Recientemente hemos conocido el fallecimiento de Rossi, la esposa de nuestro corresponsal nacional en Ecuador, diácono Víctor Loaiza, desde Servir en las periferias transmitimos a nuestro hermano y su familia nuestra oración, cercanía y apoyo. El mismo Víctor escribe este hermoso testimonio que agradecemos profundamente.

 

                                La esposa del diácono permanente  

                                                                                                  Diácono Víctor Loaiza Castro

                                                                                                  Vivencia personal.

Mucho se ha comentado acerca del papel que debe desempeñar la mujer en nuestra querida Iglesia Católica. A través de la historia, hemos visto, conocido y comprobado, la gran importancia que tiene la mujer, como esposa, madre y compañera en nuestra vida diaria.

Desde hace algún tiempo se ha venido hablando acerca de la posibilidad de incorporar a la mujer en el Ministerio del Diaconado Permanente y se está insistiendo bastante en este tema,

Pero, quisiera ahora, hacer resaltar la gran importancia que tiene la mujer como Esposa de un Diácono Permanente con una vivencia personal.

Mi querida esposa Rossi, ha ido al encuentro con el Señor.

Después de 52 años de matrimonio y algunos otros como enamorados; y después de 29 años como Diácono Permanente, me permito compartir con ustedes esta historia tan importante en mi vida y en la de mi familia.

Nos conocimos como catequistas en una Parroquia en Santiago de Chile, por los años 60, siendo aún estudiantes. Ella en el Colegio de María Auxiliadora yo en un Colegio Comercial.

Durante el período de enamorados, hubo un momento en mi vida que me sentí llamado por el Señor para el sacerdocio, lo que originó una ruptura muy dolorosa para ella, pero siempre convencida que era necesario escuchar la voz del Señor y tratar de cumplir con su voluntad.

Después de algún tiempo de reflexión y guiado por mi director espiritual de aquel entonces, me di cuenta de que el Señor me tenía preparada otra tarea y que, en ese momento, desconocía.

Nos casamos en agosto del año 1965. Por problemas de salud de Rossi, recién llegó mi primera hija en el año 1973 y la segunda en el año 1975. En todo esto tiempo, siempre estuvimos atentos a la voluntad del Señor con respecto a la llegada de los hijos.

Rossi, en todo momento fue mi sostén, me ayudó a que terminara mis estudios universitarios estando ya casados. Estuvo junto a mí, en mis problemas laborales, escuchando sus sabios consejos ante situaciones que se presentaban.

Siempre estuvo dispuesta a seguirme. Nuestro primer cambio fue el traslado de Santiago a la ciudad de Viña del Mar, en donde estábamos solos, sin el apoyo directo de nuestras familias que quedaron en Santiago.

Posteriormente, en el año 1979, surgió la posibilidad de trasladarnos a Guayaquil, Ecuador. No tuvo mayores inconvenientes. Siempre decía que el día del matrimonio se había comprometido a estar conmigo en todo momento y que el Señor sabía lo que hacía.

Llegamos a Guayaquil, una ciudad distinta, con otras costumbres, clima, etc., y junto a nuestras hijas y totalmente apartados de nuestras familias, pero muy cerca del Señor, comenzamos esta hermosa historia.

En el año 1985, el Señor se cruzó nuevamente en mi vida y en la de Rossi. A través de la invitación de un Padre chileno de Schoenstatt que estaba en Guayaquil, comenzamos nuevamente nuestra tarea de catequistas de padres de familia de un colegio católico.  Cuando este Padre nos habló, Rossi fue la primera en aceptar y convencerme para que lo hiciéramos.

En ese tiempo nuestra participación en cosas de la Iglesia era como el común de los católicos dominicales.

Había otras parejas que estaban también como catequistas, entre ellos, uno que se estaba preparando para el Diaconado Permanente y me habló de este desconocido ministerio. Creo que el Señor ya tenía trazado un plan para mí y mi familia.

El hecho de ser nuevamente catequista, el retomar todo el estudio respectivo para preparar las clases, nos recordó a Rossi y a mí, nuestras experiencias anteriores en la Parroquia en Santiago. Además, comenzamos a frecuentar más a este hermano que se estaba preparando para el diaconado y Rossi mi sugirió que viera un poco más acerca de este ministerio.

Es así, que con el patrocinio del párroco en donde asistía semanalmente, este hermano me presentó al formador de diáconos de esa época, asignado por el arzobispo, el cual, después de conversar un rato, me invitó a que comenzara a participar de estos cursos de formación.

Como bien sabemos, la preparación al diaconado es de mucho esfuerzo, así es como Rossi me ayudó y me apoyó para que participara. En ese tiempo, cada 15 días íbamos a una casa de Retiro en donde un sacerdote nos daba todos los temas del pensum necesario.  Entrabamos el viernes a media tarde y salíamos el domingo después del almuerzo.  En todo este tiempo, Rossi me apoyó y se dedicó a ver a las hijas, de dejarme tranquilo durante el tiempo en que estudiaba y hacía mis deberes.  Todo esto también, con el cumplimiento de mis labores de trabajo.

Finalmente, el 11 de septiembre de 1988, recibí la ordenación diaconal, junto con el hermano que me había puesto en contacto con el formador de los futuros diáconos.

En todas mis asignaciones diaconales desde ese hermoso momento, hasta la fecha actual, Rossi siempre estuvo a mi lado. Sus amigas le preguntaban si no se ponía celosa al ver que muchas mujeres de distintas edades y condiciones se me acercaban, ella siempre respondió que me compartía con el Señor.

En algún momento, el señor arzobispo me puso al frente de algunas parroquias para administrarlas y Rossi siempre a mi lado, se preocupó en forma incansable de mantener la Iglesia como corresponde.  Con sus manteles, sus ornamentos, su limpieza, etc.

Siempre tuvo algunos problemas con su salud, pero no era impedimento para que hiciera sus labores.

Como buena hija de María Auxiliadora, se perfeccionó en la costura, y hoy luzco hermosas y laboriosas estolas bordadas por ella.

Siempre estuvo preocupada que mis ornamentos estuviera limpios y presentables, Ella misma, hasta cuando pudo, lavaba mis albas, amitos, los purificadores y corporales.

De pronto este artículo pareciera que es una descripción de mi trabajo diaconal, pero lo hago para hacer notar la IMPORTANTE PARTICIPACION QUE ROSSI HA TENIDO EN ELLA.

No habría podido llegar tan lejos sin que mi compañera de vida haya aceptado conmigo la voluntad del Señor. Como madre amorosa, esposa fiel y ejemplo para nuestras hijas y nietos, cumplió su misión de ser una catequista permanente dentro y fuera de la familia, como lo pide Dios.  Porque mientras yo pude crecer en el Señor, Rossi también lo hizo y santificó sus días desde su condición virtuosa.

Difícilmente el esposo de una diaconisa podría hacer este importante trabajo de apoyo y comprensión incondicional.

Ahora, me encuentro un tanto solo, pero no me cabe la duda que desde el Cielo, Rossi me sigue acompañando hasta que el Señor decida que nos volvamos a reunir.