Diácono Carlos, Madrid -España-, responsos en el cementerio: «La confianza que uno inspira es fundamental para que puedan ir tranquilos».

A cubierto de la intermitente lluvia que cae sobre Madrid, José Miguel Rodríguez aguarda dentro del coche el momento del último adiós. Lleva días esperando, siete concretamente, desde que el 2 de abril descolgara el teléfono para atender la llamada que ningún hijo desea recibir. Su madre, María Teresa Falcón Rodríguez, había fallecido a los 91 años a causa de un paro cardíaco. Así de simple; así de duro. Detrás de él, subida en otro vehículo, su hermana le avisa de que la hora ha llegado: «Ya están aquí». Los dos se bajan, a distancia, sin poder ni siquiera abrazarse. No hay consuelo para aliviar el desconsuelo. Al menos, no ahora. Ninguno de sus familiares ha podido ver a la difunta. «Solo nos queda confiar en que sea ella la que esté ahí dentro», cuenta José Miguel, antes de escuchar la última oración que Carlos, uno de los diáconos que ayudan al capellán del cementerio Sur de Madrid, oficia con el máximo respeto.

El responso, extendido esta vez durante diez minutos, termina cuando Carlos rocía con agua bendita el ataúd de María Teresa. Las mascarillas que portan sus hijos apenas sirven para disimular las lágrimas. Los guantes tampoco ayudan a desentumecer el rostro. El contagio, en este trance, queda relegado a un segundo plano. Superado el penúltimo paso, la pequeña comitiva se pierde al final del camposanto, en una liturgia que cada día se repite cincuenta o sesenta veces. José, 76 años; Carlos, 55; Francisca, 96… La lista del diácono es larga, demasiado. En ella, además de los nombres y edades, están impresas las horas de llegada: las 14.00 horas, las 14.20, las 14.40… «Es lo único que sabemos de los fallecidos», dice pausado, casi en tono de súplica. El silencio duele, pesa. Embriaga: «Usted no sabe lo mal que se puede uno sentir al escuchar a un hermano o a un hijo preguntar si la persona que está dentro del ataúd es realmente su mamá, su papá, su abuelo…».

«Padre, ¿de verdad que es ella?». Pese a que no es sacerdote, Carlos, natural de Ecuador, prefiere no desmentir la alusión y ofrecer el cariño necesario para acompañar a los familiares en el drama que padecen. «Esta misma mañana, una mujer, que llevaba 14 días esperando a poder dar sepultura a su madre, me lo ha preguntado», asevera, consciente de que la pena permanecerá enquistada más allá de la pandemia: «Esta persona sabe que no pudo estar a su lado, que no pudo acompañarla, que no pudo despedirse de su ser querido y que ahora lo único que ve es un féretro y una plaquita donde está grabado su nombre». El rezo para ella –añade– es la única receta.

La crisis del coronavirus ha multiplicado los responsos, «aunque no todos paran» a la entrada del cementerio. «Hay coches fúnebres que llegan sin nadie que los acompañe», relata, en uno de los pocos descansos que puede permitirse: «Antes de que estuviera el virus, teníamos 12, 14, 16 oraciones diarias. En el último mes, en cambio, podemos llegar a 36, 38, 40». Las premisas de Carlos son claras: jamás pregunta a las familias por la causa del fallecimiento y siempre trata de que estén lo más cerca posible de su difunto: «La confianza que uno inspira es fundamental para que puedan ir tranquilos».

«El trato es igual para todos, no busco saber si ha fallecido de esto o lo otro porque puedo hacer que se sientan interrogados», explica, más si cabe, en una época marcada por la desconfianza que infunda el temor al patógeno: «Si resulta que ha muerto por esta situación van a sentirse lejanos, señalados, y yo quiero justamente lo contrario». De golpe, la parada de un coche frente a la puerta de la capilla interrumpe la conversación. Es hora de atender sus obligaciones. «Son ustedes los familiares de… », se arranca el diácono. La respuesta es afirmativa. «Si les parece podemos empezar», prosigue, dejando a su elección si desean acercarse: «Por mí no se preocupen».

Precisamente, el duelo no impide a algunos de los afectados pensar en la salud del clérigo: «Varias señoras ya me han dicho con las manos juntas –en posición de rezo– “no Padre, por favor, no nos de la oración porque su estado puede estar deteriorándose”». Pero Carlos, lejos del miedo al contagio («Nosotros no elegimos la hora de la muerte, es la muerte la que nos elige», justifica), vuelve a repetir aquello de «no se preocupen»: «Yo estoy aquí para lo bueno y para lo malo».

Fuera de la capilla, el tiempo transcurre muy despacio. Los entierros se suceden de manera constante, aunque lejos del trasiego acontecido las dos últimas semanas. «Hemos pasado días muy duros», advierte un vigilante de seguridad, sorprendido en mitad de su ronda: «El primer día de estado de alarma tuvimos que llamar a la Policía porque se presentaron cien personas en un entierro». La actual normativa establece que solo pueden acudir tres familiares al cementerio, sea cual sea la causa del fallecimiento. «La semana pasada tuvimos otro incidente porque vinieron una treintena de acompañantes», subraya otro trabajador, que apunta al lógico desconcierto de las familias que deben afrontar una pérdida: «Estamos para ayudar. La mayoría cumple con lo establecido».

Protocolo de Sanidad

Según el último balance ofrecido ayer por las autoridades, la Comunidad de Madrid se mantiene como la más afectada por la epidemia, con 43.877 contagiados y 5.800 fallecidos. Dado el alarmante número de decesos, las autoridades habilitaron una morgue provisional en la pista de patinaje del Palacio de Hielo. La saturación, no obstante, provocó la apertura de dos más, una en el edificio de la Ciudad de la Justicia que se construyó para ser sede del Instituto de Medicina Legal, con capacidad para acoger 230 cadáveres; y otra en la pista de hielo de Majadahonda, para 440.

El protocolo del Ministerio de Sanidad para enterrar a las personas por coronavirus permite –antes de procederse al traslado del cadáver al depósito– el acceso para la despedida a los familiares y amigos más próximos, sin establecer contacto físico con el cadáver ni con las superficies u otros enseres de su entorno que pudieran estar contaminados. Aquellos que entren a velar el cuerpo, introducido antes en una bolsa sanitaria estanca y dentro de un ataúd cerrado, deben tomar las precauciones de transmisión por contacto y gotas. La muerte, en el momento más complicado.

Fuente: abc.es

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