Homilía del obispo de Málaga, España, en la institución de ministerios laicales a tres candidatos al diaconado permanente

ORDENACIÓN DE DIÁCONOS

(Catedral-Málaga, 27 octubre 2018)

 

Lecturas: Ef 4,7-16; Sal 121,1-5; Lc 13,1-9.

Evangelizadores intrépidos

1.- Llamados a evangelizar

Hoy vamos a conferir los ministerios laicales de Lector y Acólito a nuestros hermanos José-Antonio, Salvador y Jesús, candidatos al Diaconado permanente. Y otorgamos a los seminaristas Ernesto, Manuel-Jesús y Quique el ministerio diaconal, en vistas a la ordenación sacerdotal.

El Señor os ha llamado, queridos candidatos al diaconado, a servir a su Iglesia. Él os constituye hoy en heraldos de su Evangelio, profetas de su Palabra, evangelizadores de su Persona, anunciadores de la Buena Nueva: «A cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo» (Ef 4,7). Es voluntad suya; no nuestra. Y nadie debe exigir este ministerio, sino aquel que sea llamado por Dios.

Jesucristo os confía hoy la misión de construir la Iglesia, de manera orgánica: «Él ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelistas, a otros, pastores y doctores» (Ef 4,11),

2.- Servidores del Cuerpo de Cristo

El Señor os llama a ser servidores de su Cuerpo, que es la Iglesia. La finalidad de esta elección y misión no es la realización y el enriquecimiento personal. Hace algunas décadas se hablaba mucho de la realización personal, incluso en el ejercicio del ministerio sacerdotal; menos mal que fue una moda pasajera. Vuestro ministerio es para la edificación de la Iglesia: «Para el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo» (Ef 4,12);

Jesucristo os pide que seáis servidores de su Cuerpo, que es la Iglesia. De ese modo, «todo el cuerpo, bien ajustado y unido a través de todo el complejo de junturas que lo nutren, actuando a la medida de cada parte, se procura el crecimiento del cuerpo, para construcción de sí mismo en el amor» (Ef 4,16).

Y el último objetivo de toda esta organicidad y estructura es llegar a la plenitud en Cristo: «Hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al Hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud» (Ef 4,13).

3.- Faros en la tempestad

El Señor os invita a ser faros en la tempestad. Existen hoy en día muchas doctrinas, ideologías, modas, maneras de pensar; algunas de ellas son contrarias al Evangelio de Jesucristo.

El Señor os llama para que seáis guías en medio de tanta maraña doctrinal; que seáis faros en la tempestad, para que la gente pueda llegar a puerto seguro. Debéis ayudar a vuestros contemporáneos a discernir la verdad, en medio de tantas opiniones, que se erigen como verdaderas y salvadoras; debéis ayudarles a ser críticos ante tanta confusión; debéis ayudarles a ser libres ante tanta manipulación del ser humano; debéis ofrecerles un norte seguro para que no sean «sacudidos por las olas y llevados a la deriva por todo viento de doctrina, en la falacia de los hombres, que con astucia conduce al error» (Ef 4,14).

Las opiniones, las modas, las ideologías, las falsas verdades y otras cosas por el estilo no salvan al hombre. Sólo salva Jesucristo, único Redentor y Salvador de la humanidad. Su persona y su obra debe ser el centro de vuestra predicación. Realizando la verdad en el amor, debéis hacer «crecer todas las cosas hacia él, que es la cabeza: Cristo» (Ef 4,15). Solo Él es la cabeza de toda la humanidad, el guía y pontífice que lleva a la felicidad verdadera.

4.- Dar buen fruto

Jesús explicó en la parábola de la higuera que había que dar buen fruto: «Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró» (Lc 13,6).

El dueño del campo se cansa de cultivar sus árboles, si no dan fruto; y plantea al viñador arrancar el árbol que no da fruto: «Ya ves, tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a perjudicar el terreno?» (Lc 13,7).

El Señor espera de nosotros que demos fruto abundante y bueno. Para eso nos envía. Si no damos fruto, nos cortará y eliminará.

Estáis llamados, queridos candidatos al diaconado, a ser heraldos del Evangelio y a proclamar las Sagrada Escrituras. El Concilio Vaticano II recuerda a los sacerdotes y diáconos la necesidad de sumergirse en las Sagradas Escrituras para dar buen fruto: “Es necesario, pues, que todos los clérigos, sobre todo los sacerdotes de Cristo y los demás que como los diáconos y catequistas se dedican legítimamente al ministerio de la palabra, se sumerjan en las Escrituras con asidua lectura y con estudio diligente, para que ninguno de ellos resulte “predicador vacío y superfluo de la palabra de Dios que no la escucha en su interior”, puesto que debe comunicar a los fieles que se le han confiado, sobre todo en la Sagrada Liturgia, las inmensas riquezas de la palabra divina” (Dei Verbum, 25).

Leed y meditad la Sagrada Escritura para hacerla vida en vuestros corazones y poder anunciarla a los demás.

5.- Santidad de los ministros

Pedimos al Señor que os haga “evangelizadores intrépidos”, que tengan la valentía de anunciar a Jesucristo, único Salvador de la humanidad.

Es muy importante procurar la santidad. El papa Pablo VI, recientemente canonizado, recordaba: “Paradójicamente, el mundo, que a pesar de los innumerables signos de rechazo de Dios lo busca sin embargo por caminos insospechados y siente dolorosamente su necesidad; el mundo exige a los evangelizadores que le hablen de un Dios a quien ellos mismos conocen y tratan familiarmente, como si estuvieran viendo al Invisible (cf. Heb. 11,27). El mundo exige y espera de nosotros sencillez de vida, espíritu de oración, caridad para con todos, especialmente para los pequeños y los pobres, obediencia y humildad, desapego de sí mismos y renuncia. Sin esta marca de santidad, nuestra palabra difícilmente abrirá brecha en el corazón de los hombres de este tiempo. Corre el riesgo de hacerse vana e infecunda” (Evangelii nuntiandi, 76).

Como sabéis, hoy hemos celebrado el funeral de nuestro hermano sacerdote Francisco Molina Cabrillana. Ayer, estando él aún en pleno conocimiento le comunicaron que hoy iban a ser ordenados tres diáconos; y le preguntaron qué mensaje les diría; él con gran paz respondió: “Alegría”. Queridos candidatos, «estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo» (Lc 10, 20); estad alegres porque habéis sido llamados a ejercer el ministerio de Diáconos; estad alegres porque el Señor os confía una hermosa tarea.

¡Que la Virgen Santísima os proteja y acompañe en vuestro nuevo ministerio! Amén.

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