Estamos ante un mundo que cambia. La forma de entender la vida de nuestros padres, la forma en la que entendían el sentido del deber, la autoridad, la familia, lo que era decente o no, está desapareciendo con ellos. Estamos ante la perversa culminación de la modernidad, nuestros hijos nacen en un nuevo mundo, cuyo desarrollo nos afecta en todos los ámbitos, también en lo religioso.

No hace falta mucha sensibilidad, para notar que la religión no juega el papel que había jugado en el pasado. El templo, la iglesia parroquial, ya no es el centro del barrio, del pueblo, ni en sentido físico ni en sentido social. El campanario ya no es el edificio más alto. La imagen de la magnífica catedral de St Patrick en Nueva York, minimizada junto a enormes edificios de cristal, es una imagen de esto. Un magnífico edificio neo-gótico que se ha quedado enterrado entre los nuevos edificios de cristal, tan fuera de lugar como una vieja bicicleta en medio de potentes motos. En menos de un siglo el mundo ha dejado la religión como un pequeño y viejo sistema que funciona aparte de todo lo demás. Para mis abuelos, ser cristiano era como nacer o morir, no había ninguna duda sobre ello. Toda una forma de vida era transmitida de padres a hijos como algo cotidiano, como algo normal. Mi abuela recordaba que la gente se arrodillaba en la calle ante el paso del Viático. Todavía hoy una anciana feligresa me besa la mano, -confundiendo todo tipo de protocolos- cuando le doy la paz en la Celebración dominical. Dios, su Iglesia y sus normas, eran parte de la vida social, y no pasaba nada, o más bien pasaba todo, pasaba toda la vida a través del filtro de un cristianismo que -sin añoranzas de la sociedad de cristiandad- era algo más que una religión.

Y entonces llegó “el mayo del 68” -por poner una fecha- o 1964, el año en el que Bob Dylan publicó su canción “The time is changing”, o 1989, el año en el que desaparecieron las ideologías, en el fondo no importa la fecha. En todo caso la búsqueda de la libertad consiguió un nuevo amo y unas nuevas esclavitudes, porque la hipermodernidad -prefiero este término al de posmodernidad- no significa una mejora para el mundo, simplemente significa que asistimos a las consecuencias de culminar el sueño ilustrado, de comprobar que el pintor Goya tenía razón cuando escribió aquello de que el sueño de la razón produce monstruos.

Algo que no hicieron mis padres es transmitirme la fe que habían recibido de mis abuelos, lo único que hicieron es enseñarme a ser fundamentalmente libre. Ellos, sin ser conscientes de nada, puesto que el pez que nada por un rio no es consciente del agua, consideraron con la mejor intención que la religión era un obstáculo para un humanismo, que de manera insospechada, resultó ser fabricante de ídolos a partir de ciertos poderes de la secularidad que se toman de forma absolutizadora, el estado, el comercio, el dinero… y me enseñaron que también, a pesar de todo, puedo no elegir a Dios. Elegir la

religión es una alternativa peligrosa, puesto que la vida a-religiosa, como si Dios no existiera, en el fondo, es la más cómoda. Creer en Dios complica mucho la vida, porque intentar ser del mundo pero sin serlo, vivir como cristiano, siendo como palomas entre serpientes, es decir, siendo crítico y consciente de que la hipermodernidad es como una molesta niebla para el Evangelio, cambia el concepto de cómo se vive la vida. Vivir cristianamente significa ser consciente de que los modelos de la razón ilustrada, son incompatibles con el Evangelio, y que aquellos puntos en los que sí se puede encontrar semejanza, no son más que apropiaciones ilícitas de principios del cristianismo que han sido vaciadas de contenido, en nombre de la razón reducida a una mera caricatura. Como sociedad sabemos amar, pero hemos perdido la pasión por el amor que viene de Dios, porque el amor, tomado en serio, duele.

Es importante conocer el mundo en el que vivimos. Cuando John Lord, miembro del grupo de rock Deep Purple, volvió a Londres de vivir la revolución hippie de California en 1968, quiso replicar lo mismo en su país, pero se dio cuenta de que las túnicas floreadas y las noches al raso en la playa desnudos, tocando la guitarra y fumando, no funcionaban, en Inglaterra hacía frío y llovía siempre. Y es que el contexto importa mucho. Saber en qué mundo vivimos, y de que forma el relato cristiano es incompatible con la razón secular, es importante si nuestro objetivo es tratar de vivir en él.

Y que tiene que ver el diaconado en todo esto. Mucho. No necesitamos un cristianismo nuevo, necesitamos ser originalmente cristianos, recuperar de la tradición todos aquellos elementos que nos hacen cristianos, que nos hacen ovejas en un mundo de lobos. Por lo tanto, si hemos de ser diáconos, si hemos de “restaurar” el diaconado como grado permanente, podemos observar y reconocer los modelos de la antigua tradición cristiana. Se trata del modelo del diácono evangelizador que se propone en Hechos de los Apóstoles y en la tradición de las Iglesias católicas orientales, según leo en el libro de Pierre Perrier; “El diaconado, una antropología espiritual”. Perrier habla de una verdadera reinstauración del diaconado, no comprendido como urgencia por la escasez de presbíteros, sino llamado a recuperar lo que es genuinamente sacerdotal: el sacrificio eucarístico, dejando otras tareas, como la evangelización, en las manos de los diáconos.

Una forma diaconal de entender la evangelización no es rechazando los planteamientos de la hipermodernidad, tampoco asumirlos, sino entrar en diálogo con ellos. La razón de la necesidad de este diálogo está en las propias limitaciones de nuestra contemporaneidad, y como diáconos, conscientes de dichos límites, podemos proponer, desde las raíces cristianas, una nueva forma holística de entender el mundo. Es necesario aprender a escuchar las ideas de los otros y dialogar críticamente con las cosmovisiones disponibles en el gran supermercado social, y tras el diálogo saber abandonar toda estructura catequética fijada, y evangelizar de una manera artesanal, personalizada, sin planes y sin programación. El diácono puede volver al anuncio kerigmático, al anuncio al que realmente no sabe, al

que no recuerda a Cristo en su vida, al que pierde su esperanza, al que se muere en vida sin el anhelo de Dios. Hay una vieja canción del grupo de rock español Barricada que describe perfectamente la situación del hombre contemporáneo, que va muriendo buscando lo imposible, intentando hacer lo que realmente no puede hacer, sintiéndose fuerte cuando no es más que un castillo de arena.

A veces no son necesarios grandes planes, grandes proyectos. La Iglesia construye grandes eventos con facilidad, pero falla en la distancia corta. El diácono puede ayudar a solucionar este fallo, manteniendo una cierta tensión en su día a día, asumiendo con naturalidad una fe que ha perdido presencia pública en el bar, en el trabajo, en las artes, en tantos sitios. Cuánta ventaja nos llevan las apologéticas laicas, la propaganda comercial, las tribus urbanas, el nacionalismo. Cuántas identidades se reivindican con total naturalidad y cuánto nos cuesta reivindicar nuestro cristianismo. Algunas de esas identidades son meras máscaras. En el mundo hipermoderno las máscaras esconden grandes mentiras, que acaban siendo creídas incluso por quien las porta. Sí, es cierto que varios Papas han avisado del error de confundir el proselitismo con la evangelización, la Iglesia no es una secta, pero de alguna manera reivindico un cierto derecho a persuadir. Nunca sabremos el daño del silencio de los cristianos. Parafraseando a Martin Luther King, más peligroso que un cristiano indigno es un cristiano en silencio.

La falta de celo misionero posiblemente esconde una falta de celo por la fe, no se puede transmitir aquello en lo que no se cree y no se vive. Y es normal que los cristianos contemporáneos encuentren una dificultad en vivir coherentemente su cristianismo, y en cierto modo arrastrados por la ola secular, incluso lleguen a dudar del mismo Dios. En este mundo surgido de la división entre lo trascendente y lo inmanente, entre lo religioso y lo secular, el creyente queda también dividido, por una parte, vive una vida social secular normalizada, y por otro lado su fe queda en cuarentena, queda relegada al ámbito de lo privado, donde no molesta. Cómo no van a estar callados la mayoría de los fieles, si la sociedad en Europa maltrata nuestras creencias mediante una presión social, que en muchas ocasiones dista mucho de ser sutil. El diaconado político se concreta en el diácono predicador, que mantiene una vida testimonial coherente, a la vez que se encarna en el servicio en la caridad y en el servicio de la Palabra, en el amor y en la predicación, en la acción social y en la catequesis sin complejos.