El diácono permanente colombiano Alirio Cáceres acompaña en sus primeros pasos a la nueva Red Eclesial Ecológica Mesoamericana (REMAM)

El diácono permanente colombiano Alirio Cáceres acompaña en sus primeros pasos a la nueva Red Eclesial Ecológica Mesoamericana (REMAM), como responsable de formación. Especialmente –destaca– hacen falta «laicos bien formados» que tomen la iniciativa frente a la vulneración de los derechos humanos

Tras llevar a cabo diversos programas de formación en la Red Eclesial Panamazónica (REPAM), el diácono permanente colombiano Alirio Cáceres acompaña en sus primeros pasos al nuevo organismo intereclesial recién creado en Centroamérica, la REMAM (Red Eclesial Ecológica Mesoamericana). El organismo vio la luz oficialmente en un encuentro celebrado en Ciudad de México entre el 29 de septiembre y el 2 de octubre. A falta de que, a lo largo del próximo año, las Iglesias fundadoras designen a sus representantes y sean elegidos los distintos cargos, queda al frente el arzobispo de Yucatán y presidente de Cáritas México, Gustavo Rodríguez, junto al sacerdote de su diócesis Patricio Sarlat, secretario ejecutivo.

«Ambas redes marcan una tendencia referida a la evangelización situada, georeferenciada, contextualizada en un territorio particular; tienen como base una estructura ecológica, plantean una cultura del encuentro para dialogar con pueblos originarios (indígenas, afrodescendientes, campesinos mestizos…); integran las iniciativas eclesiales y los movimientos ambientales de la zona; promueven la economía alternativa, denuncian las violaciones de los derechos humanos y defienden los derechos de la tierra», explica el también responsable de Ecología Integral de Cáritas de América Latina y el Caribe.

En la Amazonía y en América central, «hay problemas comunes, como la deforestación, la contaminación de aguas, la invasión de proyectos extractivistas (minería, petróleo, hidroeléctricas, carreteras, agronegocios…), las migraciones, la trata de personas, los atentados contra la vida de líderes y lideresas ambientales, muchos de ellos pertenecientes a grupos étnicos». Y de fondo, el problema del «paradigma tecnocrático de una economía que mata e incentiva la cultura del descarte».

Ambas redes eclesiales –subraya Cáceres– «están hermanadas por un deseo de Iglesia de anunciar el Evangelio de la vida, impulsando la promoción humana y el cuidado de la creación, mediante alianzas y coaliciones». En primer lugar, dentro de la propia Iglesia. Pero se asume también que «la Iglesia debe dialogar con la academia, con la ciencia», para abordar los problemas del calentamiento global. Y sumar fuerzas «con otros actores cristianos, con otras religiones y con actores no confesionales que comparten el interés de conservar la vida en estos biomas, ya sea en la Amazonía o en Mesoamérica».
«En lo teológico y eclesial, hay un enfoque misionero de una Iglesia en salida, que hace opción preferencial por los pobres y quiere comprometerse con los pobladores de esos territorios en la cultura del encuentro», desde «una capacidad de diálogo no autorreferencial, sino de comprensión del interlocutor como sujeto válido».

Reflejo de una Iglesia latinoamericana que trabaja en red

Si la Amazonía abarca nueve países que comparten la gran cuenca hidrográfica del Río Amazonas (Brasil, Venezuela, Guyana Francesa, Guyana Inglesa, Surinam, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia), la nueva red conecta 23 cuencas y cinco grandes bosques distribuidos entre México y Panamá, siete países (Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador, Guatemala, además de los dos anteriores), a los que pronto se espera que se sume Belice. Su extensión es aproximadamente la mitad (2.4 millones de km², frente a los 5,5 de la Panamazonía). En el caso de la REMAM, reconoce Cáceres, «es un poco más dificil visibilizar la territorialidad, pero no imposible».

REPAM y REMAM –destaca el diácono colombiano– son también reflejo de la creciente interrelación de las Iglesias de América Latina, y han sido impulsadas por el CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano), Cáritas de América Latina o la CLAR (Confederación Latinoamericana de Religiosos). También se han implicado en estos proyectos la Red Iglesias y Minería, el Movimiento Católico Mundial por el Clima, la Red teológica Amerindia Continental o congregaciones como los franciscanos, los claretianos o los jesuitas. A ello añade Cáceres el reconocimiento al acompañamiento desde la Santa Sede y al apoyo financiero recibido de organizaciones como CIDSE, la red de ONG católicas para el desarrollo de Europa y Norteamérica.

Procesos de integración similares –recuerda– se han puesto en marcha también en la cuenca del río Congo, con la REBAC (Red Eclesial del Congo, de la que forman parte República Democrática del Congo, Gagón, Congo Brazaville, Camerún, Guinea Ecuatorial y República Centroafricana), y están avanzadas las conversaciones para crear otra red en la región de Asia-Pacífico.
A menor escala, en América Latina se ha constituido REICOSUR (Red Eclesial de Cono Sur, que incluye el Acuífero Guaraní y los glaciares de Argentina y Chile). Y se están dando los primeros pasos para una Red Eclesial de la cuenca del río Bogotá, en Colombia).

A todo lo cual se añade la Iniciativa Interreligiosa para los Bosques
Tropicales (IRI), de la que forma parte la Santa Sede.

El impulso del Sínodo a las «otras Amazonías»

Pero el impulso definitivo a este tipo de alianzas intraeclesiales ha venido del reciente Sínodo de la Amazonía. «El cardenal Baldissieri [secretario general del Sínodo] habló de que existen otras Amazonías. Y el Papa, en su reflexión final, se refirió al Congo y al Gran Chaco». Esa es la dirección que claramente está marcando la Santa Sede, lo cual explica por qué «están germinando otras iniciativas en el cinturón verde ecuatorial para proteger los bosques húmedos tropicales».

En lo que respecta al contenido, «el sínodo ha aportado muchos elementos en cuanto a la ecología integral, elementos que tienen que ver con la denuncia del sistema económico y político, con la manera de tomar decisiones en los territorios», subraya el responsable de formación de la REMAM, que ve confirmado «el diagnóstico que se hizo ya en Mesoamérica». Allí existen ya «muchas redes trabajando: las redes del narcotráfico, las redes de la trata de personas, las redes del comercio ilegal de especies animales, las redes de intereses que tejen las compañías hidroeléctricas para la explotación utilitarista y sin escrúpulos de las fuentes del agua…». A todas esas redes destructoras responde la Iglesia con una red de vida, que defiende la ecología integral y da testimonio de una Iglesia pobre y para los pobres; una Iglesia misionera que arriesga, como un hospital de campaña más que como un castillo medieval; una Iglesia que evangeliza pero no es colonialista, sino respetuosa con las culturas indígenas…».

«En Mesoamerica –prosigue– ya hay mucha tradicion de una Iglesia autóctona, de pastoral indígena. Pero también se necesita una conversión cultural, para entender que la Iglesia no es eurocéntrica ni vaticanocéntrica, sino que su centro es Cristo, el Dios de la vida en abundancia que se desborda para llegar a la plenitud de la promoción humana y la dignidad de la obra creada».

Pero hablar de derechos humanos y protección del medioambiente supone un posicionamiento político. «Necesariamente la Iglesia tiene que entenderse como un actor social que hace incidencia en las politicas gubernamentales, que propone unos modelos de gobernanza», afirma Alirio Cáceres.

Si el Sínodo ha rendido homenaje a los «mártires de la tierra», que dieron su vida por defender a sus poblaciones y territorios, Centroamérica tiene a Berta Cáceres y a otras muchas figuras, a veces no tan conocidas, asesinadas en similares circunstancias.

«Cuando se habla de empersas extractivas y de vulneración de derechos de las comunidades indígenas en Centroamérica, se plantea la cuestion de la complicidad del poder político», añade el diácono colombiano. «Me parece que la Iglesia debe entenderse, ya lo está haciendo, como un actor social. Antes de ser cristianos somos ciudadanos».

Alirio Cáceres cita como referentes los recursos presentados tanto por el CELAM como la REPAM ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, de la mano de los episcopados de EE.UU. y Canadá. Alude al trabajo de estas plataformas de dar a conocer al mundo «los clamores y quejas de las poblaciones indígenas», como un medio para «protegerlas».

Hay, sin emabrgo, una carencia fundamental: «la formación política de laicos». «Hay una gran debilidad en esta materia. Los grandes problemas que tenemos hoy en el mundo pertenecen a la esfera de los laicos, pero las decisiones las toma el clero», dice Cáceres. «Si hablamos, por ejemplo, de combatir el paradigma económico tecnocrático necesitamos economistas, ingenieros, expertos en política y en educación…». Por eso hacen falta «laicos bien formados, personas con autonomía moral y un clara espiritualidad. Y también con cierta rebeldía», personas que tengan la suficiente «capacidad de discernimiento para transformar el mundo con criterios del Evangelio y la búsqueda del bien común».

En esa acción política, la Iglesia latianoamericana cree en que los cambios deben llegar desde abajo. Alirio Cáceres cita la famosa frase de Eduardo Galeano: «Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo». Al mismo tiempo, las soluciones requieren de una decidida acción estatal, en contextos marcados precisamente por una ausencia del estado en amplias áreas geográficas.

Es el caso de buena parte de Colombia, como han puesto en evidencia los recientes asesinatos de líderes indígenas en la región del Cauca. «Mientras el narcotrafico siga siendo el único referente para generar ingresos y lograr satisfacer adecuadamente las necesidades, muchos lo van a preferir al café, el cacao o las frutas. Hace falta voluntad política y recursos para apostar por ese tipo de emprendimientos», afirma el diácono colombiano.
«Es muy importante también la solidaridad internacional», añade. Este episodio, a su juicio, debe servir para mostrar la realidad de unos pueblos indígenas que «nos enseñan un sentido de cooperación en la comunidad. En ellos no hay separación entre el ser humano y su entorno, se hacen parte del territorio, y lo que le pasa a uno miembro de la comunidad a la vez les ocurre a todos. Es conmovedora esa conciencia de identidad que incluso les lleva hasta el martirio, y saben que si alguien muere esa semilla de sangre va a dar fruto, como en el caso de Cristina Bautista y los cuatro guardias indígenas asesinados con ella».

R. B.
Fuente: https://www.alfayomega.es

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