Frente a la actualidad, he aquí algunas preguntas que me planteo:

  • Diáconos, conscientes de la precariedad de nuestra sociedad, de la migración, y de sus consecuencias; ¿Cómo orientar nuestro ministerio apostólico hacia estos pobres para interpelar a los cristianos, pues la Iglesia, en el lugar que se les hace en nuestras parroquias?

 

  • ¿Cómo alcanzamos nuestro pleno desarrollo de la Palabra por los pobres y los emigrantes para que alcanzan ellos mismos su plenitud? Porque el honor de la Iglesia está en juego para que el pobre sin domicilio, sin reconocimiento, sin trabajo… esté reconocido, respetado, donde se encuentre.

 

  • ¿Dónde están nuestras atracciones a las necesidades de nuestro tiempo y de nuestra sociedad? ¿Cómo nos comprometemos por la causa de los pobres, de los emigrantes y sus familias, de los enfermos, de los sin domicilio fijo…?

 

  • ¿Cómo, estando al servicio de la gente de la calle, con tanta audacia como de talentos (que tengamos 5 para algunos y uno solo para otros), llevamos un combate valiente para levantar el derecho del pobre de suburbio dejados de cuenta, para suavizar sus condiciones de vida? Podremos siempre criticar o aprobar los medias en sus maneras de presentar lo que pasa en nuestros suburbios. ¿Cuáles son las atenciones cotidianas que nos hacen unirnos a CRISTO por nuestras relaciones con los jóvenes y sus familias?

 

  • ¿Por nuestro ministerio de servicio y por CRISTO mismo que nos invita a ir delante de la humanidad en peligro, no podemos dar a nuestro obispo unos elementos relativos a nuestras misiones para invitarle a comprometerse con nosotros en la lucha contra la pobreza al lado de los responsables de nuestro departamento?

 

  • ¿Qué los acontecimientos dramáticos de los suburbios nos ayuden a ver que reconocimiento acordamos a los pobres (al POBRE), y sobre qué cuerda sensible puede alcanzar nuestro corazón

REFLEXIÓN DE UN  EMIGRANTE FRANCÉS

Todas estas preguntas me invitan a una reflexión personal porque la migración forma parte de mi recorrido y de mi vida.

Mi experiencia personal a mi llegada en Francia metropolitana, viniendo de la Martinica, hace unos cuarenta años y los acontecimientos que trastornan hoy nuestro país no dejar de interiorizarse en mí. Porque vivir a 6 (los padres y 4 hijos) en una sola habitación; ¡es durísimo a diario! La mirada lejana de los cristianos que vienen a compartir la eucaristía con nosotros; ¡es durísimo el domingo! ¡Qué alegría ser sostenido en familia y de nunca tirar la toalla!

Para “pasar del lado de los pobres”, hace falta que los que han vivido más o menos lejos de ellos, hagan el proceso de acercarse al hermano desvalido en quien solo podrá reconocer a CRISTO. De esta manera, no podrá contentarse servir a los desdichados por su propio placer. Aprenderá concretamente los y las que le son más próximos. Aprenderá a conocer sus culturas para superar sus miedos, sus temores… y defenderles cuando las ocasiones se presentan a él.

Como bautizado y como diácono, la ayuda espiritual pasa por la atención a “una humanidad”. Es la intensidad de mi oración, pero también mi manera de mirar a los demás personalmente y en familia, acogerles, escucharles y acompañarles que me ayudan a no tirar la toalla (incluso si unos pequeños dolores físicos me obligan a descansar más que lo deseo). Pienso que todo esto no se improvisa. Quizá la miseria sufrida siendo joven pero con una real coordinación familiar me invita a una vida interior, a una contemplación de CRISTO que, por una encarnación, ha tomado “una humanidad”: nuestra humanidad. Esta Sabiduría de un Dios que se hace pobre entre los pobres, nos interpelan sin parar para evitarnos a tomar el riesgo de satisfacernos de una activismo humanitario. Nosotros que somos muchas veces testigos de tantas formas de sufrimiento en nuestra sociedad por nuestro trabajo en el hospital y por nuestra misión cerca de las mujeres y de los hombres de todas la culturas y de todos los orígenes. Esta Sabiduría de Dios nos invita a todos a participar a “una divinidad”: a la divinidad de Dios por la compasión y el acompañamiento de la humanidad de los pobres.

El diaconado es para mí una conversión permanente a CRISTO a través del servicio de la gente de la calle, de los pobres, de los dejados por cuenta, de los excluidos, de los enfermos… y esta conversión permanente toma raíz, toma cuerpo en la eucaristía porque es un encuentro permanente con CRISTO. Si quiero vivir del encuentro con mi prójimo en la alegría, la esperanza y la caridad; tengo que vivir del encuentro con CRISTO en la Eucaristía. Este encuentro, lo vivo con una fuerza interior gracias a MARÍA que me entrena en la oración cotidiana “Te escojo hoy O María por mi Madre y mi Reina” Con MARÍA me siento en confianza a pesar de mis debilidades y mis límites; a pesar de mis revueltas a ratos y mis incomprensiones. Con MARÍA, encuentro unas fuerzas para no tirar la toalla y retroceder ante los obstáculos; busco la dulzura y la humildad para contemplar a CRISTO que vive en mí. Te confío O María, mi cuerpo, mi alma y mi vida pasada, presente y futura por la gloria de tu Hijo en el corazón de nuestra humanidad y tengo confianza en ti para encontrar a Dios en la tierra de los vivos.

Diácono Dany Bille

Tomado de: https://www.misioneros-monfortanos.org