En “Resurrección”, la última novela que escribió Tolstoi, aparece Nejliúdov, uno de los personajes literarios que más me ha impresionado. Se trata de un alter ego del propio Tolstoi, un noble que se encuentra de frente con una penosa situación social, manifestada en condiciones tan injustas y miserables como cotidianas. Lo que me gusta de Nejliúdov es que no se limita a denunciar o a conmocionarse, sino que propone una solución basada en el Evangelio de Jesús. El viejo Tolstoi derrama sus propias ideas en este su último libro antes de morir. De una manera deliberada el escritor ruso rechaza de manera radical cualquier coincidencia entre el mundo secular y el contenido del Evangelio, entre las estructuras sociales en las que se ve inmerso y el modelo de sociedad que parece anunciarse por boca de Jesús de Nazaret. El Evangelio que aprende Tolstoi trastorna la cultura en la que vive.

Fundamentar la vida social sobre este mensaje evangélico de salvación, perdón y reconciliación, nos obliga a una libertad crítica frente al entorno social, y esta es una de las dimensiones de la teología política. No ofender a nadie, no emplear la violencia, o ejercer el amor como un mínimo ético social, nos lleva a no desentenderse del ejercicio de la razón crítica, de no abstraerse de nada de lo público, del derecho, de la libertad, pero también de no desentenderse de la subjetividad y la contingencia de cada ser humano individual.

Básicamente se trata de recordar que la salvación anunciada por Jesús está referida a un mundo que se expresa en un sentido social y político. Las promesas escatológicas del Antiguo Testamento, como son la libertad, la paz, la justicia, o la reconciliación, son promesas a futuro que el cristiano debe vivir en las condiciones del presente, y tienen como elemento intrínseco la referencia a la vida pública de Jesús, y por lo tanto no pueden privatizarse, sino que obligan siempre a la responsabilidad social, y por eso, como decíamos arriba, llevan a una libertad crítica frente al entorno social. Más allá de esto, el creyente, la Iglesia, puede aspirar sin complejos a ofrecer su visión del mundo tal y como lo ve, como una creación de Dios. Orientarse por estas promesas exige confrontarlas con las circunstancias sociales de cada momento, que además son cambiantes. Estas promesas no pueden politizarse, ni identificarse con ninguna ideología política. La Iglesia vive dentro de la realidad social, y no por encima de ella, ve los problemas sociales desde dentro y no como espectador, pero vivimos en el mundo sin ser del mundo.

La teología política, es una hermenéutica teológica en el contexto social contemporáneo que vivimos en Europa. Un contexto que parte de unas instituciones políticas en las que la separación Iglesia Estado se da por supuesta, y donde lo político no se limita al ejercicio y la administración del poder en la sociedad, sino que hace referencia a la historia de libertad, o a la falta de ella. Un contexto, también, donde –usando palabras de Zygmunt Bauman- se encapsula una parte de la población, situada en el extremo inferior de la distribución de riquezas y salarios, en la categoría de “clase marginal”, un grupo humano heterogéneo que por voluntad de los políticos y de una gran porción de su electorado, quedan fuera de cualquier clasificación significativa. Se trata, entonces, de hablar de Dios y dar testimonio de Él, en estas circunstancias, y en respuesta a las exigencias de esta situación histórica.

Insisto en que la teología política no debe entenderse como una teología de la política. No se trata de aplicar la teología a la política, pero tampoco la Iglesia puede quedarse en silencio. Es necesario lanzar una mirada creyente a un mundo desastroso, descubrir cómo es realmente el mundo, sin complejos ante las ciencias. Tenemos mucho que decir a las ciencias humanas sobre qué es el ser humano, qué es el Universo, qué es la vida, o qué es la sociedad.

El cristiano no es de este mundo, pero está en el mundo, y por ello no puede prescindir de sus relaciones con la sociedad y con la práctica activa en dicha sociedad. Lo Trascendente se nos ha revelado en lo material, Dios se encarna en un hombre. Por eso lo espiritual no es contrario a lo material, por eso todas aquellas realidades materiales que son sacramento, que permiten tocar de alguna forma a Dios, tienen un valor fundamental. Por eso mismo el cristianismo no puede abandonar los problemas de la vida pública, debe tener siempre en cuenta las consecuencias que tiene hablar de Dios en la sociedad europea, así como las consecuencias que tiene el silencio sobre Dios.

Qué tiene que ver todo esto con el diaconado. Mucho. Porque como diácono, estoy abierto al mundo, y mi reflexión no debe aislarse del contexto histórico y social que me toca vivir, sino que he de compartir las tristezas y las angustias de mis contemporáneos. El diácono debe, más que ningún otro ministro ordenado, abordar el tema de Dios desde los problemas humanos. La fe no es abstracta, hay una relación entre creer en Dios y la historia concreta que vive el creyente. La respuesta a la pregunta por Dios depende de la situación histórica y de cómo vivo dicha situación, de cómo me siento extranjero en medio del mundo.

El diácono tiene un doble reto, práctico y teórico. El práctico es conseguir que los pobres tengan una voz, que recuperen la dignidad, que tengan una vida. El teórico es ser conscientes de que la teología cristiana puede reflexionar sobre pobres y ricos, sobre estructuras, sobre política y sociedad. Dicho de otro modo, el diácono no se acaba en la labor caritativa, sino que se plenifica, si se me permite la expresión, en un diaconado político, en cuanto diaconado en la “cosa pública”, por el cual debe de elaborar un discurso capaz de contribuir al bien común de la sociedad desde categorías radicalmente cristianas. La palabra del diácono debe ser comprensible para aquellos que están dentro de la Iglesia, y también para los que están fuera. Debe ser un discurso teológico comprensible, relevante para todos los miembros de la sociedad. Jesucristo no es algo secreto, no es algo que deba quedarse dentro de los muros del templo. No debe ser así porque Jesús responde a cuestiones universales, significativas para todo hombre, pero que puede llegar a situaciones particulares. El diácono necesita algo más que tópicos piadosos para ejercer su labor, debe dar testimonio de la Palabra de Dios como hicieron Esteban y Felipe en Hechos de los Apóstoles. Estos dos ejemplos hablan de que la Palabra de Dios es política porque tiene repercusiones públicas. La Palabra de Dios importa, o debería importar a la sociedad. El diácono, y esto es algo que ya he dicho en otros ámbitos, y también quizá en esta web, debe mostrar aquellos lugares en que las personas son víctimas de la intervención, o la falta de intervención de los gobiernos, los ayuntamientos, los poderes públicos en general. Por eso es importante el compromiso del diácono, no tanto para evocar sentimientos de culpa y sobrecargar a la sociedad con slogans imposibles, sino reforzando su voz, ayudando con su reflexión, ofreciendo apoyo etc.

El diácono puede entender el esquema triple de su diaconía, liturgia, palabra y caridad, como un diálogo crítico expresado en dos extremos. Por un lado, la Escritura, la Tradición y el Magisterio, y por otro, la vida, el contexto, el mundo que se expresa en la realidad de cada situación. En este sentido todo creyente, o futuro creyente, vive en una situación histórica y social concreta. Dice David Tracy, que la situación concreta es la interpretación filosófica de la existencia humana a la luz de las condiciones psicológicas y socioeconómicas de dicha existencia. Para el diácono, que se mueve en esa situación concreta, el contexto se convierte en un lugar teológico.