Arturo Barragán Quintero es un diácono permanente asignado actualmente a la parroquia de San Juan Bautista de Baldwin Park, California, donde ejerce su ministerio. Nació en Uruapan, Michoacán, México, de Ignacio Barragán Camarena y Elvira Quintero de Barragán, quienes formaron una familia numerosa -14 hermanos entre hombres y mujeres, de los que sobreviven 11. A los 16 años de edad, Arturo vino a Estados Unidos “a aprender inglés”. Aquí “terminé la secundaria, hice dos años de colegio, fundé mi propia compañía de remodelación de baños y cocinas y, acostumbrado ya al estilo de vida americano, no regresé a México”, cuenta a VIDA NUEVA.

Durante su adolescencia no tomó parte en los grupos juveniles de ninguna parroquia. Sin embargo, “sí sentía ganas de hacer algo por los demás y tomé parte en el Movimiento Chicano de los años 60 para luchar por los derechos de los mexicanos -en aquellos entonces no se hablaba de grupos hispanos, todos eran mexicanos para la apreciación pública-, además de que estábamos mal vistos por muchos”.

Como dato curioso, Arturo atribuye a la “fernandomanía de los años 70 y principios de los 80 que fuera un orgullo hablar español, que fuera un orgullo ser públicamente lo que somos”. Como es sabido, el lanzador mexicano Fernando Valenzuela no hablaba inglés cuando, a sus 20 años, se metió en el bolsillo a la fanaticada de los Dodgers y al mundo beisbolístico de la nación. Según Arturo, eso contribuyó a que en su parroquia pusieran misas en español por exigencia de los fieles.

El 12 de diciembre de 1970 contrajo matrimonio con María Guadalupe de Barragán [Olivo] con la que tuvo tres hijas -Angélica María, Arlene y Alejandra-, quienes hasta la fecha le han dado siete nietos. Era también el cumpleaños y santo de su esposa, con lo que “ahora -dice riendo- no tiene que recordar tres fechas familiares para quedar bien con ella”.

Toda su familia mexicana era católica. Incluso hubo tres tíos sacerdotes en Coalcomán, Michoacán, con quienes se crió hasta venirse a California. Aquí estuvo con unos tíos de matrimonio mixto y, quizá por ello, dice ahora, “no me enrolé en grupos juveniles de la parroquia a la que pertenecía, San Hilario de Pico Rivera”.

APUESTA GANADA

El párroco de San Hilario le hizo una apuesta: “Si me metes en la iglesia a 300 personas para una misa en español, continúa la misa todos los domingos y días de fiesta”.

“Hicimos propaganda, pusimos pósteres en todas partes. El resultado fue que la gente no cabía en la Iglesia y el padre paulista Gilberto Aldaco, del Este de Los Ángeles, se comprometió con la comunidad hispana de San Hilario y formó una comunidad dinámica”.

Entre otras cosas, el padre Aldaco promovió el diaconado en español. “A mí me lo propuso, pero yo no estaba preparado para eso”, confiesa, aunque sí continuó ayudando en la parroquia “con los arreglos y todo eso. Lo primero fue cavar hoyos”.

SEGUNDA INVITACIÓN Y PROCESO

El monseñor de la parroquia le invitó a entrar en el programa de diaconado. “Piénselo, me dijo, y por un año estuve luchando con la idea. Le pedí a Dios una señal, algo real, y me la dio. Se lo conté a un padre y me contestó: ‘Se mete uno con Dios y se mete uno en problemas’”.

“Era el sí. Lo platiqué con mi esposa y estuvo de acuerdo: ‘Ya es la segunda vez que te invitan -dijo-, así que ¡adelante!’. También mis hijas lo aprobaron. Las dos mayores incluso se comprometieron a cuidar de la pequeña (porque el diaconado incluye también a la esposa)”.

Los casados y los solteros pueden aspirar al diaconado permanente, pero los casados no serán aceptados en el programa sin la aprobación de la esposa, pues también ella deberá participar en algunos programas de preparación. Los solteros no podrán casarse una vez ordenados, y ambos, solteros y casados, perderán las facultades para el ministerio si se casan en primeras o segundas nupcias.

CINCO AÑOS

Así comenzaron los cinco años de aprendizaje o preparación para la ordenación y ministerio del diaconado permanente. El primero era llamado “año de discernimiento”, es decir que la oración, las pláticas y los estudios tenían la finalidad de ver si, de veras, tenían el llamado del Señor a servir a los hermanos con el Sacramento del orden”. Hoy día lo llaman “aspirantado”. Arturo explica que sus cuentas para el primer año eran las siguientes: “Si llego al diaconado, bien; si no, estaré mejor preparado para servir a la Iglesia”.

Los cuatro años siguientes están dedicados al estudio de teología, pastoral, espiritualidad, etc. Y por último el diácono es presentado al obispo para su ordenación y asignación a una misión.

DOS CLASES DE DIACONADO

Hablar de diácono “permanente” implica que hay otro que no lo es. Ambos son el mismo sacramento, pero el “no permanente” es un escalón provisional del que va a ser posteriormente ordenado sacerdote. El diácono “permanente” ejerce su ministerio en esa capacidad.

En la mayoría de las parroquias de hoy día, los fieles ven actuar a sus “diáconos permanentes”, pero, dice Barragán, quizá no comprendan la naturaleza y el alcance de ese ministerio tan antiguo como los primeros días después de la Resurrección de Jesús. Tantos se unieron a los apóstoles que éstos se vieron obligados a pedir la asistencia de los “ayudantes”, a los diáconos -que eso significa la palabra- para cubrir las obras de caridad y ellos poder dedicarse a difundir el mensaje de Cristo.

El diaconado permanente es, por tanto, señal sacramental del servicio a los demás a imitación del Señor “que vino a servir, no a ser servido”. Los apóstoles se dedicaron a predicar, pero ante la enorme necesidad de los miles de seguidores y las quejas “de los de lengua griega contra los de lengua hebrea” por sentir que sus viudas eran discriminadas “en el suministro diario”, encargaron a los hermanos escoger “a siete hombres de buena fama, dotados del espíritu y habilidad, y los encargaremos de esa tarea; nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio del mensaje”.

Así lo hicieron y los apóstoles les “impusieron las manos y oraron”. Es decir, los ordenaron. Así lo cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles de San Lucas (VI, 1-6) y así nacieron los primeros diáconos: ordenados con el sacramento para servir a los demás. Esa es la fórmula con que se confiere hasta hoy día el Sacramento del orden a los diáconos, sacerdotes y obispos. Los diáconos permanentes casados son los únicos católicos que reciben los siete sacramentos.
La institución cayó en desuso hasta que la recuperó el Concilio Vaticano II y hoy día más de cincuenta mil hombres católicos, 415 en Los Ángeles, sirven a sus hermanos ungidos por el sacramento. En junio habrá otros 19. Hay quien espera que un día haya “diaconisas”.

Una vez ordenado en la Iglesia de San Judas en 1997, comienza el periplo diaconal de Arturo Barragán: San Hilario y San Francisco Javier de Pico Rivera, San Gregorio de Whittier y otras parroquias. Actualmente está asignado a la parroquia de San Juan Bautista de Baldwin Park y al equipo de formación de diáconos permanentes de la Arquidiócesis de Los Ángeles donde es responsable de la formación de los candidatos hispanohablantes.

CARISMA DEL DIÁCONO PERMANENTE

Como se ve en el día a día en las parroquias, el carisma o vocación del diácono permanente es servir con la palabra, la liturgia y la caridad para contribuir a evangelizar y edificar la comunidad de la Iglesia. Para ello, el diácono puede proclamar la palabra de Dios, bautizar, casar, presidir otras funciones eclesiales, siempre en unión con el párroco y con el obispo, así como organizar y presidir las obras caritativas de la comunidad eclesial, por ejemplo visitar a los enfermos o a los encarcelados.

Barragán explica que los candidatos al diaconado “deben sentir la necesidad de ayudar a los demás y demostrarlo en su vida diaria, pues es un servicio pleno, total, y dar ejemplo de entrega a los demás en la iglesia y fuera de ella, en la familia y en el trabajo”.

Es más, el candidato debe tener su vida económica y la de su familia resuelta porque no tendrá sueldo alguno. La edad en Los Ángeles es de 30 a 60 años para ingresar en el programa.

CONSEJO A LOS INTERESADOS

“El posible candidato -explica Barragán- debe antes que nada discernir si el llamamiento que siente es real o si es sólo una llamarada de petate. Que hable con su párroco, con su esposa, si la tiene. Si aún quiere ser diácono, se pone en marcha un proceso que implica información sobre la pareja, entrevistas, su economía etc., para estar seguros de que no se les suba el diaconado a la cabeza”.

Terminados los cinco años de preparación y pasados por los controles y comités indispensables, el candidato es presentado al obispo quien “le impone las manos y ora sobre él, como hicieron los apóstoles con los primeros siete que les presentó la comunidad de los fieles”. VN

DIACONATE FORMATION OFFICE
ARCHDIOCESE OF LOS ANGELES
Los Ángeles, CA 90010-2241
(213) 637-7383
Contesta la secretaria Claudia Ortiz:
caortiz@la-archdiocese.org

Autor: JUAN JOSÉ GARCÍA, PH.D.

Tomado de: http://vida-nueva.com