Escrito por G. Martín Sáenz Ramírez. Diácono Permanente de la Arquidiócesis de San José, Costa Rica.

La restauración del diaconado como grado propio de la jerarquía ha suscitado toda una serie  de interrogantes; repasemos algunas de ellas:

Por qué restaurar este diaconado cuando, en la práctica, lo que puede hacer un diácono lo puede hacer un laico? ¿Qué añade la ordenación diaconal al laico? ¿no hay el peligro de que la ordenación diaconal sea un obstáculo a la promoción de los ministerios laicales?  ¿no se habrá recuperado el diaconado permanente solo por la falta de sacerdotes?

Para responder a todas estas preguntas, hay que empezar haciendo una afirmación: el diaconado es un sacramento. Ahí está su identidad. Otra cosa será el lugar que pastoralmente le pertenece. Lo que hace un diácono no es idéntico a lo que hace un laico; al menos, en el orden de la gracia.

Lo característico del diácono es ser signo de Cristo-servidor. Así como lo característico del obispo y del sacerdote es ser signo de Cristo-pastor.  El diaconado llega hoy, pues, no como suplencia a la falta de sacerdotes, ni como amenaza a los ministerios laicales. Son la teología y la historia las que nos podrán ayudar a descubrir cuál es la identidad del diácono y cuál debe ser su lugar en nuestra pastoral. No hemos de pensar en reproducir una copia exacta de lo que fue el diaconado primitivo, ya que las circunstancias son diferentes.

Las necesidades concretas que plantean las comunidades cristianas y las respuestas que el Espíritu va sugiriendo nos han de llevar a descubrir el sitio del diaconado actualmente. Pero no es posible saber cómo ha de ser el diaconado hoy en día sin tener un conocimiento profundo de cuál ha sido su historia y cuál es su identidad.

Desde esta perspectiva diremos que el diaconado permanente es la marca del servicio a los pobres, a los enfermos, a los marginados, que Jesucristo buscó, sanó y amó de manera preferente. Los diáconos sirven de modo especial a esta enorme porción del pueblo de Dios prolongando, por mandato del obispo y en estrecha colaboración con los presbíteros, la tarea servidora de Jesús.

Cristo Servidor es no sólo el modelo que los diáconos debemos imitar, sino también y sobre todo el sustento, la fuente y la vida que anima, sostiene, vivifica y da sentido a su ser y su quehacer. Es el diácono quien hace presente al Cristo Servidor en una sociedad que privilegia el éxito material, el prestigio, el poder y el placer. Su tarea va contra el mundo, lo denuncia, choca en él.