Nueve de cada diez diáconos permanentes en España sintieron la llamada dentro del matrimonio, circunstancia que refuerza ambos sacramentos, pese a las dificultades de conciliar vida laboral, familiar y diaconal. La clave para afrontarlas está en poner el foco en la identidad del ministro ordenado, no tanto en la tarea que desempeña, aseguran participantes en el Encuentro Nacional del Diaconado Permanente celebrado el pasado fin de semana en Toledo. El objetivo es hacer presente a Dios en medio de la sociedad actual

 

La figura del diácono permanente es cada vez más conocida desde que el Concilio Vaticano II lo restaurase –también para hombres casados– hace más de 50 años y lo propusiese como un grado ministerial más. Ha ayudado a su visibilidad que haya en España, según los últimos datos de la Conferencia Episcopal correspondientes al año 2017, un total de 447 diáconos permanentes, una clasificación que lideran las diócesis de Sevilla (60), Barcelona (43), Madrid (31) y Valencia (20). Sin embargo, todavía hay 22 sedes episcopales que no cuentan con ninguno.

En cualquier caso, a pesar de el crecimiento de la presencia de estos diáconos en los últimos años, lo cierto es que su figura todavía no ha sido comprendida por una gran mayoría de fieles, que los siguen viendo como una solución a la escasez de vocaciones sacerdotales, un sacerdote con menos funciones o como una especie de laico clericalizado. Pero como explica Javier Villalba, diácono permanente en la parroquia de la Santísima Trinidad de Collado Villalba (Madrid), este grado del orden «tiene su propia identidad». Y añade, en conversación con este semanario: «El diácono permanente encarna el servicio dentro de la Iglesia. Por eso es bueno que en la Iglesia haya estas personas que llevan la estola cruzada y que nos recuerdan a todos que somos servidores».

Jesús, eje central

Pedro Jara, diácono permanente y autor del libro El diácono, pobre y fiel en lo poco, prologado por el cardenal Carlos Osoro, coincide en que lo importante es la configuración del ministro con Jesús, es decir, hacerle presente en medio del mundo. «Se trata de que Jesucristo, el eje central, aparezca a través de las cosas que hacemos. Es un servicio en las cosas pequeñas y olvidadas», explica. De hecho, tiene gran importancia en el ministerio diaconal el ser servidor, sobre todo, en el ámbito de la caridad. No es raro que los diáconos permanentes trabajen en las fronteras de la pastoral penitenciaria, la pastoral de la salud o la pastoral social.

Jara presentó su libro en el Encuentro Nacional del Diaconado Permanente que, organizado por la Conferencia Episcopal, abordó la semana pasada en Toledo la relación entre el diaconado y la familia. En él también intervinieron Javier Villalba y su mujer, Belén Santos, que hablaron de la conciliación –no solo a nivel práctico, que también– entre estas dos dimensiones que ellos viven en primera persona.

Javier se ordenó hace ocho años, aunque el proceso comenzó mucho antes, con el discernimiento junto con su mujer y luego con la formación. Habla ahora Belén Santos: «Entendimos los dos que teníamos que confiar en esa llamada que nos hacía Dios. Todo el proceso nos llevó a hablar mucho y significó también un compromiso del uno con el otro y de ambos con los demás. En este sentido, se incorpora a la familia como un proyecto».

Creen que si hubieran tenido más modelos en los que reflejarse, probablemente habría sido más sencillo, pero también son conscientes de que están viviendo momentos históricos. Por eso valoran especialmente los encuentros entre diáconos y sus esposas, lo que han llamado fraternidad diaconal. Y lanzan esta propuesta: una pastoral vocacional específica para el diaconado permanente, que dé a conocer esta figura «que para muchos es una novedad y que tiene unas peculiaridades que conviene que sean conocidas».

Esta opción significa asumir una serie de tareas a distintos niveles: el de la Palabra, el litúrgico y el caritativo. Así, Villalba desarrolla su ministerio en Cáritas, en el Centro de Orientación Familiar de la parroquia que, además, acaba de poner en marcha un centro de escucha; en la pastoral familiar, en la preparación de novios o del Bautismo de niños, en el trabajo con jóvenes; y en la predicación. «Somos ministros ordenados presentes en medio del mundo, en lo cotidiano. En la universidad, en el mundo laboral, en las distintas tareas de nuestra vida. Creo que este figura es importante en un mundo que pierde a Dios aparezca una figura cualitativamente distinta en representación de la Iglesia. Es bueno para la Iglesia poner el rostro de un ministro [diácono permanente] allá donde no llegan otros ministros [sacerdotes].

La conciliación

Conjugar todo esto a nivel práctico no es sencillo, pues a la dificultad en la conciliación de la vida familiar con la laboral –Javier es pediatra y Belén trabaja en un centro educativo– hay que unir esta vida diaconal. «Hacemos encaje de bolillos en un difícil equilibro de todas las parcelas. Para ser sinceros, hacemos lo que podemos y esto conlleva renuncias y a tener prioridades. En la familia tenemos asumido que Javier dedica mucho tiempo durante el fin de semana a las tareas pastorales y yo le acompaño cuando puedo», reconoce Belén. Javier añade que la clave es poner a Dios y al Espíritu en medio de la vida, pues da «mucha paz interior». «Son diferentes frentes y hay que vivirlos con alegría y no con el agobio de una tarea que consume. Solo la vida espiritual intensa con tu mujer es lo que hace que se puedan llevar las cosas con paz y vivir ese equilibro. Porque en realidad se trata de ser signo», sigue.

Por su parte, Pedro Jara señala que el primer servicio se da en la familia, que es la primera vocación a la que uno es llamado: «La vocación al diaconado permanente no interrumpe la del matrimonio. Si lo hiciese no sería una llamada de Dios. Es complicado conjugarlo todo, pero no se trata tanto de lo que haces sino de cómo lo haces. En realidad, el diácono tiene que desaparecer para que aparezca Jesús».

Los hijos

Otra cuestión importante es cómo abordar este ministerio con los hijos. Tanto Pedro Jara como Javier Villalba tienen familias numerosas con tres y cuatro hijos, respectivamente. En el caso de Javier, sus hijos lo han integrado perfectamente, aunque les haya impactado ver a su padre revestido las primeras veces. «El proceso, que fue lento, les ayudó a asimilarlo. Haberlo vivido en familia ha permitido que lo entiendan y lo vayan contando con sus palabras a sus iguales. Hoy, en la parroquia, parece que llevemos con un diácono toda la vida», afirma Belén.

En su opinión, ve bien que en la actualidad haya diáconos permanentes con niños pequeños, pues hasta hace poco la mayoría eran mayores y estaban en otros momentos vitales, como si el ministerio diaconal solo fuese accesible cuando no tienes obligaciones familiares. «Eso no es así, Dios llama cuando llama. Además, es muy interesante hacer ese camino con nuestros hijos y tener la ocasión de explicárselo, de hablarles y de contar con ellos», continúa.

Pero el impacto no se produce solo en el entorno familia o en la parroquia, pues estar inserto en la sociedad, en el mercado laboral y ser a la vez un ministro ordenado interpela a los demás. Al menos, a los amigos de Javier les sorprendió verle predicar revestido en el funeral de su padre el año pasado: «Entonces entienden lo que les has venido contando y cómo lo vives. De este modo, el diácono es el rostro de la Iglesia en mitad de las circunstancias del mundo».

Obispos, sacerdotes y diáconos como ministros ordenados junto a los laicos son los encargados hoy de llevar la palabra de Dios al mundo de hoy y «todos somos necesarios», apunta Javier. «Todos formamos un único pueblo, pero sí es verdad que al restaurar el diaconado permanente se hace mucho más visible los grados de la jerarquía de la Iglesia y es algo muy bonito y enriquecedor», concluye.

Fran Otero

Alfa y Omega