Queridos hermanos:

Esta celebración es muy querida para nosotros y para toda la Iglesia. Es una ocasión que tenemos de estar reunidos alrededor de una figura tan especial como es el Diácono San Lorenzo. Todos nosotros y todos ustedes hemos hecho un largo camino, muy importante, y estamos llegando a un punto donde todos convenimos en lo que significa el encuentro y la cercanía de Jesucristo.

Nosotros muchas veces hemos tenido expectativas: la preparación, la admisión, los ministerios, el orden diaconal y eso fue como colmando nuestra vida; para ustedes con mayor fuerza en su vida familiar y matrimonial, con sus esposas y con sus hijos; una nueva realidad se les fue presentando.
Uno después también tenía expectativas en la comunidad, en un lugar o en otro. Pero luego -no podemos dejar de ignorar- muchas veces uno puede acostumbrarse a la habitualidad, la cotidianidad y lo común; puede pensar que ya llegó, que ya conoce, que ya está bien, que ya está realizado, y no es así.

Esta noche quiero decir que ¡todos estamos llamado a vivir en la esperanza! Y hago una diferencia: una cosa son las esperanzas cotidianas que uno tiene en la vida y otra cosa es la virtud teologal de la esperanza. ¡Nosotros tenemos que vivir -agarrados, tomados y sostenidos- creyendo en Dios y esperando de Él, que siempre va a estar presente en nuestra vida! Porque si no pegamos el salto cualitativo, nos “achanchamos”, nos aburguesamos, nos empobrecemos no evangélicamente sino que perdemos el vigor, la fuerza y el espíritu por el cual -una vez y siempre-fuimos llamados por el Señor a servir en la Iglesia.

De esto hay que despertarse para que ninguno quede dormido ni estancado; esta virtud de la esperanza se encarna en nuestra existencia personal. El crecimiento, el seguimiento y la imitación a Jesucristo, es personal. Ninguno puede decir “ya llegué”, “estoy hecho”, “he culminado con mi vida”, sino que debemos perseverar hasta el final, cuando la vela se apague.

Hombres, mujeres, personas consagradas, cristianos: si queremos pertenecer a una Iglesia viva tenemos que vivir la virtud de la esperanza; de lo contrario caeremos en la trampa de las vulgares compensaciones, que salen permanentemente a nuestro paso. No voy a ejemplificarlas, pero ustedes mismos podrán pensarlas y sabrán perfectamente que uno está siempre tentado a buscar compensaciones. A buen entendedor, pocas palabras.

Si queremos una Iglesia viva, no tenemos que pedirle a los demás ¡tenemos que pedirnos a nosotros mismos! Y nosotros ¿qué?, ¿qué tenemos que ofrecer?, ¿qué tenemos para dar?, ¿cómo tenemos que darnos? Creo que es cierto, el trabajo y la misión para con los pobres; cuando hablo de pobres no hablo solamente de una pobreza sociológica o marginal que también existe, pero ciertamente hay mucha pobreza hoy que tenemos que responder.

Hay comunidades que están como languideciendo, como durmiendo, ¿no será que nosotros, los pastores, los ministros, quizá también estemos dormidos?, ¿no será que ya no tengamos fuerza para conmover, para despertar, para animar, para entusiasmar, para ser creativos, para modificar? Ciertamente es posible que también nos hayamos dejado contaminar por los criterios del mundo. Se puede ser un gran eclesiástico pero se puede tener un corazón y una mentalidad mundana. Lo mundano no tiene que tener cabida en nosotros. ¡Es Dios, el Espíritu, lo que nos entusiasma, nos conmueve, nos asombra, nos enamoró, nos enamora y que seguimos enamorados de Él y de la amada Iglesia a quien tenemos que servir!

Quiero pedir esta noche al Señor por todos nosotros, para que ninguno quede rezagado, para que todos podamos despertarnos y podamos vivir en serio esa misión que Cristo puso un día y nos confió un don, nos regaló un don, que no fue un privilegio, más bien fue una responsabilidad para servir, para entregarnos y para amar más. El ministro, el diácono, el sacerdote, el consagrado, el obispo, hemos sido elegidos para amar más.

Que la Virgen, Nuestra Señora de la Asunción, la llena de gracia que vive en plenitud ante Dios, interceda por nosotros para que este don esté vivo y no esté muerto.

A ustedes, queridos hermanos que van a ser admitidos, tengan habida cuenta que todo es gracia, que si Dios nos llama es para prepararse e identificarse más a Él, a quien tienen que seguir e imitar; la respuesta es concreta porque no hay respuestas abstractas, no hay palabras huecas, no hay casetes para decir estas cosas, ¡hay que vivir en serio y se tiene que notar, se tiene que ver, se tiene que percibir que el espíritu de Dios está vivo en nuestra Iglesia diocesana!, ¡que no estamos derrotados ni vencidos!, ¡que no arrastramos cansinamente la vida, porque no duramos en ella, la vivimos hasta el final!

Que Nuestra Señora de la Asunción nos ayude a darnos cuenta de esta gracia y nos quite todo obstáculo para poder vivir creyendo en la esperanza y en la verdad del amor.

Que así sea.

Mons. Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús

Tomado de: aica,org