Diácono Enzo Petrolino: «El Samaritano, corazón de Dios. Fratelli tutti: diáconos sin fronteras»

Nuestro amigo, el diácono italiano Enzo Petrolino, Presidente de la Comunidad del Diaconado en Italia, nos envía otra colaboración, en este caso una reflexión sobre «El samaritano , corazónn de Dios. Fratelli tutti: diáconos sin fronteras», que agradecemos y publicamos.

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La primera oración del papa Francisco, el día 13 de marzo 2013, en la logia de la Basílica de San
Pedro, en la cual pedía la bendición del pueblo, fue esta: “Recemos siempre, por nosotros, los unos
por los otros. Recemos por el mundo entero, para que haya una gran fraternidad”.

Y las cuestiones relativas a la fraternidad y a la amistad social han sido, desde el comienzo del
pontificado de Bergoglio, importantes preocupaciones: la parábola se expresa de tal manera que
cualquiera de nosotros puede dejarse interpelar por ella. “En el intento de buscar una luz en medio
de lo que estamos viviendo, y antes de plantear algunas líneas de acción, propongo dedicar un
capítulo a una parábola dicha por Jesucristo hace dos mil años. Porque, si bien esta carta está
dirigida a todas las personas de buena voluntad, más allá de sus convicciones religiosas, En el
intento de buscar una luz en medio de lo que estamos viviendo, y antes de plantear algunas líneas
de acción, propongo dedicar un capítulo a una parábola dicha por Jesucristo hace dos mil años.

Porque, si bien esta carta está dirigida a todas las personas de buena voluntad, más allá de sus
convicciones religiosas, la parábola se expresa de tal manera que cualquiera de nosotros puede
dejarse interpelar por ella.”

Por lo tanto, antes de indicar algunas líneas de acción, Francisco introduce el capítulo de la
encíclica Fratelli tutti (desde el no.56) ofreciéndonos la imagen bíblica para nuestra reflexión, es
decir, la parábola del Samaritano.

Escuchar la Palabra de Dios constituye un paso fundamental para evaluar evangélicamente el
drama de nuestro tiempo y encontrar posibles salidas. Es una feliz coincidencia con el Documento
común del Consejo Ecuménico de las Iglesias (WCC) y del Pontificio Consejo para el Dialogo
Interreligioso (PCID), el cual hace referencia precisamente a esta misma parábola evangélica,
invitando a los discípulos de Jesucristo a amar y a servir el prójimo.

En la redacción de la encíclica, el Papa se sintió particularmente estimulado por el Gran Imán
Ahmad al Tayyeb, con quién se encontró en Abu Dabi para recordar que Dios «ha creado todos
los seres humanos iguales en los derechos, en los deberes y en la dignidad, y los ha llamado a
convivir como hermanos entre ellos». No se trató de un mero acto diplomático sino de una
reflexión hecha en diálogo y de un compromiso conjunto.

Diálogo y compromiso

“Diálogo” y “compromiso” son las palabras que con más frecuencia aparecen en el texto
(“diálogo” 42 veces, “fraternidad” 44 veces). Es el pedido que Francisco hace al Creador, en la
oración con la cual concluye la encíclica, para que inspire el sueño de un nuevo encuentro d
diálogo, justicia y paz.

¿Qué significa, pues, para los cristianos, amar y servir a sus congéneres en un mundo en el cual la
pandemia del COVID-19 ha causado sufrimientos a nivel global?

“La conclusión de Jesús- escribe Francisco- es un pedido: «Tienes que ir y hacer lo mismo»
(Lc 10,37). Es decir, nos interpela a dejar de lado toda diferencia y, ante el sufrimiento, volvernos
cercanos a cualquiera. Entonces, ya no digo que tengo “prójimos” a quienes debo ayudar, sino
que me siento llamado a volverme yo un prójimo de los otros.” (no.81)

En un momento como el presente el “tienes que ir y hacer lo mismo” (Lc. 10, 25-37) significa
amar y servir a nuestros congéneres hoy, en tiempos de pandemia. Aquel “tienes que ir y hacer lo
mismo” afirma que hay un vínculo muy estrecho entre diaconía ecuménica y solidaridad (aparece
22 veces en el texto).

El reconocimiento de la fraternidad cambia la perspectiva, le da la vuelta y se convierte en un
fuerte mensaje solidario. “Si no logramos recuperar la pasión compartida por una comunidad de
pertenencia y de solidaridad, a la cual destinar tiempo, esfuerzo y bienes, la ilusión global que
nos engaña se caerá ruinosamente y dejará a muchos a merced de la náusea y el vacío” (no.36).

A la luz de la muerte/resurrección de Cristo

Jesús cuenta esta historia en el contexto del amor al prójimo. El secreto sapiencial es el poder de
innovación y el verdadero tren de potencia de una hipótesis radicalmente nueva de la historia; cada
corazón y cada mano tiene la tarea de llevar esta hipótesis en todos los pliegues de la historia
humana, incluso en las pequeñas historias de cada familia o pueblo.

Si hay una desgracia, como acontece en las grandes historias, es la de la separación, pero es esta
vergonzosa separación que nos enseña la distancia entre esta nueva historia, significada y
expresada, y nuestra pobre historia, llena de todos aquellos signos de vejez y de pecado que todavía
están indicando la distancia que existe entre nosotros y el misterio de Cristo.

En nuestros corazones, a menudo, entran dudas acerca de la necesidad absoluta de perdonarnos y
vacila nuestra idea de que sea buena cosa compartir una comida con los otros sin injusticias,
privilegios ni discriminaciones, sino aceptando a todos, pequeños o grandes, jóvenes y viejos,
sanos y enfermos, santos y pecadores.

Sí, desgraciadamente, nuestro corazón vacila, porque renacen nuestras diferentes dimensiones
eclesiales, palidece la realidad de nuestra fraternidad, el rostro paterno de Dios lo sumergimos en
nuestras propias convicciones y distracciones. La auténtica realidad, es decir que Dios es Padre y
que nosotros somos hijos y, por lo tanto, todos hermanos, es precisamente la nueva historia que
tenemos por delante.

Además, por desgracia, en la pobreza de nuestra vida, el olvido es inevitable. Pero, en este sentido,
se puede incluso afirmar que cada pecado nuestro, personal o colectivo, no es otro que olvidar esta
nueva historia, creada por el Padre y que Él mismo nos dio, en Jesús, por el poder del Espíritu.
Ciertamente, la parábola del Buen Samaritano nos ayuda a reflexionar sobre la pregunta: “¿A quién
somos llamados a amar y a curar?” y ofrecer indicaciones sobre las complejidades implícitamente
incluidas en las nociones de “servicio” y “solidaridad”.

Hoy, por cierto, debemos superar perjuicios de carácter religioso o cultural, ya sea hacia quienes
reciben nuestro servicio, o hacia aquellos que sirven a nuestro lado, mientras nos esforzamos de
aliviar el sufrimiento y de restaurar la salud y la plenitud en un mundo pluralista. Sin embargo, sin
la muerte y la resurrección de Jesús, nosotros realmente nunca podemos saber qué es lo que ocurre.
¿Qué es lo que está pasando en este momento en el mundo? Hay una multitud de respuestas
posibles. ¿Qué está pasando en nuestras Iglesias? Sobre este punto también son muchos los análisis
posibles. Todos podrán tener una cierta verdad, pero no lograremos nunca decir qué es lo que
verdaderamente ocurre en nuestra vida y en la de aquellos pueblos, hasta que no reconozcamos en
nuestra pequeña historia personal o en la grande – la de las naciones – el misterio de Cristo muerto
y resucitado. “Para muchos cristianos, este camino de fraternidad tiene también una madre,
llamada María […]. Ella, con el poder del Resucitado, quiere parir un mundo nuevo, donde todos
seamos hermanos, donde haya lugar para cada descartado de nuestras sociedades, donde
resplandezcan la justicia y la paz.” (no. 278).

Por lo tanto, lejos de ser una evasión de la historia, se trata de la interpretación última y la
comprensión última de la historia. Nuestro hermano enferma de pandemia y se hacen muchos
análisis sobre su vida; pero, en realidad, no podremos nunca comprender lo que ocurre, hasta que
no surja de su pequeña y dolorosa historia, el fundamental acontecimiento de Cristo, su muerte y
su resurrección. Y no solo no sabremos qué es lo que ocurre, sino que nunca lograremos responder
al “¿qué hacer?” en la historia, hasta que captaremos el misterio de la muerte y resurrección de
Jesús. Por tanto, vemos que la frase que Jesús dijo al doctor de la Ley sabio y, quizás, un poco
malicioso, “Ahora va y haz lo mismo”, es tomada como aquella poderosa “bisagra” para expresar
el indisoluble y fraterno vinculo.

¿Qué es la caridad?

Para extraer una primera conclusión práctica con respeto al camino ecuménico, cabe decir que
todo lo que haremos entre los pobres, para los enfermos, en la predicación, en las condiciones muy
particulares de nuestras Iglesias, todo esto es contenido y toso va tratarse y regularse, en cierto
modo, para superar las preconcepciones negativas que podríamos tener y para que reconozcamos
con humildad que el “otro” (en este caso el Samaritano) puede enseñarnos el verdadero significado
del servicio y de la solidaridad.

De otra manera, correríamos siempre el riesgo de inventar, nosotros mismos, sea con pías
intenciones, sea bajo la presión de gravísimas exigencias históricas, pero siempre corriendo el
riesgo de hacer acciones cualquieras, en vez de perpetuar en la historia el resplandor, la novedad
y la potencia de la acción de Dios que es la Pascua.

En mi opinión, esto debe ser nuestra preocupación, de manera incondicional: perpetuar en la
historia la potencia deificante de Dios. Además, en la parábola hay una pregunta evidentemente
provocadora y de sumo interés para cualquier persona; era así en el caso de aquel doctor de la Ley
y sigue siéndolo, desde luego, para nosotros: “¿Quién es mi prójimo?”.

Hay el riesgo de una interpretación apresurada de la parábola del Samaritano y también el riesgo
de una interpretación moralista y superficial.

¿Cuál es el riesgo? El riesgo es de identificar inmediatamente al prójimo con aquel al cual debo
ayudar, con quien está esperando mi servicio, con el problema frente al cual, heroicamente, me
arremangaré, para luego dedicarle todo mi tiempo, consagrarle toda mi vida, porque se necesita mi
ayuda. Solo que, según la parábola, lo que se requiere es un trastorno completo.

Recordemos la famosa pregunta planteada por Jesús al doctor de la Ley, luego después de haberle
contado la parábola: “¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado
por los ladrones?” El doctor de la Ley contestó: “El que tuvo compasión de él».

Y ¿cómo podríamos ser sorprendidos, viendo en acción una compasión semejante a la de Cristo?
Entonces, ¿quién es nuestro prójimo? Es el que tuvo compasión de nosotros. Sin este
conocimiento, sin esta experiencia fundamental es imposible obedecer al ulterior mandamiento del
Señor:” Va y haz lo mismo tú también”. «Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte» nos
dice Jesús: debemos tener un conocimiento profundo del amor de Dios, porque Dios se convirtió
misericordiosamente en nuestro prójimo.

Es apresurado el discurso que convierte la caridad cristiana en buenas acciones, mientras se olvida
del hecho que la caridad es uno de los grandes nombres de Dios, es el mismo corazón de Dios, y
que no hay caridad en este mundo herido, sino como don recibido de Dios. Y es precisamente
porque Dios nos ha buscado y encontrado, que Él nos dio no solo la salvación, sino también la
plenitud de su vida, regalándonos su Espíritu.

Por lo tanto, ¿qué es la caridad? Para quien está viviendo en la nueva historia, nacida de la Pascua
de Jesús, la caridad es la manera de preservar y hacer florecer el don de Dios.

Todos los cristianos, pero aún más quienes asumen ciertas responsabilidades en la Iglesia del
Señor, deben estar – de manera sencilla, pero fuerte – presentes en aquel hombre que, bajando de
Jerusalén a Jericó, fue asaltado por los ladrones, golpeado y dejado medio muerto en el camino.

Nosotros somos hermanos, y la primera manera, la más humilde y dolorosa, de participación, es
la participación en la condición de pobres pecadores. Para conocer al prójimo y su milagro, es
necesario reconocerse en aquel hombre herido en el camino. Es significativo el hecho que el
camino sea descendente; para celebrar la Pascua uno sube a Jerusalén y el mismo Jesús en su
último gran viaje deja la soleada ciudad de Jericó y la alegría de los dos ciegos que lo alaban
porque recibieron de él el don de la luz, para recorrer el camino que conduce muy rápidamente a
Jerusalén.

A la Pascua uno sube. Este hombre, sin embargo, baja. Es una descripción simbólica y maravillosa
de la vida, de la pobreza de la vida, de la infidelidad y tal vez de la inevitable pesadez de la historia.

Pasar por alto

Si los discípulos de Cristo se convirtieran en hipotéticos monumentos de virtud, en estatuas de la
perfección, ciertamente no se meterían en aquel camino recorrido por el Cristo sin pecado, cuando
vino a sentarse, piadoso, al lado de nuestra miseria. Esta es una regla severa, absoluta. Pero, “al
pasar junto a él, lo vio y se conmovió”.

Antes había pasado un sacerdote, vio y siguió su camino; después pasó el levita, que también vio
y siguió su camino. El sacerdote y el levita son los representantes de la antigua economía y, por lo
tanto, son expresión del máximo poder otorgado por Dios a los hombres hasta aquel momento. Sin
embargo, el mal sufrido por aquel hombre es tan grande que incluso el sacerdote y el levita lo ven
y siguen su camino. Por lo tanto, el sacerdote y el levita ven y siguen su camino, porque la ley
denuncia el pecado, lo ve, lo grita, porque la ley es sagrada y, como tal, revela la condición del
pecador, pero no es capaz de salvarlo; por lo cual, sigue su camino, ignorándolo.

Pero llega el samaritano, el personaje forastero, misterioso, y sobre él, el texto usa esta maravillosa
expresión: “al pasar junto a él, lo vio y se conmovió”. He aquí todo el misterio de la elección
divina. Esta hermosísima palabra de la compasión, teniendo sus raíces en los textos más antiguos
del Antiguo Testamento y expresa precisamente el comienzo, el primer florecimiento de la historia
de comunión ente Dios y el hombre.

Confiados

En la parábola, es bellísima la descripción de la terapia, una terapia en camino. Todos los
comentadores cristianos, a través de los siglos, han acogido con alegría la imagen de aquel aceite
y de aquel vino utilizado por el misterioso viajero para curar al pobre hombre y todos han visto en
ellos dos signos: el aceite del Espíritu, el vino del sacrificio. Interpretaron, por lo tanto, de manera
profunda la terapia que el gran medico aplica a la persona y a la vida entera de aquel pobre hombre
en aquel camino, que era un camino de perdición y de muerte.

Sigue el último acto de la parábola. Nos dice que este peregrino es un viajero. De hecho, como
saben, debe subir de nuevo a la casa del Padre, así que lleva a la posada a su amigo, a quien ya
considera su hermano. Y además lo cuida. ¡Qué palabra tan hermosa! Varias veces el Antiguo
Testamento la usa y, en una expresión muy fuerte, afirma que Dios “cuida” a la estirpe de Abrahán,
no a los ángeles, pero a la estirpe de Abrahán, a sus pobres hijitos.

Pero el viajante tiene que irse y entonces lo confía: el Señor nos ha confiado a otra persona, quizás
desde el momento del nuestro nacimiento. Como escribió Francisco en su exhortación Amoris
laetitia: “Dios ha confiado a la familia el proyecto de hacer «doméstico» el mundo para que todos
lleguen a sentir a cada ser humano como un hermano” (no. 183).

Obviamente, todos somos suyos, todos somos hermanos de Cristo e hijos del único Padre, pero en
esta tierra hemos visto signos maravillosos de la paternidad de Dios y de la fraternidad de Cristo a
través de muchas miradas, caricias, paciencias, admoniciones, esperas, oraciones, fuerzas que nos
han guardado. Es esa la belleza, la alegría y la fuerza de esta confianza. La parábola no dice, por
ejemplo, que el posadero proporcionaba buena comida ni que era muy amable de maneras; pero lo
importante es que somos confiados, es decir, que no debemos caminar solos.

Desgraciadamente, son muy pocos hoy en día los que aceptan que otros se les confíen, porque
somos pobres personas heridas, somos todos convalecientes, todos necesitamos ser llevados de la
mano. Nadie está tan sano como para poder caminar solo; nadie tiene tanta sabiduría, como para
poder construir solo su lección de vida; nadie es tan fuerte como para nunca sentir el miedo o la
angustia, como un niño pequeñito frente a la oscuridad. Todos somos pequeños y todos
maravillosamente confiados.

La belleza de este gesto supremo de Dios que, en vez de asignarnos un hipotético camino solitario,
quizá con la Biblia en la mano, nos confió a la carne, al rostro, a las manos y a las palabras de
nuestros hermanos. Nos confía a aquella agua, a aquella fuente que es Jesús, que continuamente
nos está regenerando, sobre todo porque nos tolera, después porque nos perdona, después porque
nos amonesta, después porque nos acaricia, después porque nos consola y finalmente porque nos
da un beso.

“Hoy estamos ante la gran oportunidad de manifestar nuestra esencia fraterna, de ser otros
buenos samaritanos que carguen sobre sí el dolor de los fracasos, en vez de acentuar odios y
resentimientos. Como el viajero ocasional de nuestra historia, sólo falta el deseo gratuito, puro y
simple de querer ser pueblo, de ser constantes e incansables en la labor de incluir, de integrar, de
levantar al caído; aunque muchas veces nos veamos inmersos y condenados a repetir la lógica de
los violentos, de los que sólo se ambicionan a sí mismos, difusores de la confusión y la mentira.
Que otros sigan pensando en la política o en la economía para sus juegos de poder. Alimentemos
lo bueno y pongámonos al servicio del bien.” (no. 177).

En este momento, somos nosotros quienes debemos continuar la lección, puesto que Jesús nos
dice: “ahora va y haz lo mismo tú también”. Por lo tanto, el reto global es de responder en
fraternidad a esta pandemia que nos llama a una mayor concienciación y cooperación ecuménica
e interreligiosa.

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