En el libro XIX, capítulo 17, de “La ciudad de Dios” san Agustín habla de que el hombre en su camino a la ciudad de Dios se sirve de la paz terrena siempre que pueda acomodar la ciudad de los hombres a la verdadera paz de Dios. Se llega a la paz de Dios a través de la paz terrena, pero esta acomodación a veces es complicada.

Si seguimos a Ratzinger en su “Escatología”, el cristiano hace frente a las realidades del presente a partir del futuro. Esto supone una tensión entre la Palabra, es decir, la promesa, y la realidad. Asegura Ratzinger, que cuando la Iglesia deja de ser fiable como espacio de la Palabra, la tensión entre la promesa y la realidad se vuelve problemática. Cuando esto ocurre la Palabra pierde todo su significado. La forma radical de ser cristiano sería pues, como dice Agustín al inicio de este texto, acomodar la ciudad de los hombres a la verdadera paz de Dios, intentar mejorar el mundo tomando como criterio la esperanza bíblica. Por lo tanto, ser cristiano es vivir una estrategia hacia la esperanza. ¿De qué esperanza se trata? Hablamos de escatología.

El reino de Dios no es un concepto político, y por lo tanto tampoco es un criterio político conforme al que se pueda construir desde el lenguaje religioso, una crítica sobre las realizaciones políticas. Este es un peligro que, según Ratzinger, puede conducir a falsos mesianismos, y pone dos objeciones. La primera es que cuando la escatología se transforma en utopía política, conformamos la esperanza cristiana en algo aparentemente realista, y así, la esperanza pierde fuerza, pierde todo su contenido. La segunda objeción consiste en que también falseamos la política, convirtiéndola en un pseudomisterio. Transformar el mundo hacia algo radicalmente mejor, aquí y ahora, no es posible. La gracia actúa, claro que sí, pero su horizonte siempre va más lejos. Mucho más.

Esto no quiere decir que el anuncio del reino de Dios, que no es norma política, no tenga relevancia práctica, la tiene en cuanto norma moral de lo político. El mensaje del Reino de Dios es importante para la política, pero no a través de la escatología, que puede acabar en utopía, sino a través de la ética política. La palabra adecuada para designar la forma de praxis cristiana en la sociedad, según todo esto, es “futuridad”. El cristianismo propone un relato, una promesa, una Palabra de Dios, que nos conduce hacía el verdadero porvenir escatológico. Las acciones humanas acercan al sujeto a la Bienaventuranza, o lo alejan, en cuanto a que dichos actos tienen un carácter meritorio o demeritorio, siempre antes de la misericordia divina. El ser humano, en su libertad, puede convertirse en un ángel o un demonio. Así, la praxis del cristiano, en cuanto reflejo de

Dios, se convierte en una verdadera anticipación del Reino. La realidad creada, que tiende hacia el creador, tiene su fuente fuera de dicha realidad, en el mismo creador. Futuridad es la participación del hombre en medio de la Trinidad, precisamente porque actúa en base a lo que espera. La praxis cristiana orientada hacia el Dios -que es amor- anticipa ese mismo amor. Lo actual es futurible.

¿Qué tiene que ver esto con el diaconado? Mucho, en cuanto sacramento de servicio, en cuanto praxis de Cristo servidor. Hablo de praxis en cuanto acción histórica en el contexto socioeconómico del que somos contemporáneos, pero también de reflexión crítica sobre dicha praxis. En último término estamos hablando de Teología Política en cuanto Teología Pastoral ocupada de la tensión entre el acontecimiento futuro y el acontecimiento actual, entre lo que realizamos en el mundo según nuestra identidad de iconos de Cristo servidor, y lo prometido por la Palabra de Cristo que no ha sucedido aún.

La praxis que apunta hacia el porvenir debe estar inspirada en el propio proyecto de Jesús en cuanto que podríamos pensar a Jesús como Dios encarnado y modelo de una acción significativa en lo público, es decir, como lo infinito que transforma lo finito, lo trascendente que afecta a lo inmanente. Esta praxis está recogida en lo que el papa Francisco llama en Gaudete et exultate las palabras a contracorriente, las Palabras que nos llevan a una realidad muy diferente, a otro estilo de vida, siempre y cuando el Espíritu Santo nos invada. Las Bienaventuranzas solo son posibles si nuestra participación en el mundo es reflejo de la participación de Dios en nosotros. Dios nos reconoce en cuanto que nosotros amamos a nuestro prójimo, Dios nos perdona en cuanto que nosotros perdonamos a nuestro prójimo. Estas palabras de Jesús, y también el Sermón de la Montaña que sigue, es la referencia que debe guiar nuestras elecciones, nuestras acciones y nuestra crítica sobre el mundo en el que vivimos, pero en el que somos extranjeros. El cristiano en general hace vida de las Bienaventuranzas, pero el diácono hace sacramento de ellas.

Ningún criterio puramente humano dentro del ámbito de las leyes, la ética o la moral, puede sustituir a la autoridad de Cristo en las Bienaventuranzas. La Iglesia puede reclamar ser una realidad social y comunitaria, de la misma forma que Cristo, Hijo de Dios, tiene una humanidad histórica y pronunció realmente estas palabras. Por lo tanto, Jesús de Nazaret es modelo de praxis en lo público, y no es baladí que anuncie el inicio de su ministerio mediante un nuevo orden social en el que los pobres reciben una buena noticia, los cautivos, y los oprimidos son liberados. Pero esto no es un mero cambio social al estilo de las utopías políticas, el mismo Jesús rechaza la corona de Rey sin pasar por la

Cruz, inaugura una nueva esperanza al margen de los modos vigentes de esperanza. Es una esperanza que no es de este mundo, en cuanto dicho mundo es una manifestación de la rebeldía del ser humano. Es una esperanza que está en el mundo, pero que no es de este mundo, está en una órbita diferente a la esperanza que personaliza Pilato o los Sacerdotes de Jerusalén. Jesús, además de Hijo de Dios, no era simplemente un maestro de moral con implicaciones políticas, ni un personaje espiritual que nos haga olvidar su humanidad. Jesús era además de Hijo de Dios, un profeta que traía una novedad en las relaciones humanas, sociales y por lo tanto políticas. Cristo hace nuevas todas las cosas, actuando en el presente construye el futuro. Aquí se coloca el diácono en cuanto icono de Cristo servidor, de Cristo actuador de promesas.