articipé en el II Congreso Latinoamericano y del Caribe de Diaconado Permanente, en Itaicí –Brasil- del 24 al 29 de mayo de 2011 como Delegada del Centro Internacional del Diaconado.

Cuatro años después, el impacto que la participación en el Congreso supuso para mí resuena vivamente en mi mente y en mi corazón.

Lo primero que llamó mi atención fue el título: “Los diáconos, apóstoles en las nuevas fronteras”. A medida que iba avanzando el Congreso, fui descubriendo que las nuevas situaciones familiares, sociales y culturales son nuevas fronteras de misión, que constituyen nuevos retos para la acción evangelizadora diaconal. Los nuevos areópagos son las familias desestructuradas, los pobres y marginados, los drogadictos, los agnósticos, los ateos… La propia familia es el primer ámbito de evangelización diaconal.

En cuanto empezó la primera sesión de bienvenida e inicio del Congreso, me sorprendió gratamente la cantidad y diversidad de participantes: 271 personas, de 13 países diferentes: 21 obispos, 35 presbíteros, 168 diáconos, 43 esposas y 4 invitados.

El contenido de las conferencias y ponencias fue de un gran nivel, teológico y pastoral. Algunas de las ideas expuestas me resultaron altamente interesantes. Son las siguientes:

- El diácono en la Iglesia es signo de comunión. Está integrado en la comunidad, en comunión con los laicos, presbíteros y obispos, y vive la fraternidad diaconal, integrado en una comunidad diaconal; el diácono es signo de unidad en la diversidad.

- Necesidad de que el diaconado tenga en cuenta el contexto social y eclesial en que desarrolla su ministerio. - Necesidad de una formación integral del candidato al diaconado y del diácono, que no se refiera sólo a aspectos eclesiales y espirituales, sino también a los sociológicos, psicológicos y en relación a las nuevas tecnologías. Necesidad de intensificar también la formación de las esposas.

- Dificultad con que se encuentra la Iglesia católica latinoamericana, en relación al crecimiento de las sectas y de otras confesiones cristianas, especialmente las protestantes.

- La relación entre el sacramento del matrimonio y el de la orden –doble sacramentalidad, en el caso de los diáconos casados- es de gran importancia y requiere más reflexión.

- El diácono es signo de Cristo Servidor permanentemente, en todo momento y circunstancia de su vida, por la palabra y el testimonio.

- La Iglesia nace de la misión y es para la misión. El diácono es motor de la acción evangelizadora y portador de esperanza en la Iglesia.

* Algunos aspectos que me impactaron especialmente son:

- La intensidad y espontaneidad de las celebraciones litúrgicas.

- La participación e interés de los obispos, verdaderos pastores y hermanos.

- El compromiso y acompañamiento de las esposas de los diáconos.

- La gran cantidad de tiempo concedido al trabajo de grupos; la sinceridad y respeto con que todo el mundo intervenía; la riqueza de las intervenciones.

- El testimonio de algunas comunidades diaconales de diferentes países latinoamericanos; especialmente me conmovió conocer la gran pobreza de la mayoría de la población, las difíciles situaciones políticas que sufren en muchos lugares, la opción preferencial por los pobres y por los indígenas; por otra parte, en muchas ocasiones, cuando hay conflictos sociales y políticos, la intervención de los diáconos es la más respetada y aceptada.

Como comentario final, debo expresar mi agradecimiento por haber podido participar en este Congreso, no sólo por lo que aprendí y compartí, sino especialmente por los lazos de fraternidad que forjé con los asistentes; en algunos casos, la amistad que allí comenzó sigue hoy muy viva. La relación con otras realidades diaconales es un gran enriquecimiento; si bien hay realidades muy distintas, también se aprecian muchas coincidencias: en las dificultades, en los retos, en las propuestas. Compartirlas, orar y reflexionar juntos, ayudan a avanzar en el camino de la reinstauración del diaconado permanente en el mundo.

El II Congreso latinoamericano y de Caribe del Diaconado permanente ha supuesto para mí, esposa de diácono, una buena experiencia y un paso importante en el crecimiento en mi fe y vivencia cristianas.