Cartas de un Párroco a su hermano diácono XI

Pbro. Aldo Félix Vallone, Mendoza, Argentina

Dice el autor –Licenciado en Teología Espiritual y Director de la Escuela Arquidiocesana de Ministerios San José- que “en estas cartas laten vivencias compartidas, reflexiones personales y diálogos con diáconos, presbíteros y laicos”.

 Imagen viva de Cristo Diácono

Querido hermano:

Permíteme prolongar en ésta el diálogo que mantuvimos con las dos cartas anteriores. Disculpa si me repito.

Muchos cuestionan el diaconado desde la llamada “potestas” (poder de consagrar, absolver…).

Creo, humildemente… Partir de allí es olvidar el fundamento de la misma “potestas” evangélica, que no es otro que la diaconía del Orden. ¿No lo recordaba Jesús al enseñarles a sus discípulos el modo de ejercer la autoridad?, ¡tan distinta de cómo lo hacen los soberanos y señores!.

Si el “Hijo del hombre vino para diaconar no para ser diaconado”, entonces la diaconía es el fundamento y la transversal sobre el cual se construye toda autoridad cristiana. Sea la del sacerdocio real y bautismal, sea la del sacerdocio ministerial.

Por esta razón, tu lugar en la construcción del Templo de Dios es: ser memorial, actualización y profecía de la diaconía de Jesucristo recordándonos que todos somos servidores.

Animando a los fieles laicos en su vocación de gestionar los asuntos temporales con una actitud básica de servicio en la caridad.

Mostrándonos permanentemente a los presbíteros  –con tu ser y tu vida– algo esencial que jamás debemos olvidar: Toda autoridad, todo poder –aún el de consagrar el pan y el vino o el de absolver los pecados-, sólo tiene sentido como servicio a la caridad pastoral.

Colaborando con el ministerio del obispo, siendo el rostro, los labios y las manos diaconales de su servicio episcopal en favor de los más pobres, débiles, sufrientes y alejados de la comunidad.

¿Será por eso que Jesucristo resucitado ha querido en su Iglesia el Diaconado? ¿Será que quiere hacerse presente como diácono, primero ante cuantos no lo conocen y luego ante los fieles bautizados, para estimular la diaconía bautismal? ¿Será que, también, era necesaria esta presencia, en estado puro, dentro del Sacramento del Orden?

¿Acaso el gran Ignacio de Antioquía no los llamaba “consiervos míos”?

 

Tu hermano párroco

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