Una tarde de este mes de agosto, mi esposo Aurelio, diácono, y yo fuimos a Vilanova i la Geltrú, de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en España. Allí vive, ha trabajado y ha ejercido su ministerio diaconal durante muchos años José Luis Moure, con su esposa Juanita.

El 19 de enero de 1985, el cardenal Jubany ordenó a José Luis Moure, casado, panadero, en la parroquia de San Antonio Abad, en Vilanova i la Geltrú, y le confió la animación de la acción pastoral en el ámbito sanitario, con especial dedicación a los minusválidos, en las zonas del Garraf y del Penedés.

José Luis hace años que está impedido, sin habla ni movilidad. Pero cada día Juanita lo lleva, en su silla de ruedas, a Misa a su parroquia y a dar luego un buen paseo.

Cuando hemos entrado en el comedor donde José Luis estaba, sus ojitos pícaros han brillado con una intensidad especial; ha reconocido nuestras personas y la fraternidad que hemos tenido tantos años. Cuando su esposa le ha preguntado si estaba contento, un leve movimiento de asentimiento ha hecho entrever que sí lo estaba. Y al dar a Juanita noticias de los diáconos conocidos y sus esposas, su cabeza se ladeaba con atención.

Al cabo de un buen rato, emocionados, nos hemos despedido de ambos con un beso y la mano de José Luis ha apretado la nuestra.

Ante mi prolongado silencio, mi esposo me ha preguntado en qué pensaba. Mi reflexión, hecha vida, era ésta:

Al contraer matrimonio nos prometemos amor y fidelidad, en la salud y la enfermedad. ¡Qué gracia tan sublime nos concede Dios a los esposos que nos seguimos amando y cuidando, y más aún en el matrimonio en que compartimos el ministerio diaconal del esposo. Ciertamente, el sacramento del orden imprime carácter; el diácono lo es siempre: en la enfermedad y en la salud; en el ejercicio del ministerio y en su jubilación; al ser ordenado presbítero u obispo. La gracia sacramental que recibe el cristiano al ser ordenado diácono lo configura a Cristo Siervo para toda la vida. Si este diácono es un hombre casado, que previamente ha sido bendecido por la gracia sacramental del matrimonio, este enriquecimiento mutuo en la vida del diácono y, también, de su esposa, es para siempre.

Y el pensamiento se ha hecho oración agradecida a Dios, por el servicio, por el amor, por la fraternidad.

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