Diácono Alberto Jáimez (Bilbao, España)
En mi anterior artículo "¿Una pastoral diaconal?" terminaba hablando de las nuevas culturas en las que se expresaba la sociedad, como lugares teológicos donde el diácono tiene toda una labor por hacer. Este concepto lo tomo del "Discurso del santo Padre Francisco a los participantes en el congreso internacional de pastoral de las grandes ciudades". En dicha intervención introduce la pastoral urbana como un horizonte desde donde Dios nos llama. Tampoco está demasiado lejos el número 58 del documento de Aparecida; "La cultura urbana es híbrida, dinámica y cambiante, pues amalgama múltiples formas, valores y estilos de vida, y afecta a todas las colectividades..." Francisco recuerda que venimos de una acción pastoral secular donde la Iglesia era la única referencia cultural, pero esa época ha pasado. No somos los únicos que producimos cultura, tampoco somos los más escuchados; incluso hay voces que piden nuestro silencio. Por eso necesitamos el cambio de mentalidad pastoral que un diácono puede dar. No se trata de querer estar en todas las "salsas culturales" perdiendo nuestro horizonte evangélico, no se trata de una pastoral relativista que esconda a Jesús y su verdad. El diácono puede hacer una pastoral evangelizadora por medio del acompañamiento -de una manera audaz- porque todas esas culturas o subculturas en las que se expresa la sociedad en nuestras ciudades esperan una noticia de nuestra parte, esperan una palabra, esperan un detalle, una dedicación. Es posible que no estén esperando elaboradas liturgias, sacramentos, catequesis, pero lo que sí esperan es amor, cariño, escucha, comprensión, tiempo dedicado al acompañamiento. Francisco habla de una Europa multipolar, multicultural, y reclama diálogo con esta realidad. Por lo tanto, el diácono puede establecer un diálogo pastoral sin relativismo, sin negociar la propia identidad cristiana, pero que lo que quiere alcanzar es el corazón del otro, del que es distinto a nosotros, y desde allí, desde la otra orilla sembrar el Evangelio. En nuestras ciudades los grupos humanos con sus lenguajes y sus formas de contar la vida también son peregrinos en busca de salvación, en busca de un sentido último para seguir adelante y luchar. Está claro que la Iglesia no puede solucionarlo todo, pero por medio del diácono debería ser capaz de restablecer las relaciones rotas entre algunos grupos sociales y la Iglesia, sacar de su aislamiento a todos aquellos que sienten que no son escuchados. No centremos la atención en lo que la Iglesia no puede hacer y pensemos en que la Iglesia solo puede ser cristiana si parte del principio de igualdad de todas las personas.

Es desde cada grupo social, con su propia forma de contar la vida, donde cada persona está llamada a vivir lo humano; es ahí donde el diácono debe ir, y donde debe ocurrir eso que llamamos nueva evangelización. La Iglesia efectiva es la que se orienta hacia el exterior, la Iglesia en salida de la que tanto hablamos hoy en día. Una Iglesia en salida es la que se pone al servicio de cada experiencia vital, una Iglesia que no se queda esperando a que dicha experiencia vital se adecue a los presupuestos eclesiales, sino que asume en cierta forma cada paradigma sociocultural, porque es ahí donde se preserva aquello que cada grupo social tienen en común. No es suficiente reconocer la pluriculturalidad, es necesario poner en marcha una apuesta misionera. Cuando hablamos de Europa como tierra de misión hemos de saber que existe una cultura de personas alejadas de la Iglesia, una cultura LGTB, una cultura obrera, una cultura de las familias rotas por el divorcio, una cultura de las víctimas de la violencia de género, una cultura de jóvenes que ya no confían en nosotros, etc., cada uno de ellos con un lenguaje y una forma de contar la vida propias. Cada una de ellas no se conforma con ser reconocida por la Iglesia, sino que en muchas ocasiones reclaman una praxis del encuentro, una cooperación, un estilo pastoral que parta de relaciones horizontales, de tú a tú, que lleve a la reciprocidad de dones. "Me he hecho judío con los judíos, para ganar a los judíos [...] Con los que están sin ley, yo, que no estoy sin ley de Dios pues mi ley es Cristo, vivo como si estuviera sin ley, a ver si también a estos gano. Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles. He tratado de adaptarme lo más posible a todos, para salvar como sea a algunos"(1Cor 9, 20-22).
Esta claro que ante aspectos sociales novedosos la Iglesia reconoce la diversidad social con tolerancia y respeto, y es normal que mire por su propia identidad. Pero en un segundo paso se hace imprescindible la participación de la Iglesia en la vida de dichos grupos sociales. No se trata de perder lo propio, no se trata de negarse a sí mismos, ni mezclarse. Se trata de caminar juntos, de hacernos hermanos. Tampoco se trata de adaptar los contenidos religiosos a cada grupo, sino de reconocer la mutua búsqueda de sentido. Se trata de recoger la idea que se ha lanzado en el II Encuentro de Equipos de Pastoral Juvenil en Granada. La Iglesia ha de estar con las personas donde estas se encuentren bien.

Si la evangelización no quiere ser entendida como un proceso de adoctrinamiento, debemos reconocer a los nuevos sujetos socioculturales en toda su diversidad, con total respeto a la especificidad de los modos de vida de cada uno de ellos. El número 24 de Evangelii Gaudium lo dice claramente; "La comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo. Los evangelizadores tiene así olor a oveja, y estas escuchan su voz".