Arquidiócesis de Sucre, Bolivia. Diácono Javier Gómez: «Cuarentena, silencio y Dios»

1 Reyes 19 narra que el profeta Elías fue a encontrarse con Dios en el Horeb. Dice el relato: “…Y Yavé pasa. Un viento fuerte y violento pasa delante de Yavé, hiende los montes y parte las rocas, pero Yavé no está en el viento. Después del viento viene un terremoto, pero Yavé no está en el terremoto. Después del terremoto, un fuego, pero Yavé no está en el fuego. Después del fuego, se sintió el murmullo de una suave brisa. Cuando Elías la oyó, se cubrió el rostro con el manto, salió y se mantuvo a la entrada de la caverna. Entonces se oyó una voz: «¿Elías, qué haces aquí?»”.

Lo primero que salta a la vista es que el Señor no le habló a Elías en el mundanal ruido, ni en la agitación de los elementos, sino en la suave brisa. Las distracciones no le hubiesen permitido a Elías escuchar al Señor: ni el terremoto (agitación, ruido, inestabilidad), ni el fuego, (intensidad, luz que encandila, arde, es enérgica, intensa, acalora, se siente en la piel). El relato dice “se sintió” una suave brisa. Estamos en una época de permanente distracción, en la que nuestros sentidos se encuentran en permanente estimulación y embotamiento.
Frente al silencio podemos reaccionar de forma negativa, por ejemplo, la demanda de divorcios en Wuhán se disparó, luego de la cuarentena por el coronavirus, según dice el reporte, muchos no se soportaron en la convivencia. Podemos buscar distracciones para mantenernos ocupados, embotados, enajenados, viendo que el Señor se manifiesta, pero sin escucharle. Podemos optar por el individualismo y seguir viviendo solos en compañía, con conocidos, más que compañeros, hermanos, amigos, cónyuges… cualquier otra relación fraterna. O podemos aprovechar el silencio y abrir nuestros oídos, y corazón y pedir a Dios que nos hable.

Podemos dedicarnos a, como dice el relato, sentir cuando viene la brisa de su Amor que conforta y repara, y salir a su encuentro. Muchas personas temen a la soledad: detrás de ese temor, está el miedo al vacío que se siente al concienciar la propia soledad, la falta de propósito, la necesidad de vivir acallando la vaciedad con distracciones y rutina. Usar el silencio para encontrar cuál es el propósito que tiene Dios para nosotros es una excelente forma de vivir esta Cuaresma.

Podríamos examinar nuestras vidas, dedicarnos a contemplar las bendiciones que a diario tenemos, que no apreciamos por estar distraídos buscando vanas distracciones y posesiones. Vivir el encierro nos puede llevar a pensar en la realidad del prójimo encarcelado, aquél que, por no poder salir, y no tener esperanza manifiesta en alguien que le hace sentir amado, se corrompe aún más en su encierro, y deja de lado cualquier posibilidad de búsqueda de perdón y enmienda de sus errores.

Se vive también la realidad de las personas que viven solitarias en asilos, pensiones, hospitales, encerradas en sus propios cuerpos a través de la discapacidad. Es solo cuestión de aprovechar el silencio, abrir los oídos y la conciencia.

Diácono Javier Gómez Graterol, SSP

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