Hay una fascinación espiritual en la escucha del diácono al clamor de los pobres cuando se trata de poner oídos a las minorías, a los pequeños grupos sociales que se ponen al final de la lista en las encuestas. Hay una mayoría de minorías, y todas cargan sobre sus espaldas una historia de ofensas laborales, económicas, culturales, religiosas, mediáticas. Esto debe influirnos en nuestra praxis eclesial porque nos recuerda la kénosis de Jesús, y la necesidad de disminuir cada uno de los creyentes para reconocer a Cristo. Se trata de mirar la realidad con los ojos del discípulo que se siente llamado desde el Evangelio a elegir lo bueno y rechazar lo malo, y con los ojos del pastor que se siente responsable del prójimo y ve, parafraseando a Francisco, aquellos aspectos de la realidad que pueden detener o debilitar los dinamismos que mejoran o debilitan la vida común de las personas. El diácono debe preguntarse por su mirada. Debe analizar cómo recibe a las personas que acuden a nosotros, sobre todo cuando el que cruza el quicio de la puerta es alguien​ ​de​ ​las​ ​minorías.​ ​Qué​ ​vemos​ ​en​ ​él,​ ​cómo​ ​les​ ​hablamos,​ ​cómo​ ​les​ ​recibimos.

A veces podemos volvernos insensibles, incapaces de llorar ante el drama del prójimo, pero como diáconos tenemos la responsabilidad de, por lo menos, conmovernos ante el clamor de las minorías, y llorar sus dramas, llevarlos a la oración, poner nuestro corazón​ ​en​ ​lo​ ​esencial.​ ​Esto​ ​lo​ ​sabemos​ ​todos.

Ser minoría no es cuestión de números, es cuestión de cargar sobre las espaldas muchos problemas, pero sobre todo, es cuestión de esperar soluciones que no llegan. El diácono no puede quedarse “escondido” en la sacristía, donde se encuentra cómodo. El diácono ha de salir y ver el mundo con los ojos de Jesús, ha de ver y conmoverse. El diácono es un ministro en búsqueda, siempre disponible, insensible a la crítica, capaz de salir fuera de fuera de sus presupuestos, capaz de asumir los riesgos que tiene buscar, porque el que busca, al final encuentra. El diácono ha de ser contemplativo de la Palabra, pero también contemplativo del pueblo para conectar el Evangelio con la situación humana del​ ​lugar​ ​donde​ ​vive.

Ser diácono en Europa, a causa de la gran variedad de pensamiento filosófico traducido en diferentes grupos sociales, exige una constante reformulación de la Verdad del Evangelio. Hay una sola verdad, pero día tras día exige un constante cambio de lenguaje, de actitud. Así, la exigencia del diácono es la de ser cercano, amar, y dar testimonio del Evangelio. Y una cosa más, decía san Agustín que los preceptos de la Iglesia han de exigirse con moderación. El diácono debe tener el suficiente criterio y prudencia pastoral para que los preceptos eclesiales no pesen más que la fidelidad al Evangelio sin que eso disminuya el valor de la Iglesia como fuerza educativa. El diácono, como signo sacramental de Cristo servidor, ha de saber que el mismo Jesús, en su camino por Galilea se manchaba los pies de polvo y barro. A veces, en nuestro acompañamiento a las personas necesitadas de​ ​misericordia​ ​y​ ​paciencia,​ ​corremos​ ​el​ ​riesgo​ ​de​ ​mancharnos​ ​con​ ​el​ ​barro​ ​del​ ​camino.

Hay una buena noticia desde las minorías, una vida apasionada desde la debilidad que pone el acento espiritual en lo íntimo, en lo pequeño, en lo tímido. Es cierto que Jesús nos dice que Dios hace salir el sol sobre buenos y malos, que nos abraza a todos misericordiosamente, pero también es cierto que Jesús proclama bienaventuradas a las minorías.