Los teólogos Helmut Hoping y Phillip Müller examinan cómo la falta de sacerdotes en las diócesis alemanas supone un riesgo cierto de debilitamiento de la estructura sacramental básica. El artículo propone, para enfrentar esta situación, condiciones bajo las cuales los diáconos casados puedan acceder al sacerdocio, sin que ello implique un desmedro para el sacerdocio célibe.


Permitir la ordenación sacerdotal de “viri probati”
Una propuesta

Helmut Hoping y Phillip Müller
Los encargados diocesanos conocen el problema desde hace tiempo. Debido a la falta de sacerdotes, muchas diócesis corren el riesgo de ver debilitarse su estructura sacramental básica. Este artículo hace una propuesta sobre las condiciones bajo las cuales los diáconos casados pueden acceder al sacerdocio, sin que esto vaya en desmedro del sacerdocio célibe.
Para la construcción de la Iglesia son imprescindibles los servicios sacerdotales de dirigir la comunidad, proclamar y explicar la palabra de Dios, presidir la eucaristía, oír confesiones, administrar la unción de los enfermos. La fuerte disminución del número de sacerdotes tiene efectos considerables en la vida eclesial. El número de sacerdotes ha disminuido cada vez más claramente desde el comienzo de los años noventa.
El año 2015 sólo 58 hombres recibieron el sacramento de la ordenación sacerdotal – nunca antes habían sido tan pocos. Es cierto que al año siguiente volvió a subir con fuerza el número de ordenaciones sacerdotales, llegando a 80; sin embargo, hay diócesis en que ya no se puede celebrar anualmente una ordenación sacerdotal. A esto se agrega que el año pasado solo unos 100 jóvenes comenzaron su estudio de teología como candidatos al sacerdocio. No se puede contar con que la tendencia vaya a modificarse. Así pues, la relación entre los sacerdotes que van a retiro y los nuevos tendrá que seguir siendo desequilibrada por largo tiempo.
La estructura sacramental básica de la Iglesia corre peligro de dañarse
El número de lugares en los que la eucaristía ya no puede celebrarse regularmente va en aumento. Este proceso en desarrollo trae consecuencias para el ministerio sacerdotal, pues éste debe concentrarse más que antes en la dirección y la administración de los sacramentos en regiones pastorales que se vuelven cada vez más grandes. Casi no queda tiempo para otras actividades pastorales, que para los sacerdotes son muy satisfactorias.
Los encargados diocesanos conocen el problema desde hace ya tiempo. Con tres estrategias compensatorias se trata de reorientar el problema, aunque no de resolverlo en definitiva.
Para amortiguar la falta de sacerdotes, se apuesta a crear profesiones pastorales para “laicos” (hombres y mujeres asistentes pastorales y comunitarios). Sobre la base del bautismo y la confirmación y mediante una misión de parte del obispo, hombres y mujeres formados en teología se han encargado así de varias tareas que hasta el momento estaban reservadas a los sacerdotes. Pero su trabajo, por muy valioso que sea, se topa con los límites que le impone la estructura sacramental de la Iglesia. Los sacerdotes pueden ser reemplazados sólo por otros sacerdotes en sus tareas específicas. El número de candidatos para ministerios pastorales laicales disminuye, al igual que el de candidatos al sacerdocio; en el futuro no se llegará ni de lejos a ocupar todos los puestos de trabajo previstos para ellos.

Los sacerdotes extranjeros hacen una buena aportación para mantener de alguna manera las estructuras pastorales vigentes. En Alemania, uno de cada seis sacerdotes es extranjero. La mayoría viene de la India y de Polonia. Las comunidades tienen experiencias diferentes con estos sacerdotes. Muchos de ellos se adaptan muy bien al país, otros tienen dificultades con el idioma y la mentalidad alemana aún después de años. Por mucho que los sacerdotes extranjeros puedan enriquecer la pastoral, su servicio no es la solución ideal de la falta de vocaciones en nuestro país. Una Iglesia local debería estar en situación de surtir por sí misma la cantidad de sacerdotes que necesita.
La eucaristía ¿deja de ser fuente y culminación?
Como las regiones o áreas pastorales se vuelven cada vez más grandes, en muchas localidades se celebran sólo liturgias de la palabra, con o sin comunión, dirigidas por diáconos, asistentes pastorales o comunitarios y voluntarios formados y encargados oficialmente por el obispo, que trabajan todos con mucha dedicación. Sin embargo, tales celebraciones implican el peligro de que la eucaristía deje de ser “la fuente y la culminación” (Lumen Gentium, Nº 11) de la vida eclesial y que llegue un momento en que los fieles dejen de echarla de menos.
Es preocupante que el ministerio sacerdotal no juegue ningún papel en las líneas pastorales que se están discutiendo en una de las mayores diócesis alemanas. Con ello se está lesionando el núcleo de lo que en teología católica se entiende por Iglesia. Y ¿cómo se debe reaccionar frente a la invitación de comunidades protestantes a fieles de una parroquia católica eucarísticamente “huérfana” a que participen en el culto evangélico?
En vista de aporías como éstas que tocan profundamente la estructura básica sacramental de la Iglesia católica, se vuelve necesario tomar más claramente conciencia de la importancia de los sacramentos para la vida eclesial, la predicación y la catequesis.
La conexión del sacerdocio y el celibato
Al mismo tiempo hay que sondear con responsabilidad teológica las condiciones de la función sacerdotal. Mientras Juan Pablo II ha denegado claramente el acceso de mujeres a la ordenación sacerdotal en su escrito “Ordinatio sacerdotalis” (1994), hay más libertad de movimiento respecto a hombres casados.

Pablo recomienda vivir sin mujer, como él mismo vivía, para estar más libre para Cristo, pero recalcando que no hay “ningún mandato del Señor” (1 Cor 7,25) respecto a vivir sin casarse. Las cartas pastorales suponen que los presbíteros son en general hombres casados, pero deben ser “maridos de una única mujer” (Tito 1,6), y no haberse vuelto a casar en caso de enviudar. Hasta la Edad Media hombres casados eran ordenados sacerdotes en la Iglesia de occidente. Pero se les exigía vivir en abstinencia. Esta regla de celibato de abstinencia se había establecido ya en los primeros siglos.

En la alta Edad Media se desencadenó un proceso que llevó a que en el segundo Concilio de Letrán (1139) se decretara la ley del celibato para los sacerdotes. Un clero célibe en su totalidad existe sólo desde el Concilio de Trento, en el cual varios teólogos explicaron que el celibato sacerdotal era de derecho eclesiástico, no de derecho divino. De ahí que no haya ninguna  conexión necesaria entre sacerdocio y celibato, de tal manera que el papa puede dispensarlo, por ejemplo, cuando faltan sacerdotes.

En el oriente se mantuvo la práctica de ordenar a hombres casados. Pronto dejó de estar vigente la abstinencia sexual total, sin embargo, los viudos no debían casarse de nuevo. El Sínodo Trulano (691) obligó a los obispos a guardar celibato y abstinencia total, a diferencia de los sacerdotes y diáconos.

Por primera vez recién en el siglo XX, se les dio dispensa papal del celibato a un clérigo anglicano convertido y a un pastor protestante para que fueran ordenados sacerdotes en la Iglesia católica. Aunque Juan XXIII defendió el celibato sacerdotal frente a preguntas críticas, sin embargo, en una conversación con Etienne Gilson explicó que el celibato no era dogma de la Iglesia y que de acuerdo con la Escritura no era imperativamente obligatorio. El Concilio Vaticano II afirma que “el celibato tiene mucha conformidad con el sacerdocio”, pero, “como aparece por la práctica de la Iglesia primitiva y por la tradición de las Iglesias orientales”, … la perfecta y perpetua abstinencia sexual “no es exigida ciertamente por la naturaleza misma del sacerdocio,” (Presbyterorum Ordinis, Nº 16). Así el Concilio reconoce la tradición de las Iglesias orientales en las que, junto a sacerdotes y obispos célibes, hay también “presbíteros beneméritos casados”.

En el Derecho Canónico para la Iglesia Católica Oriental se confirma la práctica de sacerdotes casados; sin embargo, debe tenerse en alta estima la forma de vida de sacerdotes no casados, de acuerdo con la tradición de toda la Iglesia (can. 373 CCEO). El papa Francisco amplió el derecho de los obispos de las Iglesias católicas orientales a ordenar sacerdotes a hombres casados en todas las regiones donde se extienda su propia jurisdicción.

Aun cuando no haya ninguna conexión necesaria entre sacerdocio y celibato, una buena mayoría de votantes en el Concilio Vaticano II fortificó el celibato para los sacerdotes de la Iglesia latina. Es cierto que durante la preparación del Concilio algunos obispos latinoamericanos habían recomendado la ordenación de hombres casados probados (viri probati). Pero Pablo VI tuvo por inoportuna la discusión de entonces sobre el celibato, de tal manera que la propuesta de ordenar viri probati no pudo ser presentada ni estudiada en el Concilio.

Pablo VI reforzó el celibato en su encíclica “Sacerdotalis caelibatus” (1967). En el sínodo de obispos sobre el servicio sacerdotal (1971), votaron 87 de los 202 obispos con derecho a voto, con dos abstenciones y dos votos nulos, por la posibilidad de que el papa permitiera que viri probati fueran ordenados sacerdotes por razones pastorales. Juan Pablo II en su escrito post sinodal “Pastores dabo vobis” (1992) destaca “la relación que el celibato tiene con la ordenación sagrada, pues ésta configura al sacerdote con Jesucristo, Cabeza y Esposo de la Iglesia.” (Nº 29), y llama al celibato una “característica” de la Iglesia Católica.
Se fundamenta el celibato sacerdotal, primero, en la vida de no casados “por el reino de los cielos” (Mt. 19, 12) que tiene un valor especial de signo escatológico en el seguimiento de Cristo (1 Cor 7, 25-35); segundo, en la mayor libertad para Cristo y el servicio eclesial. El mismo Jesús vivió sin casarse, igual que Pablo. Sería una gran pérdida que la presencia de un sacerdote célibe como guía de la comunidad, anunciador de la palabra de Dios y presidente de la eucaristía y de las demás celebraciones sacramentales tuviera lugar sólo en casos excepcionales.

Nos pronunciamos, pues, por fortalecer la posición del sacerdote célibe en la comunidad y frente a ella, y por intensificar la pastoral de vocaciones sacerdotales. Pero esto no será suficiente, a nuestro modo de ver, como respuesta a la falta de sacerdotes. Tampoco el camino que proponemos va a resolver todos los problemas a la vez, pero es una propuesta teológica y pastoralmente responsable y traería un alivio sensible.
La ordenación sacerdotal de diáconos casados
En una conferencia sostenida en 1969 sobre el tema “¿Qué aspecto tendrá la Iglesia en el año 2000?”, Joseph Ratzinger dijo que la Iglesia del futuro iba a ser pequeña y por ende debería introducir “ciertas formas nuevas de ministerio”, como “ordenar sacerdotes a profesionales cristianos probados”1. El año 1970 los obispos alemanes recibieron un memorándum firmado por nueve profesores de teología sobre la cuestión del celibato. Entre los firmantes estaban Walter Kasper, Karl Lehmann y Ratzinger. Según ellos, debería mantenerse en principio la vinculación entre ordenación sacerdotal y celibato, pero al mismo tiempo estudiarse si, junto a los solteros y célibes, no podrían también ordenar sacerdotes a hombres casados. No cabe ninguna duda de que la Iglesia católica tiene la libertad para hacerlo, si ello parece conveniente por razones pastorales.
En vez de ello se puede proceder de manera pragmática, confiándoles tareas sacerdotales a diáconos y laicos en ministerio pastoral, y adecuando al mismo tiempo las áreas pastorales al número de sacerdotes disponibles. Muchos exigen que se les dé libertad a los sacerdotes para elegir su forma de vida. Por nuestra parte sostenemos que ninguno de los dos caminos recién señalados es conducente. No es posible ampliar indefinidamente los espacios o áreas pastorales. El sacerdote como pastor de almas debe estar al alcance de los fieles, cerca de ellos, y no sólo como celebrante de la eucaristía, pues su ministerio es constitutivo para la Iglesia. Los caminos pragmáticos llevan a disolver la estructura sacramental de la Iglesia. Dar libertad a los sacerdotes para que elijan su forma de vida traería en el corto plazo un aumento del número de sacerdotes, pero es posible que por esa vía se pierda el signo profético del celibato. La elección de su forma de vida debería ser expresión de una opción de por vida. Por este motivo estamos también en contra de que se les permita el ejercicio del ministerio a los sacerdotes que ya han dejado el ministerio y han sido dispensados del celibato y de las obligaciones vinculadas al sacerdocio.

Para encarar la falta de sacerdotes proponemos que, bajo ciertas condiciones y dispensándoles del impedimento del matrimonio, se ordene sacerdotes a hombres que están el grupo de los diáconos permanentes y participan ya del orden sacramental (Código de Derecho Canónico can. 1042, 1). Entre estas personas pueden hallarse también los asistentes pastorales que luego de su ordenación han trabajado un tiempo como diáconos.

Los sacerdotes casados deberían trabajar normalmente a tiempo completo. También se podría pensar en sacerdotes casados que trabajen para la Iglesia a tiempo completo, pero en una ocupación que no sea estrictamente pastoral (por ejemplo, en colegios, universidades, administración del obispado o en otros lugares). Sacerdotes a tiempo parcial podrían ir ganando en importancia con el paso del tiempo, en una perspectiva de mediano plazo. Pues no hay
ninguna garantía para el futuro de nuestra Iglesia financiada con impuestos eclesiásticos. Está claro que el consenso respecto a este modelo está desmoronándose.
Se requiere un estudio teológico completo
Lo que exige la última publicación de la “Ratio Fundamentalis” (2016) de los candidatos no casados al sacerdocio, podría valer también, en nuestra opinión, para los viri probati. Éstos deberían estar capacitados en cuatro aspectos: en lo humano, lo espiritual, lo intelectual y lo pastoral. 2. Principalmente el presbiterado, a diferencia del ministerio del diácono, se caracteriza por su competencia pastoral.
El vir probatus tendría que ser también un vir theologicus si se atiende a que la “Ratio fundamentalis” exige una capacitación intelectual o formación académica del candidato al ministerio sacerdotal.
Pensamos que los programas teológicos cursados por la mayor parte de los diáconos no son suficientes para el ministerio sacerdotal. En conjunto con las facultades de teología, se podría desarrollar un programa de formación del tipo blended learning para aquellos diáconos que no tienen un estudio teológico completo. No nos convence la propuesta de ordenar a hombres que trabajan como voluntarios sin la formación teológica correspondiente, porque las comunidades locales de las sociedades del conocimiento occidentales tienen un alto nivel de exigencias respecto a la competencia profesional.
Para poder ordenar de sacerdotes a hombres casados hay otros presupuestos que deben cumplirse junto con la madurez humana, la formación espiritual, la competencia científica y la capacitación pastoral. La casa del vir probatus debe estar en orden, según la exigencia de las cartas pastorales (1 Tim 3,4; Tito 1,6). Se requiere un acuerdo expreso de la esposa para que el marido pueda ser ordenado sacerdote. Pensamos que la edad no debe ser menor de 50 años; la educación de los niños tiene que haber terminado. Así se guardaría una prudente distancia con la edad de los candidatos no casados al sacerdocio, quienes hacen su promesa de celibato al ser ordenados diáconos. Con esto y con el límite de edad mencionado, sería de esperar que el problema del divorcio de sacerdotes casados no se presentaría con mucha frecuencia. (La tasa de divorcios entre pastores evangélicos es significativamente alta). Creemos que con los requisitos que acabamos de formular para los sacerdotes casados, queda salvaguardada la necesaria libertad para Cristo y el ministerio sacerdotal. En caso de muerte de la esposa, el sacerdote debería estar obligado al celibato.

Nuestra propuesta no pone en tela de juicio el valor del celibato. Al contrario, lo sigue afirmando, aún ante la falta de sacerdotes. Se puede objetar que en el futuro casi no habrá hombres jóvenes que prometan vivir en el celibato. La respuesta es que el celibato no es primero una ley, sino un carisma dado por Dios. Tenemos confianza en que Dios va a seguir regalándole este carisma a su Iglesia en el futuro. Pero hay que despertar y promover las vocaciones a una vida de celibato.

El papa y los obispos abren el camino

Hace algún tiempo el cardenal Lehmann lanzó la pregunta en una asamblea en la Universidad de Friburgo: ¿qué es lo que nos impide ordenar sacerdotes a algunos de nuestros diáconos permanentes? Frente a la disminución del número de sacerdotes y del dramáticamente escaso número de candidatos al sacerdocio, continuó diciendo el cardenal, suena la hora en que los obispos tienen que preocuparse intensamente de la pregunta por la ordenación sacerdotal de algunos viri probati.
En una conversación con el obispo Erwin Kräutler, el papa Francisco animó a las conferencias episcopales a hacer “propuestas corajudas”. 3. La Conferencia Episcopal Alemana podría hacerse cargo de estos impulsos y dirigirse al papa Francisco con un petitorio que tome partido por la posibilidad de ordenar sacerdote de entre los viri probati, bajo las condiciones aquí expresadas. Dado que un clero compuesto por sacerdotes célibes y casados sería una novedad en la Iglesia Católica, para introducirlo sería necesario proceder cuidadosamente. Dos o tres diócesis podrían ir por delante y, con permiso del papa, ordenar sacerdotes a un grupo de diáconos casados.

[Noticia biográfica y bibliográfica]

Helmut Hoping, nacido en 1956, es profesor de Dogma y Liturgia en la Facultad Católica de Teología de la Universidad de Friburgo (Alemania). Antes era Asistente Universitario en Tubinga y Profesor de Dogma en la Universidad de Lucerna. Su tesis doctoral fue sobre el pecado original, su tesis de habilitación [como Profesor], sobre la relación de filosofía y teología en Tomás de Aquino.

Philipp Müller, nacido en 1960, enseña Teología Pastoral en la Universidad de Maguncia; fue ordenado sacerdote en 1991; dirige el Seminario Sacerdotal de la Arquidiócesis de Friburgo en St. Peter (Selva Negra, Alemania).
El artículo fue publicado en la revista Herder Korrespondenz, año 71 (2017), cuaderno 3, 13-17.
https://www.herder-korrespondenz.de/heftarchiv/71-jahrgang-2017/heft-32017/ein.vorschlag.viri-probati-zur-priesterweihe-zulassen

Traducción: Manuel Ossa
Notas:

1 „Wie wird die Kirche im Jahre 2000 aussehen?“, en: JOSEPH RATZINGER, Gesammelte Schriften, Tomo 8/2 [2010], 1167.

2 KONGREGATION FÜR DEN KLERUS, Das Geschenk der Berufung zum Priestertum, Nº 89-118

3 ERWIN KRÄUTLER, Habt Mut! Jetz die Kirche und die Welt verändern, (2ª ed. ,Innsbruck 2016), 91.

Tomado de: http://www.centromanuellarrain.uc.cl/