José Rodilla Martínez*

De los regalos inesperados con que el Concilio nos sorprendió está el afirmar la categoría de Iglesia doméstica para el ámbito familiar; ya san Juan Crisóstomo decía a los esposos: que vuestra casa sea como una Iglesia.

“los padres han de ser para sus hijos los primeros anunciadores de la fe con su palabra y con su ejemplo, y han de fomentar la vocación personal de cada uno y, con especial cuidado, la vocación a la vida consagrada”.[1]

En el hogar de la familia cristiana se inicia la transmisión de la fe a los hijos. Ellos escuchan de forma privilegiada el Kerigma, el anuncio cariñoso y tierno de que Dios les ama, que es un Dios personal que te conoce por tu nombre y te quiere como eres y con quien es posible relacionarse, descubriendo las múltiples presencias que su acción delata, facilitado por un contexto de oración y alabanza. Es la casa el lugar donde se comparte lo que se tiene y donde la pedagogía del amor educa en valores, forja las virtudes que les abre en amor hacia los demás. Esta es la Iglesia doméstica que propone el Concilio.

La experiencia que se tuvo durante su celebración, y en los años posteriores, en que se desarrollaban Constituciones y se aplicaban las reformas; conocimos vocablos nuevos en el discurso de quienes hablaban y escuchando que éramos pueblo de Dios, que la familia era una Iglesia doméstica, se fue formando la conciencia de familia cristiana que permitió redescubrir el vínculo de pertenencia a un pueblo donde nadie era ajeno.

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