Ministerio de los diáconos en la Liturgia

 

 

Diác. Gonzalo Eguía

Coordinador de Servir en las periferias

Bilbao, España, 1 de junio de 2017

 

 

El ministerio diaconal es una realidad sacramental en cuanto que forma parte del Sacramento del Orden Sacerdotal. Como tal realidad sacramental tiene que estar radicada en Cristo. La Tradición ha identificado la institución de los Siete (cf. Hch 6,1-6) con los primeros diáconos; esta identificación actualmente está en cuestión.

 

En este intento de vincular el diaconado directamente con el mismo Cristo, la Teología ha mostrado esa conexión en relación con: “la misión de los apóstoles”, o bien  el “lavatorio de los pies en la Última Cena” (“El Diaconado: Evolución y perspectivas”, 2002, CTI). Dejemos al Magisterio eclesial y a la teología el estudio de la forma concreta en que el ministerio diaconal se inserta en Cristo.

 

Con el objetivo, desarrollado a lo largo de las últimas editoriales, de exponer las funciones diaconales, estas líneas desean presentar el ministerio litúrgico de los diáconos, con una especial referencia a la Eucaristía.

 

Habitualmente la Iglesia ha descrito las funciones diaconales comenzando por el servicio a la liturgia, pasando por el de la palabra y terminando por el de la caridad (Lumen Gentium, 29, Ratio nº 7), aparentemente hay una paradoja en este subrayado litúrgico, cuando la misma Iglesia reconoce que el servicio de la caridad es el “ministerio más característico del diácono” (Ratio nº 10).

Esta aparente paradoja tiene que ver con la disociación que en ocasiones se hace entre los tres munera propios del ministerio ordenado, también del diaconal, olvidándose de que, si bien es cierto que la Iglesia a través del ministerio del obispo puede pedir a cada diácono subrayar un servicio concreto de la triada ministerial, los tres ministerios (litúrgico, de la palabra y de la caridad) están íntimamente unidos:  «Si consideramos la profunda naturaleza espiritual de esta diaconía, entonces podemos apreciar mejor la interrelación entre las tres áreas del ministerio tradicionalmente asociadas con el diaconado, es decir, el ministerio de la Palabra, el ministerio del altar y el ministerio de la caridad. Según las circunstancias, una u otra pueden asumir particular importancia en el trabajo individual de un diácono, pero estos tres ministerios están inseparablemente unidos en el servicio del plan redentor de Dios» (Discurso del Papa San Juan Pablo II a los diáconos permanentes de U.S.A, Detroit, 19 de septiembre de 1987).

Es desde esta unión inseparable de la triada ministerial del diácono, desde donde se puede comprender la centralidad del servicio litúrgico, pues este servicio y todo el ministerio diaconal “tiene su punto de partida y de llegada en la Eucaristía” de tal forma que no quede “reducido a un simple servicio social” (Ratio nº 10).

En este sentido, podemos utilizar la referencia anteriormente citada del lavatorio de los pies en la Última Cena (justificada en la Didaskalia XVI, 13) como entronque del ministerio diaconal con Cristo.  Un Cristo servidor que hasta el final se hace siervo-amigo de los hermanos lavándoles los pies, en el marco de la instauración de la Eucaristía y del presbiterado a quien encomienda su presidencia.

Una antigua tradición parece indicar que, debido a que el diácono servía la mesa de los pobres, tenía deberes litúrgicos distintivos en la Mesa del Señor. En este sentido, en la Eucaristía el diácono es una señal visible de la intrínseca relación que existe entre compartir la mesa eucarística del Señor y satisfacer hambres tan agudamente sentidas por los hijos e hijas de Dios, manifestándoles su amor: “La fuente de esta nueva capacidad de amor es la Eucaristía que, no casualmente, caracteriza el ministerio del diácono. El servicio a los pobres es la prolongación lógica del servicio al altar. Palabra, Caridad

y Liturgia quedan de esta forma íntimamente unidas” (Ratio nº 73).  Esta característica orienta todo el ministerio del diácono dentro de la Eucaristía: la participación en el acto penitencial, la proclamación del Evangelio como Buena Noticia del Señor, la predicación, la propuesta de la oración universal, la aceptación de las ofrendas del pueblo y la preparación de las mismas para la Eucaristía, la invitación a compartir la paz, el servicio como ministro ordinario de la comunión y el envío a la comunidad al final de la liturgia eucarística.

Más allá de la larga lista de tareas litúrgicas que la Iglesia encomienda al diácono, nos gustaría subrayar el servicio que este puede prestar en relación con cuatro sacramentos. En primer lugar, los sacramentos del bautismo y del matrimonio, de los cuales es ministro ordinario. Estos sacramentos están vinculados a la pastoral familiar, pastoral de la que el diácono es ministro, agente y en la mayoría de los casos sujeto. El acompañamiento de los novios, de los nuevos esposos, y de las familias cristianas constituye un lugar privilegiado del ministerio del diácono. Es lógico pensar que a quien acompaña pastoralmente en la caridad estas realidades, desde la Palabra de Dios, le corresponda también la celebración de estos sacramentos, por los cuales Dios comunica su gracia; se hace presente en sus vidas.

En segundo lugar queremos referirnos a otros dos Sacramentos cuya presidencia corresponde al presbítero, en los cuales el diácono presta un servicio singular, los sacramentos de la Penitencia y de la Unción de los enfermos. El diácono en su condición de ministro enviado por la Iglesia, acompaña la vida de los hombres y mujeres; en este acompañamiento tienen un valor especial el reconocimiento de la propia limitación, el pecado, la enfermedad y la muerte. El diácono, como hombre de comunión, puede prestar un servicio significativo en los itinerarios de reconciliación que concluyen con la celebración del sacramento de la penitencia. De igual forma, la colaboración de los diáconos en la pastoral de la salud es un momento oportuno para el acompañamiento de quienes pasan por el trance de la enfermedad y del final de la vida, prestando un servicio como portadores, en la debilidad, de la Buena Nueva, de la presencia fortalecedora del viático, y como preparadores para la recepción del sacramento de la unción de los enfermos.

 

Una buena parte del Informativo que hoy llega a tus manos recoge la experiencia de la II Asamblea General, no electiva, de la Comisión Nacional de los diáconos permanentes de Brasil (CND), realizada entre los días 18 y 21 de mayo en Aparecida. La Asamblea ha posibilitado la renovación de los Estatutos del CND. Destacan entre sus aportaciones la comunicación del arzobispo de Porto Alegre, Monseñor Jaime Spengler sobre la “Vocación diaconal en la familia”, y la del diácono José Durán sobre “El diácono en la sociedad y en la Iglesia a la luz de Aparecida”. La Asamblea contó con una participación de 65 mujeres de diáconos que trabajaron durante una mañana con el obispo referente para el CND, monseñor João Francisco Salm, obispo de Tubarão.

 

El Informativo se hace eco de dos buenas noticias: la entrega al diácono Aurelio Ortín, por parte de los obispos de Cataluña (España), de la Cruz Pro Ecclesia et Pontifice; y la defensa de la tesis doctoral del diácono Manuel Moreno Conejo, un estudio sobre la “Recepción del diaconado como grado propio de la jerarquía de la Iglesia instaurado por el Concilio Vaticano II. Consideraciones teológicas y pastorales”.

 

Por último, se ha comenzado a publicar la nueva sección “Retazos del diaconado Iberoamericano…” con dos artículos sobre el origen del diaconado en Uruguay y Costa Rica.

Dentro de tres días apagaremos el Cirio Pascual que nos ha presidido durante todo el tiempo de la Pascua, pedimos al Espíritu Santo poder ser reflejo de esa Luz en medio de nuestro mundo.

En nombre del Equipo de Redacción y Coordinación, un fraternal abrazo.

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