Reflexiones de la esposa de un diácono en Tiempo Pascual

¿Cuál es la posición de la esposa del diácono, en la Iglesia?

Cuando un hombre casado se propone responder a la llamada de Dios, concretándola en comenzar un itinerario  propedéutico que le conduzca a ser ordenado diácono por su obispo, al servicio de Cristo y de su Iglesia, se hace presente una nueva situación para la esposa de este hombre. Esta nueva situación puede ser percibida y vivida por ella de formas distintas, tanto en relación a su matrimonio, como desde el punto de vista de la Iglesia.

De entrada, subrayar el hecho que es el esposo quien se prepara para recibir el sacramento del orden en el grado del diaconado, y el que será ordenado diácono. Pero su esposa se encontrará en una situación nueva, que hará redefinir no sólo su relación de reciprocidad y su vida familiar, frente a un acontecimiento que les concierne a ambos, aunque de forma distinta, sino replantear también su lugar en la Iglesia. La esposa asume la vocación del esposo, haciendo de su vida una opción fundamental compartida con él.

Observamos, según el testimonio de algunas esposas, que en ocasiones el esposo sobrevalora su ministerio diaconal, en detrimento de su compromiso –anteriormente contraído- con su esposa y sus hijos. La dedicación a la misión diaconal confiada por su obispo a veces es superior a la dedicación a la familia, y este desequilibrio recae sobre el trabajo y el ánimo de la esposa. La mujer suple con su generosidad, amor y comprensión la escasa presencia del marido en el matrimonio y la vida familiar.

Podemos hacer una breve aproximación eclesiológica a la posición en la Iglesia de la esposa del candidato al diaconado y del diácono ordenado.

A grandes rasgos, podemos decir que en la etapa de formación, las esposas de los candidatos son requeridas para participar en encuentros, retiros, charlas; pero muchas veces esta participación disminuye cuando el esposo ha sido ordenado; a veces esto sucede por falta de tiempo o de interés por parte de la esposa, pero en muchas ocasiones sucede debido a la menor solicitud o cuidado de las esposas y de las familias por parte de la misma jerarquía de la Iglesia.

Nos podemos preguntar por la implicación de la esposa en la misión ministerial de su esposo; también cabría plantearse la posición de la esposa indiferente o no practicante. En cualquier caso, siempre está presente el acompañamiento del corazón y el apoyo de la esposa en el ministerio de su marido.

También nos podemos plantear cuál es la posición de la esposa del candidato o del diácono como tal, en cuanto a su propio compromiso en la Iglesia, a partir de su condición de bautizada. En el Bautismo y la Confirmación, el Espíritu Santo que se nos da nos hace plenamente hijos de Dios, miembros de la comunidad cristiana y testimonios de la resurrección de Jesucristo.

El papel de la esposa del diácono en la Iglesia se enmarca en el papel de la mujer en la Iglesia. Partiendo de la verdad revelada sobre la creación del ser humano, como hombre y mujer, y ahondando en el mensaje de Cristo, apreciamos la igual dignidad y responsabilidad del hombre y de la mujer, tanto en los diversos campos de la convivencia social como en la Iglesia. Es verdad que la Iglesia, en el sentido jerárquico, está dirigida por los sucesores de los Apóstoles y, por tanto, por hombres, pero las mujeres tienen en ella un carisma específico de amor, confianza, humildad y generosidad; la original dimensión de la vocación de la mujer encuentra su expresión más elevada en María de Nazaret. Ver y meditar las actitudes de María y otras mujeres discípulas, en los relatos evangélicos, nos puede ayudar a descubrir el papel de la mujer, discípula de Cristo, en la Iglesia.

Hay momentos clave en la vida de María que devienen relevantes en la vida de la Iglesia: la Anunciación, Pascua y Pentecostés.

Al contemplar la Anunciación del ángel a María y la actitud de María, hemos reflexionado  sobre el sí de María ante el anuncio del ángel y el sí de la esposa al dar su conformidad para que el marido pueda ser ordenado diácono; el sí de la mujer ante la ordenación diaconal del esposo no es un mero trámite burocrático necesario, sino una floración del sí dado en el momento de contraer matrimonio, una maduración del amor vivido juntos, labrada por renuncias, dificultades, gozos y donación, diálogo y confianza.

En los relatos evangélicos de la Resurrección de Jesús, núcleo y fundamento de nuestra fe cristiana, las mujeres son las primeras destinatarias del anuncio de la resurrección de Jesús y del encargo de ser, a su vez, anunciadoras. María y las otras mujeres han estado al pie de la cruz; en la Pascua, las mujeres son escogidas para anunciar.

Y en Pentecostés, en la cincuentena en que culmina la obra salvífica del Padre en su Hijo  Jesús, María y otras mujeres discípulas de Jesús están presentes; reciben el Espíritu Santo que las hace fuertes, valientes y fieles testimonios de Jesucristo resucitado. Desde este inicio, las mujeres no han estado alejadas de la misión de la Iglesia; humildemente, “a distancia”, han acompañado a los apóstoles, a los ministros ordenados, en su misión evangelizadora.

Dentro de esta discreción y humildad, las esposas de los diáconos deberían encontrar su propio lugar y su propio compromiso en la Iglesia; con su carisma profético y su propia realidad  cada una ha de ejercer su apoyo a su esposo diácono y ser anunciadora de la Buena Nueva del Reino y testimonio de Cristo resucitado en la Iglesia, en la familia, en el mundo.

 

Montserrat Martínez, esposa  de diácono de Barcelona ordenado hace 34 años