca les abandona,
en el árido desierto,
y en la dicha que perdona.

Ustedes son mi Evangelio,
que todos pueden leer,
y sus años hasta el cielo,
son amor, son paz y bien.

Me falta tanto

No tengo la humildad de aquel mendigo,
ni canto como el trovador del pueblo,
ni escribo como el vate que bendigo,
ni bailo como ese artista en pleno vuelo.

No rezo como la abuela persistente,
ni leo como aprendiz tan absorbente,
ni sueño como los niños de mi frente,
ni sirvo como la madre permanente.

No avanzo como ese párvulo sonriente,
ni creo, como quisiera, inmensamente,
ni pienso como el filósofo valiente,
ni enseño como maestro, mansamente.

No soy lo que quisiera, internamente,
ni comprendo a las personas, santamente,
ni disculpo el mal causado injustamente,
ni amo a los demás, completamente.

Me hace falta hablar menos, tantas veces,
y dejar que fluya más la vida verdadera,
me hace falta hablar más, en ocasiones,
en que la paz se prostituye, cual quimera.

Me falta tanto, para ser mi propio ideal de persona,
y estoy lleno de las maldades que critico,
y estoy harto de mis incoherencias,
y me cansa ir por donde yo no quiero.

Sin embargo,
estoy aquí Señor,
para aprender de ti,
a ser Humano Amor.

Oda al sueño que construimos

El dos mil diez, arco iris, de mil sueños trabajados,
cosechando, tan feliz, en anónimos sembrados.

Todo chileno es mi hermano, vivimos en la amistad,
compartiendo en paz, la mano, con trabajo y dignidad.

Los pobres ya tienen casa, con su esfuerzo y con el mío,
su alegría hoy me abraza, el amor venció al gran frío.

Cada madre es muy amada, por ser persona valiente,
valorada y respetada, por sus hijos, por la gente.

Cada padre es muy activo, educador y modelo,
cercano y positivo, responde con su desvelo.

Cada joven nunca está solo, va aprendiendo cada día,
va creciendo en cada duelo y expresando su alegría.

Nadie es abandonado, en el Chile de mi sueño,
y nadie es humillado, en mi país, más risueño,
y nadie es despojado de su herencia y su valor,
y nadie es mutilado de su historia y su color.

Y todos aman la vida, del principio hasta el final,
y todos forjan, contentos, nueva justicia social,
y todos tienen familia, con la paz y libertad,
que, ciertos, aportarán, a Chile, con su verdad.

Mi sueño es mi compromiso, para vivir más unidos,
para hablar con mi adversario, con vecinos reunidos,
visitando a los sufrientes y a nuestros encarcelados,
rescatando a los poetas, que vuelan por todos lados.

Todo chileno es persona y puede siempre aportar,
con ideas y con gestos, buena laboriosidad,
sabiendo que los problemas, los podemos superar,
pluralistas de esperanzas, ¡plena solidaridad!.

Un diácono “chanta”

Un diácono chanta, espanta,
es el que se cree cura,
es el que grita y no encanta,
y tiene cabeza dura.

Un diácono chanta, arrasa,
se olvida de su señora,
de sus hijos, de su casa,
es sacristán, toda hora.

Un diácono chanta, aleja,
a la gente de la Iglesia,
se refugia en toda queja,
se considera realeza.

Un diácono chanta, calla,
ya no quiere ser profeta,
aparenta ser sin fallas,
y no recuerda su meta.

Un diácono chanta, estima,
que ya lo ha aprendido todo,
que ya ha llegado a la cima,
que ya está limpio del lodo.

Un diácono chanta, espera,
que condecoren su pecho,
con una cruz, por bandera,
por todo el bien que él ha hecho.

Un diácono chanta, rehúye,
compartir con sus hermanos,
se queda solo y concluye,
que lo mejor va en sus manos.

Un diácono chanta, mira,
desprecia su diaconía,
se siente poco y su ira,
amarga con su ironía.

Un diácono verdadero

Un diácono vero, encanta,
pues nunca se siente cura,
y su semilla la planta,
en su familia, y perdura.

Un diácono, es buen esposo,
comparte, fiel, con su esposa,
con sus hijos, amoroso,
en su casa, siempre goza.

Un diácono vero, atrae,
y fortalece a la Iglesia,
y así, feliz, no decae,
y no habla palabra necia.

Un diácono, sí predica,
con su silencio y su vida,
con su trabajo y dedica,
a la oración, su comida.

Un diácono vero, aprende,
valora su formación,
humildemente, comprende,
y cumple bien su misión.

Un diácono vero, sabe,
que Jesús es el Señor,
y le pide que lo lave,
que Él purifique su amor.

Un vero diácono, ama,
vivir en comunidad,
de diáconos, pide y clama,
y crece en fraternidad.

Un diácono vero, quiere,
que otros oigan el llamado,
del Padre, que nos requiere,
y, a servir, nos ha enseñado.

“Los diáconos, apóstoles de las nuevas fronteras”

Estos diáconos son servidores,
como Cristo Jesús Servidor,
que entregan su vida y valores,
con su esposa y familia de Amor.
Peregrinos que son misioneros,
no se instalan en su condición,
hoy se ofrecen, en nuevos senderos,
a llevar, del Señor, bendición.

Son apóstoles enamorados, consagrados en bella misión,
animando a los encarcelados, superando toda la exclusión.
Sus tesoros son miles de pobres,
de la Santa Iglesia, su opción,
que conocen, muy bien, por sus nombres,
que respetan, en paz y oración.

En medio del Pueblo que camina,
en la historia de la Salvación,
abren puertas y el sol ilumina,
compartiendo, en Jesús, Redención.
A emigrantes y a las minorías,
les ayudan en la integración,
día y noche, brindan alegrías,
y su pan y su fe, en la acción.

Enseñando a pescar, son felices,
forman personas, en libertad,
que sanando de sus cicatrices,
los levanta, la Santa Verdad.
A los jóvenes desorientados,
brindan espacios de comunión,
y aún a aquellos que van condenados,
los acogen y dan instrucción.

Con Jesús, en su Eucaristía, con su Palabra de Salvación,
se desbordan su amor y alegría, felices, en su urgente misión.
En las nuevas fronteras del mundo, globalizan solidaridad,
y entregan su afecto profundo,
su esperanza y su fiel caridad.

Ella cree en mí

Ella piensa que soy, mejor de lo que yo soy,
siendo que soy peor de lo que yo quiero ser.

Ella cree que Cristo es toda, toda, mi vida,
y la verdad es que mi yo, es muy grande para acogerlo, plenamente.

Ella me mira como si yo fuera un buen hijo,
pero, realmente, me falta mucho para ser mirado como a un hijo.

Ella percibe que mi oración es pura, fiel, consistente,
sin embargo, oro mal y sin clara permanencia.

Ella me considera el mejor hijo del mundo,
y yo sólo sé que no lo soy.

Ella me mira, me ve y me idealiza,
pues ya lo sé, que se trata de mi madre.

Ella me observa, como si yo fuera un gran personaje,
y frente a ella, me siento como un pequeño niño.

Ella habla, maravillada, sobre mi persona,
y así, comprendo el corazón de una mamá.

Ella cree en mí, con su maternidad tan envolvente,
y eso me basta, para sentirme persona.

Ella cree en mí, más de lo que yo crea, sinceramente,
y se alegra de lo que soy, en la misma onda que Dios.

Como Dios me levanta, cada día,
mi madre me regala su energía,
pues…. ella cree en mí.

No escribas nada

No escribas nada, no escribas,
que te pueden condenar,
por favor, tú no lo digas,
te puede perjudicar.

En medio de conveniencias,
de seguridades fatuas,
mi expresión de preferencias,
se diluirá ante estatuas.

Habla, pero no hables, mira, pero no mires,
anda, pero no andes, aspira, pero no aspires.
Todo está bien, todo mal, todo funciona normal,
no cambies de tu canal, en este tiempo anormal.

Te hace bien hacer tal cosa, aunque no te agrade jamás,
ser persona veleidosa, indolente e incapaz.
Por favor, no digas nada, no pienses nada muy fuerte,
este en un mal cuento de hada, que camina hacia la muerte.

Si la vida es la palabra,
la muerte es una mordaza,
que tu boca no se abra,
ni tu mente, ni tu casa.

No hables con nadie, me pide,
el poder que nos desune,
deshumaniza, e impide,
el amor que nos reúne.

Como en tiempos tan oscuros,
arrecia fuerte ese viento,
que me aparta con sus muros,
y me asfixia con su aliento.

Pero yo, escribo y pienso,
como persona sensible,
en un día tan intenso,
escribir no es imposible.

“Cristo me sigue llamando”

Cristo me está llamando,
en aquellos que buscan su felicidad, en las drogas,
en los migrantes, que son explotados,
y en los ancianos abandonados.

Cristo me llama hoy,
en las familias que se desintegran,
en los trabajadores que sufren injusticias,
y en los consumidores que son abusados.

Cristo me grita en el dolor,
de los niños que viven en la calle,
de las madres que son maltratadas,
de las personas que están encarceladas.

Cristo necesita de mi mano,
en los jóvenes que están amargados,
en las mujeres que son desechadas,
y en los “distintos”, que son violentados.

Cristo me llama hoy,
a mirar, con sus ojos, el mundo,
a sentir, junto a su corazón,
y a servir, con su amor, fiel, profundo.

Cristo me quiere como su diácono,
para liberar a los oprimidos,
para animar a los abatidos,
para compartir con todos mis hermanos.

Cristo me da la oportunidad,
de formar comunidades misioneras,
de ayudar a los crucificados,
y de aprender a servir, de verdad.

Jesús, sin ti, no puedo ser diácono,
no me dejes solo, que tome tu mano,
junto a mi esposa, en tu amor, consagrado,
hasta que el Padre nos llame a su lado.

Gracias Jesús

Gracias,
por el próximo pan,
alimento, que tú me darás,
en este enorme, desierto urbano,
que obstaculiza el encuentro de hermanos.

Gracias, por el agua pura, que tú me regalarás,
que me hace crecer en la sed,
de justicia, de amor,
y de paz.

Gracias por los seres humanos,
que tú me presentarás,
para escuchar,
y así, valorar,
para animar,
y así, comprender.

En el fondo de sus ojos,
de las miradas respetuosas,
estás tú,
en su alma inmortal,
habitándoles,
les liberas del mal.

Gracias, por los próximos pasos,
por las calles,
de tu mundo,
donde siempre están tus huellas,
tus bendiciones,
y el perfume,
de tu humana divinidad.

El alma y el pecado

Al fin has comprendido, alma mía,
el profundo sentido del pecado,
que no es una regla restrictiva,
sino que es una herida al bien amado.

Cuando siento el pecado de mi gula,
es cuando miro a cuánta gente,
dejé sin alimento,
por haberme devorado su comida.

Cuando siento el pecado de mi ira,
es cuando destruí, en un instante,
la obra de paz,
que durante mucho tiempo construí.

Cuando siento el pecado de mi codicia,
es cuando, por seguir mis propios intereses,
soy capaz de acaparar de los demás, sus tesoros.

Cuando siento el pecado de mi lujuria,
es cuando quiero anteponer mi placer,
aquí y ahora, y contamino mi capacidad,
de amar y de donarme al ser amado.

Cuando siento mis pecados, en mi alma,
es cuando borro y acallo a Dios,
y lo que él quisiera de mi persona,
ya que él es puro y perfecto amor.

En mi alma, su amor,
lava mi culpa,
y surgen ríos de agua viva,
que arrasan y se llevan mis pecados,
por todo el tiempo,
hasta mi cita prometida.

Desafíos del Concilio Vaticano IIº

Nuestra Iglesia de Santiago, celebra, reflexionando,
con el clero, junto al laico, va discerniendo y orando.

Con pastores renovados, para anunciarle al mundo,
que, de Dios, somos amados, con su abrazo, fiel, profundo.

Testimonios convincentes, del Concilio, un gran regalo,
para liberar a las gentes, con Cristo, que ahuyenta al malo.

La Dei Verbum nos exhorta, a animar con la Palabra,
bíblica, que conforta, a la humanidad y salva.

Dios dialoga y comunica, se revela en esta historia,
y el Cuerpo de Cristo, implica, somos su amada memoria.

Parroquias, comunidades, servicios y movimientos,
bebiendo de las bondades, de lectio divina, insertos.

El Espíritu Santo aviva, vitaliza a toda la Iglesia,
cristocéntrica, y motiva, pues nunca sufre de amnesia.

La Lumen Gentium, resalta, la iglesia peregrinante,
el Pueblo de Dios, que canta, su diaconía, en todo instante.

La Sacrosanctum Concilium, nos da el calor de liturgia,
celebrativa y conciente, forma su fe, en la vigilia.

Entusiasmo y alegría, proclamación preparada,
con lenguaje y armonía, creativa e inculturada.

La Gaudium et Spes, anima, a ser iglesia, en el mundo,
sabia barca, que se arrima, a dar Vida al moribundo.

De la mano de María, nuestra madre misionera,
intercesora valiente, que nos brinda su amor puro,
a evangelizar y a servir, ayer, y hoy, y al futuro,
con Jesús, que es nuestro vivir,
su corazón de carne, no es duro.

Cada diácono lleva una cruz

Si de Cristo somos manos,
son manos crucificadas,
que mueren por los hermanos,
en misiones asignadas.

Somos, de Cristo, Evangelio,
llevamos buenas noticias,
en la cultura del hielo,
que aturde nuevas primicias.

Somos profetas, que lloran, la injusticia en nuestro mundo,
y, entre angustias, colaboran, con su servicio profundo.
Somos adultos, sonrientes, que ya optamos por la vida,
y entre tantos penitentes, somos alegre fe, asumida.

Somos esposos y padres,
ciudadanos responsables,
entre amigos y compadres,
cristianos, fieles y amables.

Si hay miradas negativas,
si existe la incomprensión,
si invisibilizan, altivas,
nuestro ser, nuestra misión.

Si, en nuestra Iglesia, aún hay miembros,
indiferentes al rol,
del constructor, entre escombros,
que aportamos Luz del Sol.

La cruz, es ya no servir,
y quedarse entristecidos,
sin ganas de sonreír,
por la muerte, ensombrecidos.

No olvidemos que llevamos,
la cruz y resurrección,
de Jesús, a quien amamos,
con el alma y corazón.

La habitación del santo

Un escritorio y una cama,
muy pobres, mil sencillez,
donde recibía a todos,
y fortalecía su fe,
con dulces y su risa amable,
e iluminó como un faro.

Los pasillos del colegio,
que van a esta habitación,
son de baldosas poderosas,
gastadas, con bendición.

Los que caminaron firmes,
a conversar con el santo,
dejaron sus propias huellas,
marcadas, con honda unción.

Sesenta años después,
esas baldosas me gritan,
que Alberto salió a atender,
a sus patroncitos pobres,
a sus jóvenes contentos,
y a miles, con su esperanza,
y con su amor, que perdura.

Sesenta años después,
esas baldosas me gritan,
que Alberto salió a atender,
a sus fieles trabajadores,
a sus felices novicios,
y a miles, con su confianza,
que en la masa, es levadura.

Vayan a ver las baldosas,
que gritan, al corazón,
esas huellas, victoriosas:
“¡Cristo está en la habitación!”.

Decreto de ley

Desde ahora, en adelante,
en todo Chile, decreto,
que se elimine, al instante,
ese comedor completo,
y ese living, rebosante,
por no usarse, yo te reto,
su inutilidad, es ultrajante.

Tus Biblias tan caras, serán expropiadas,
tus vírgenes limpias, serán transportadas,
a otros hogares, donde hay devoción,
lo que tú no usas, tendrá otra misión,
y todos tus hijos, que ya te cansaron,
serán hoy enviados, a otra nación,

Lo que tengas por tener,
y ostentes por ostentar,
será cambiado en tu ser,
lo perderás, sin chistar.

Ama tu esposa y a tu familia,
por amor a sus personas, y tu vigilia,
o así, perderás todo, y nadie te auxilia,
pues lo que tienes y lo que tú eres,
al final, se reconcilia.

Desde ahora, en adelante,
en todo Chile, decreto,
que se elimine, al instante,
ese clóset tan repleto,
y tu bodega, gigante,
por no usarse, yo te reto,
su inequidad, es ultrajante.

Lo que tengas por tener,
y ostentes por ostentar,
será cambiado en tu ser,
lo perderás, sin chistar.

Asaltantes de la fe

Todas las santas mañanas,
se ponen en esa esquina,
a asaltar, con sus mañas,
y a dejar la fe, cochina.
Para ellas, Satanás, es el rey de nuestro mundo,
quien, con su odio, falaz, nos manda todo lo inmundo.
Violaciones y homicidios, asaltos y pedofilia,
los robos y los suicidios, nos da el diablo y su familia.
Asaltantes, veteranas, que nos quieren transformar,
al Jesús de las montañas, por Jehová y su bienestar.
Las asaltantes nos gritan,
que Cristo, es sólo un profeta,
y el amor por él, lo quitan,
por Dios Jehová y su meta.
Su “Atalaya” nos la venden,
sus libros y sus folletos,
con su tono gringo, ofenden,
la fe cristiana, y sus retos.
No quieren las transfusiones,
de la roja sangre humana,
y no rinden los honores,
a la patria ciudadana.
Su fuente y su fundamento,
está en Estados Unidos,
de sectas, su firmamento,
nos quieren ver sometidos.
Nos atrapan en las calles,
y, a domicilio, nos atacan,
para que tu fe, la calles,
de la lengua, te la sacan.
¿Por qué no van al ateo,
y al agnóstico visitan?
¿El católico y su credo,
es la presa, que conquistan?
Asaltantes de la fe,
respeten las libertades,
y nunca apaguen la sed,
de justicia y de verdades.

El día del fin del mundo

Todo se está muriendo, y todo está naciendo,
todo ya está destruido, y todo está renovado,
el día fatal es un día genial, de un Dios creativo,
de un calor sideral, que en su amor vivo y revivo.

No se enojen, si todo está en pie,
si esas “profecías”, que vienen y van,
en cada milenio, se cambia la fe,
y en lo cotidiano, hay hambre de pan.

Tú lo permites todo y nunca te enojas,
aunque te neguemos, aunque te engañemos,
aunque te ofendamos, aunque te matemos,
tú quieres que amemos, y nos perdonemos.

Somos libres para escucharte, y libres para adorarte,
te alejas y vas a mudarte, si, por amenazas, vienen a rezarte.

No te enojas por esas creencias, en platillos voladores,
en mantras y esas esencias, en sectas y en estafadores.

Son un puro “apresto”, pueden preparar a vivir, en serio,
religión y el gesto, del alma, un misterio.

El día del fin del mundo, es un día natural,
rebosante, en lo profundo, de una luz trascendental.

El día del fin del mundo, se descubren corazones,
de piedras y del inmundo, idólatra, y sus razones.

El día del fin del mundo, es santa oportunidad,
de captar el don fecundo, de amar a la humanidad.

El día del fin del mundo, lo precedió una matanza,
en el imperio rotundo, de armas y desconfianza,

Se acaba por fin el mundo, cuando nada va a cambiar,
cuando todo siga igual, y al “otro” hay que matar.

“No me has derrotado”

Aunque creas, que con tu mal,
me has declarado muerto,
como una estatua de sal,
condenado en un desierto.

Te alegras, cuando me alejo,
del amor, puro y verdadero,
y gozas, si yo me quejo,
de mi egoísmo sincero.

Y sacas cuentas alegres,
con mi alma, en tu poder,
maldito diablo, que agredes,
con tu seducción del ser.

Todavía no me arrancas,
mi más rebelde esperanza,
que rompe todas mis trancas,
que de confiar, no se cansa.

No me convencerás nunca,
de hacerme un “dios”, como tú,
ángel bonito y perverso,
que se apartó de la luz.

No me has derrotado,
todavía puedo luchar,
no me has aplastado,
me quiero levantar.


¿Por qué me olvido de Cristo, si él no se olvida de mí?

Hay ciertas horas del día,
en que me olvido de Cristo,
hay ocasiones, en mi vida,
en que, ni a mí, me resisto.

Hay segundos importantes,
de una amnesia funcional,
de los valores fundantes,
por una fijación mental.

Hay instantes y lugares, donde la cruz me abandona,
como en sótanos y hangares, y mi alma, no me perdona.

Hay matices y colores,
hay paisajes, sensaciones,
hay banderas y dolores,
que hacen crisis de emociones.

¿Por qué yo me olvido de Cristo,
si él no se olvida de mí?
¿Por qué yo niego a mi Cristo,
si él no reniega de mí?

Hay momentos de la vida,
de debilidad evidente,
de torpeza, no asumida,
de ateísmo deprimente.

Y vuelve a salir el sol,
y las nubes se despejan,
y vuelvo a marcar un gol,
y las dudas ya se alejan.

¿Por qué me sigue esperando?,
¿por qué me sigue mirando?,
¿por qué me sigue amando?,
¿por qué sigue en mí confiando?.

Y las dudas ya se alejan,
y vuelvo a marcar un gol,
y las nubes se despejan,
y vuelve a salir el sol.

Frases del Chile de hoy

Si tú no estás en la lucha, así, ya nadie te escucha,
si no estás en esta gresca, así, ya nadie te pesca.
La violencia, en la acción, le gana a la conversación,
ya sin sentir emoción, forjamos la revolución.

Si vamos limpiando el lodo, se está comenzando todo,
y en la popular conciencia, se encuentra la pura ciencia.
No a la ley, del hierro, clasista, del Estado terrorista,
que el ciudadano resista, al gran pulpo, privatista.

No a la condonación, de las multas a farmacias,
desangran a la nación, con sus decisiones rancias.
No al lucro en la educación, ni en la salud de la gente,
tenemos justa razón, y la protesta conciente.

Santiago no es el país, respeten a las regiones,
el centralismo es raíz, de profundas divisiones.
Endeudados y engañados, por las cajas e Isapres,
los abuelos marginados, por las pensiones de hambres.

El machismo es cruel y mata, la vida de la mujer,
con su dominio arrebata, su dignidad, su poder.
Los mapuches maltratados, hoy se ignora su cultura,
de sus tierras expulsados, no hay respuesta, con altura.

Anarquía y resistencia, y una enorme decepción,
la democracia, en su esencia, no es arma de sumisión.
Libertad para los presos, y las presas, por luchar,
no a montajes, ni a noticias, que buscan desinformar.

Que maten al asesino, del perrito de la calle,
si al animalista fino, hoy, no hay nadie que lo acalle.
Dios, no les perdones, porque saben lo que hacen,
y se ilumina este mundo, cuando las iglesias arden.

Yo hago siempre lo que quiero, con mi cuerpo y mi carisma,
soy el dios que más prefiero, no me importa crear un cisma.
Dicen que Dios se ha muerto, lo mataron los creyentes,
ya no hay flor en el desierto, puro odio de indiferentes.

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